ESFERA, VIDA
Una escala ascendente
En las pupilas se fija
Del amigo, del amado.
Subir es anhelo de los años,
Dejar de ser útil y práctico,
Blandir contra la muerte
El afán atávico y el dolor
Feraz de la sangre blanca.
Fusión, esfera, ser uno;
Después fisión, escindirse
En la multitud brotada
De aquel uno, esfera, vida.
Y la voz que agudamente llama
Entre los años a los días
Que han de ser de los otros,
Se adormece en las pupilas
Del amigo, del amado,
Ya sin cielo que anhelar
Sobre los rostros del porvenir.
Marzo de 2008
Luis M. Cebrero
(Reservados los derechos)
sábado, 19 de diciembre de 2009
jueves, 3 de diciembre de 2009
DE AMORIS CONCEPTA
De tu arco tensa bien el hilo,
Amado mío, de nívea piel;
Columbra mis anhelos exhibidos,
vuele tu saeta hacia mi ámbito
Y requiera al ausente enmudecido.
Sin piedad sostenme entre tus mundos,
Embrújame con tus gestos feroces,
Extráeme de la piel de árboles blancos,
Adquiéreme por nada en hoscos mercados.
Yo hilaré para tus hombros
La capa que cubrirá tu vejez
Y te privará de las fauces del orco.
Stasía Sibila Nervili
(Aprox. Era III, siglo III)
miércoles, 2 de diciembre de 2009
TENUEMENTE APAGADA LA HORA
Apreciaba mucho al tipo que al caer la tarde, cuando la hora va apagando tenuemente la luz de la jornada, tuvo la osadía de enfrentarse al tiempo. Era un medio hombre, medio calvo, medio alto, medio gordo y medio viejo, abatió el tejadillo del kiosco donde se aburría durante todo el día, y le cerró la boca. ¿Éste era el tipo al que tanto apreciaba? ¿Eh? Pues sí. ¿Por qué? Era mi padre.
Hasta tener uso de razón (¡qué perífrasis!) estuve considerando la posibilidad de continuar el quehacer de aquel hombre callado y siempre de mal humor; pero cuando conseguí pensar por mí mismo (¡qué perífrasis!), nunca logré verme tras aquel confesionario lleno de caramelos y cuchufletas.
Normalmente nunca clausuraba el quiosco tan temprano, y no podía imaginar nada mejor para justificar semejante abandono que una enfermedad le impidiese cumplir con la misión obligada de aburrirse en la concha del caracol. Con ademán cansino y apenas sin fuerzas, dio vuelta al cerrojo y le dio la espalda a su puesto de trabajo.
Entre las cosas que siempre me asombraron cuando se me disiparon los vapores de la imbecilidad infantil (¡qué perífrasis!), fue la increíble realidad de que pudiera mantenerse un hogar con lo que salía de aquella tortuga ahíta de confituras. Que mi vida hubiera tenido realmente una oportunidad merced a los sobados botes de plástico llenos de azucaradas basuras, a tantas y tantas bolsas de semillas preparadas, y a las ristras de pegatinas, de sobres, de estampitas, de caramelos intercambiables por centenares de monedas que arañaban la superficie blanquecina de cristal. Cuántos años sumaron las horas que pasó allí aquel hombrecillo, cuántas jornadas de auténtico aburrimiento justificaron los ingresos que mantuvieron mi posibilidad de ser algo en la vida(¡qué perífrasis!).
Debía de encontrarse muy enfermo, sí, para que su cuerpo, que era kiosco, piel de kiosco, alma de kiosco, un ser ya hecho sustancia de kiosco por horas de mimetismo brutal, dejara el kiosco a hora tan temprana, quitándome con el dinero que dejaba de entrar en esas horas de cierre, posibilidades de ser algo más que el hijo de un kiosco. Seguí a aquel indudable enfermo por si en algún momento necesitaba de mi consuelo o de mi ayuda; porque estaba convencido de que se encontraba al límite de sus fuerzas y podía desplomarse en cualquier momento. ¿Y para que estaba yo en el mundo si no? ¿Eh? Era mi padre ¿no? Pues, eso.
Recuerdo que abría todos los días, y esto es lo mismo que decir trescientos sesenta y cinco días al año (¡qué perífrasis!), que es lo mismo que decir no tener vacaciones jamás, él, yo sí las tuve casi todos los años con mi madre (que en gloria esté), los dos solos como si fuéramos ella viuda, yo huérfano. ¡Todos los días! ¿Puede alguien imaginarse lo que significa eso? Ante la boca del quiosco han expresado su deseo posiblemente todas las personas del barrio no una, sino un montón de veces. Y todo ¿ para qué? Todo para que yo sea posibilidad en este mundo.
