El tren marchaba dejando atrás mustias arboledas y suaves vertientes amarillas bañadas de luz. Su fuselaje salamandrino reptaba por las cuestas de la montaña imitando a la perfección el dibujo de las férreas paralelas que poco a poco se iba comiendo. El aire le azotaba el flanco derecho, por lo que un tenue balance recorría su cuerpo de serpiente como un estremecimiento. El esplendor cromático ambiental parecía conferirle la energía necesaria para no rendirse en la ascensión: llegaban a confundirse los destellos luminosos de las ventanillas de sus vagones con las chispas que brotaban de la panza de la locomotora. Ningún ser de este o de cualquier mundo aparentaba poder bastante para detener la marcha del tren. Entonces las tinieblas cayeron de repente, en volviéndolo todo en un mutismo ciego.
— ¡Vaya! Ha vuelto a irse la luz — le oí ex clamar en la oscuridad.
Cuando logró prender una cerilla, le divisé ira en el rostro afantasmado. Trabajosamente extraídos de la nada por la llamita doméstica, apenas perceptibles sus difusos contornos, se entreveían los hilos de plástico y latón diseminados por el cuarto, como un garabato infinito de trazos paralelos fundiéndose con la negrura grutesca. Titilaban además algunas ventanillas de estatuarios vagones, detenidos cual fotogramas de película. Conectó una linterna. El haz iluminó el quieto trenecito como una vedette de revista.
— No lo ha conseguido. Mañana lo hará — suspiró.
Quizás para comprobar mi estado de ánimo, me encañonó la boca con la linterna. Tal vez esperara descubrirme una mueca de burla; sin embargo, mi desconcierto contuvo mi posible chanza. Yo había permanecido tan quieto como la miniatura de Renfe que tenía delante. En puridad, ahora ignoro si mi parálisis se debió a la sorpresa o al miedo de dar un paso en falso que destruyera el mundo de mi amigo.
— Sígueme – ordenó con énfasis y malhumor. En la puerta dibujó el óvalo luminoso. Salimos del cuarto. Cerró la puerta con mimo de tata que abandona al bebé dormido.
Un conato de locura circundaba siempre sus ojos cuando, a la vuelta de trabajo, introducía la llave en la cerradura y empujaba suavemente la puerta del cuarto, encendía la luz y se extasiaba en la contemplación de su juguete.
— Es como dominar el mundo — me confesó en una oca-sión—.A mi voluntad se desplazan todos los vagones y pasan por donde yo quiero cuando yo quiero.
Con ventiladores estratégicamente colocados, simulaba huracanes. Desprendía nieve de corcholina de un altillo sacudiendo un paipay, y el agua de lluvia era rociada cuidadosamente con un nebulizador de colonia sin empacho de provocar – cosa que raramente sucedía – un cortocircuito. Focos de diversos colores dispuestos en distintos ángulos de la habitación permitíanle elegir a su amor