Para andar enfermo, muy enfermo, su paso iba adquiriendo cadencias demasiado enérgicas. Me hizo dudar. Tentado estuve de acercarme a él y preguntarle qué le pasaba. Subió al autobús, muy ensimismado. Tanto que no me vio cuando lo hice tras varias personas que lo siguieron. Me apeé detrás de él y me giré un poco haciéndome el despistado, porque lo tenía muy cerca. Anduvo durante un trecho, ensimismado. Más tarde se detuvo ante un portal de unos pisos muy baratos y realmente viejos, y antes de entrar dio un suspiro. Me fijé en el piso donde llamó y, una vez que hubo entrado, llamé al mismo sitio simulando que era un repartidor de publicidad, me contestó una voz que preguntó ¿ ya? ¿abre? y oí en zumbido de la puerta; la empujé; entré.
Nunca imaginé a mi padre, un medio hombre, metido en líos de faldas (¡qué perífrasis!), porque este tipo de negocios siempre los he considerado propios de hombres enteros. De todas formas, un quiosco que es capaz de sostener a una familia y hacer de un ser como yo una posibilidad en el mundo, también puede, pienso, ofrecer oportunidades de sentirse vivo a quien se amojama entre sus cuatro paredes (¡qué perífrasis!). De este modo puedo respirar con más alivio: no es una enfermedad lo que atenaza a mi padre, sino todo lo contrario, un exceso de salud. Así y todo, no creo que se trate de un buen negocio algo que roba tiempo de dedicación al trabajo, y a saber igualmente qué tipo de responsabilidades se habría echado encima (¡qué perífrasis!).
Estas cosas iba pensando cuando llegué al pasillo del piso donde mi padre había llamado. Era largo, medio mugriento, medio iluminado por una ventana que se mostraba sucia y medio abierta en la pared del fondo. En esto que se oyen unos gritos furibundos del interior de una de las casas, tras una puerta sin letra. Reconozco la voz de mi padre y unos gritos de mujer o de niña o de animal al ser degollado. Me asusto un poco porque jamás he visto, ni oído, ni gustado, ni olido, ni tocado a mi padre con un cabreo tan monumental como el que parecía tener ahora.
La de cosas que recuerdo de mi viejo (¡qué expresión!). Su rostro amable, siempre sonriendo a mi madre, que en gloria esté (¡qué perífrasis!), amable con sus caprichos, y tan triste pero tan entero a pesar de su medianía, cuando desapareció para siempre siendo yo aún chico. ¡Es grande mi viejo, coño! Es un hombre, más hombre de lo que nunca he sabido verlo. Tantos años viudo... ¿hay acaso naturaleza capaz de aguantar eso? Me enternece su discreción para conmigo (¡que perífrasis!), y casi me arrepiento de haberlo seguido hasta aquí, de haber descubierto su secreto.
Las voces cesaron de pronto. Me acerqué a la puerta detrás de donde habían salido esperando oír cuchicheos tiernos, las confesiones a media voz de dos seres reconciliados. Pero ¿qué ocurre? Que me llevo un susto de muerte. Mi padre abre estrepitosamente la puerta y con la facha de un matarife se planta delante de mí blandiendo una faca del tamaño de una botella de fino, toda manchada de sangre (¡qué perífrasis!). Su semblante demudado, más que susto me inspira curiosidad. Me impone silencio con la mano desarmada y se mancha de sangre los labios. Me dice que no entre en la casa, que lo siente, que no sabe lo que ha hecho y que se va, deja la faca en mi mano y me impregna de sangre. Mira sin mirar al fondo del pasillo, a la ventana. No coge carrerilla, sino que se lanza como en las películas contra la mampara de asqueroso cristal y la atraviesa con sonido de pedrada. Mi curiosidad me impide acercarme a la ventana porque me impele a entrar en el piso de donde habían salido unos gritos espantosos y mi padre. En medio de un cochambroso saloncito, sobre el suelo y un gran charco de sangre, encontré a una mujer entradita en años. Yacía boca arriba y estaba a medio vestir. Mi curiosidad me llevó a contemplar su rostro desencajado de cadáver derramado (¡qué perífrasis!). Sólo en mis recuerdos consigo asociar ese rostro afeado por la muerte y los años con el de la mujer que yo creía en la gloria. Y yo empuñaba el puñal que la había matado.
LUIS MANUEL CEBRERO
de "Tres meses cada semana"
Reservados todos los derechos(a)
Tenuemente apagada la hora by Luis Manuel Cebrero Gomez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Based on a work at luis-cebrerogmez.blogspot.com.
lunes, 30 de noviembre de 2009
LO MÁS TERRORÍFICO
Nadie que no haya luchado con una nevera puede comprender la expresión morirse de terror. Sin embargo, es teoría añeja ya que lo más terrorífico que pueda imaginarse es siempre la rebelión de lo doméstico, la salida de quicio de lo cotidiano sin razón ni fundamento; y si Cipriano se encuentra ahora en silla de ruedas, prácticamente amarrado a ella debido a frecuentes convulsiones, es gracias, o por mejor decir merced, o por mejor decir aún por culpa de una nevera, de una nevera terroríficamente fuera de su sitio.
– Eres mía y debes abrirte– le decía siempre que la abría, como aquel árabe del cuento que ordenaba a una roca que se abriera motejándola de cereal.
La nevera se abrió gracias a este conjuro durante catorce años. Por esta razón Cipriano no consideró la posibilidad de que algún día el mueble llegara a mostrar su disconformidad y dejara de abrirse. Como era algo habitual que en diciendo o pensando la famosa frase antes de abrir la puerta de la nevera, ésta cedía dócilmente, merced, o mejor aún gracias o por culpa de una lógica a lo mejor razonable pero nada pura, el desgraciado creyó (¡ah, la fe!) que iba a seguir girando sobre su cartela en sentido horizontal, sin oponer más resistencia que el leve despegue del imán. Los hechos demostraron que el acto de desconfiar de todo que practican los escépticos es la mejor postura que persona inteligente puede adoptar en este mundo.
Comenzó a acabarse la cosa el día en que tras ser pronunciada la frase cotidiana, la puerta se negó a ceder. Al principio fueron leves los halados, pero más tarde fueron violentos tirones ejecutados con una ira auténtica y estéril. El entendimiento limitado de Cipriano se apabulló. Candorosamente repitió una y otra vez su frase antes de dar un fuerte tirón a la maldita puerta, y no conseguía sino desplazar unos centímetros el frigorífico entero. La puerta parecía sellada. ¡Estaba sellada!.
Al entendimiento de Cipriano no le quedaba sino ¡hacer saltar el sello!. Limitado era de cascos, corto de entendederas y quizá demasiado bruto; por eso recurrió a la fuerza mediante el empleo sistemático de la mecánica. Rápidamente se hizo de buriles, ganzúas y otros elementos cilíndricos de hierro macizo que probó como palancas. Esto no ofreció mejor resultado que los tirones. Reforzó las toscas herramientas con elementos que golpeaban, martillos y mazos, y ocurrió lo mismo. El cerebro de Cipriano concibió apurar los extremos de la física recurriendo a la fuerza de gravedad; pero como no era su intención apurarla del todo (aún), se limitó a tumbar en el suelo el aparato sobre los lados contiguos a la puerta, para ver si forzaba una deformidad o la apertura (¡ah, la esperanza!), merced a o por culpa de o, mejor aún, gracias a la fuerza expansiva: empeño baldío. Para concluir el experimento físico, empuñó Cipriano un soplete y aplicó la llama a la ranura de la puerta que se había abierto sin titubeo durante catorce años: nada.
Agotada, pues, la vía física, Cipriano recurrió a la química, aplicando por litros cuantos disolventes, abrasivos, ácidos corrosivos y aceites lubricantes estuvieron al alcance de su mano y bolsillo. La puerta, al contrario de lo pretendido, pareció encoger aún más la delgada distancia existente entre la puerta y el canto del mueble.
Las fuerzas de este mundo no podían con la obstinada determinación de una máquina insólita que se negaba a hacer lo que hacía a diario: abrir la puerta y ofrecer todo lo que se enfriaba en su interior. Para esto había sido hecha la nevera, ¿no?, Pues, ¿qué pasaba? ¿Tenía alguna razón aquella máquina estúpida, siempre tan bien tratada, para portarse de aquel modo con su dueño, con quien la había rescatado de ser stock inútil y la había llevado a su casa para que en ella realizar el trabajo para el que había sido concebida? ¿Cuántas personas hubieran siquiera imaginado realizarse de un modo similar en la vida que aquella máquina ingrata?
No había más remedio. Abrir, tenía que abrirse. Como fuera y a costa de quien fuera.
Cipriano pasó por sospechoso cuando dos noches más tarde de la negativa obstinada de la puerta, entró en su domicilio empujando una carretilla de mudanza a eso de las once de la noche, y se le vio salir de él conduciendo sobre el artilugio un enorme bulto en forma de prisma cubierto con unas mantas de mudanzas.
Ahora iba a por la prueba final, la que Cipriano llamó prueba social. Sin fuerzas ya para seguir cargando el pesado electrodoméstico, lo desnudó en una especie de plaza cercana a su domicilio y lo dejó indefenso en la soledad de la noche. El se apartó un poco y se hizo el desconocido cuando se acercó al aparato un jovencito de mala traza. Lo rodeó y miró una y otra vez, y como los simios de dos mil uno, apenas si se atrevía a acariciar su piel policromada como si temiera recibir una descarga eléctrica. Luego, sin más, se marchó.
¡Decepcionante! Había pensado que con los recursos que poseen las personas sin recursos, llegaría a experimentar el soberano placer de ver abierta de par en par la condenada nevera, puesta a pública vergüenza sus interioridades, las cuales quedarían, como el cuerpo que las contenía, a merced y en propiedad de quienes hubiesen podido exhumarlas (¡ah, la caridad!). Sin embargo, parecía estar condenado a coger nuevamente el dichoso electrodoméstico y volver a colocarlo en su cocina. Ante tan decepcionante perspectiva, decidió esperar un poco más y dar otra oportunidad al mundo de la noche.
Al poco se acercó un coche patrulla que rondaba por la plaza. Se percataron los agentes del trasto y detuvieron el vehículo. Uno de ellos se apeó y se acercó al prisma metálico, lo rodeó con una actitud similar al simio anterior, y aplicó el oído a la pulida superficie. ¿Pretendiendo qué? ¡A lo mejor lo hizo para comprobar si vivía o había muerto! Golpeó con la porra muy ligeramente en la puerta, como las cajeras en los supermercados sobre la superficie del cajoncillo, y la puerta se abrió lentamente. ¡Bravo! Mientras el muy eficiente policía de la porra examinaba el interior del frigorífico con no poca aprehensión, su compañero daba aviso por teléfono. Al minuto o así, se marcharon incomprensiblemente.
Cipriano se acercó a la nevera y se arrodilló ante el milagro que para él suponía verla abierta. Su menguado entendimiento pensó que una vez abierto, el electrodoméstico no volvería a su empeño de mantenerse cerrado cuando la puerta fuera abatida de nuevo. No obstante quiso comprobarlo, aunque esta vez dejaría un obstáculo entre la puerta y su cierre. Sus manos formarían este obstáculo. Colocó ambas abrazando la cinta de goma de la puerta y cerró la nevera.
Cipriano está ahora medio muerto. La puerta jamás volvió a abrirse. El simio de dos mil uno volvió con sus congéneres y la emprendieron a golpes con aquel enemigo que quería apropiarse de su botín, al que casi le arrancaron las extremidades superiores. La policía regresó y espantó a los simios; pero ante la imposibilidad de separar a Cipriano del frigorífico, requirió a una ambulancia. Fueron evacuados ambos, hombre y máquina. No siendo posible, a pesar de haber descabezado y hecho pedazos todo el frigorífico, extraer las manos de Cipriano de las fauces de aquel cepo increíble, hubo que amputárselas a la altura de las muñecas. Para entonces, ya iba muy quebrantado y humillado el pobre. No tenía noción de nada, no esperaba nada, se había vuelto loco por culpa de o merced a o, mejor aún, gracias a aquella criatura del hombre, cuya voluntad fue contravenir en el día más terrorífico las leyes de la naturaleza, que por otra parte, nadie sabe en qué consisten. Tal vez Cipriano, sí.
Sevilla a 18 de abril de 1999
LUIS MANUEL CEBRERO
de "Tres meses cada semana"
Reservados todos los derechos(a)
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domingo, 29 de noviembre de 2009
DOCE VECES LO HE DICHO
Naturalmente que lo he intentado doce veces, tantas como las pruebas heroicas, como las congregaciones santas, como las colecciones redondas y como cuantas sensaciones preclaras existen en el mundo.
Que el resultado haya sido tan inútil como bombardear el desierto o minar el océano o suplicar clemencia a un volcán, no desmerece el hecho soberano de haberlo intentado doce veces. Lo he dicho doce veces, en doce ocasiones, una docena por doceava vez. He intentado por doce medios diferentes y de doce maneras distintas y por medio de doce caminos, conducir al resto del mundo a la convicción de que la guerra es inútil, y creo que esto me hace digno.
Este siglo que termina se ha caracterizado por ser el mas encarnizado y el más sangriento de cuantos ha habido desde que el hombre tiene memoria y conciencia. Nunca se ha odiado el ser humano a sí mismo más que en este siglo maldito, al que paradójicamente se le ha llamado el siglo de la civilización. Pues bien, cada una de las doce veces que he dicho en este mundo que la guerra es inútil ha provocado una nueva guerra. ¡Ojo! Nueva guerra no quiere decir guerra nueva, porque todas son la misma, que siempre está comenzando. El cañón que desde un helicóptero y conducido por monitores de realidad virtual hace realidad su horrible concepción, fue desde el principio un hueso de hombre que abrió nucas de hermanos. El horror de su crimen ha detenido siempre a los homicidas, pero sólo para darles el valor de continuar matando más adelante.
Lo he dicho doce veces: en Iraq, en Rusia, en Corea, en Japón, en la India, en Vietnam, en España, en Nicaragua, en Alemania, en Israel, en Yugoslavia y en Yugoslavia otra vez. Cada doceava vez que mi voz decía aquello, no habiendo hecho sino pronunciar aquellas palabras y la guerra estallaba con toda su crudeza allí donde yo lo acababa de decir, buscando completar la docena.
No hay derecho. Repito. No hay derecho que luego resulte ser yo el responsable de tanta matanza, tanta destrucción y tanto desafuero, porque me vea obligado a usar de mi fuerza para no ser víctima de la cosa inútil.
Acabo de cesar a mis ministros pacifistas, y conste que estoy de acuerdo con quienes gritan en la calle guerra no, yo también lo chillo; pero antes que ellos abogué por la inutilidad no de ésta ni de aquélla sino de la guerra en sí, y en lugar de hacerme caso, siguieron comenzándola. No hacen falta cañones sino buenas razones, siempre lo he dicho, doce veces lo he dicho a lo largo de este siglo, y nadie me ha escuchado. Por eso, antes de decirlo nuevamente en mi discurso a la nación americana, dejo esto escrito. No quiero morir y espero que no me maten; pero en la medida que dirigir pueblos y tomar decisiones que despiertan en igual medida tanto acuerdo como desacuerdo ilimitado, no puede evitar una amenaza más cierta sobre los dirigentes, y por si no saliera vivo de esta próxima rueda de prensa, quiero dejar bien clara mi postura: La guerra no es una decisión, ni una opción, ni tan siquiera un estado, como algunos creen, sino la cara oculta de la política, pues ella es el único modo que el hombre tiene de controlar a la otra, por eso ha de tener su sitio y su lugar siempre al lado de quienes dirigen los destinos de los demás. Centenares de otros hombres anteriores a mí y hablando otro idioma distinto al mío, dijeron también doce veces al mundo que la guerra es inútil; y en diciéndolo, la guerra volvió a comenzarse como cumpliendo un maleficio. Aunque en los siglos venideros gente como yo lo diga no doce veces, sino doce mil veces doce veces, la guerra surgirá detrás de cada una de esas veces y se hará realidad, por muy inútil que esta sea; porque es algo que está comenzando desde que el hombre vino a este mundo, y no concluirá hasta que no quede un solo ser humano capaz de decir sobre la Tierra que la guerra es inútil. Es inútil... Y no será porque no lo he dicho, no una sino doce veces.
sábado 1 de mayo de 1999
Nota.- RESERVADOS LOS DERECHO DE AUTOR.
Luis M. Cebrero Gómez (a)
sábado, 3 de octubre de 2009
Andadura
Arranca en el día de hoy este blog, del que nada espero y al que nada debo.
Voy en él a atreverme a publicar cosas que hasta ahora han permanecido durmiendo y que tan solamente para mis ojos se han despertado, expresado, movido.
La declaración de intenciones se expresa en el texto de presentación.
Los lectores agradecerán que no publique la obra íntegra. Los fragmentos, muchas veces, hablan de la calidad de la unidad a que pertenecen.
Luis M.
Voy en él a atreverme a publicar cosas que hasta ahora han permanecido durmiendo y que tan solamente para mis ojos se han despertado, expresado, movido.
La declaración de intenciones se expresa en el texto de presentación.
Los lectores agradecerán que no publique la obra íntegra. Los fragmentos, muchas veces, hablan de la calidad de la unidad a que pertenecen.
Luis M.
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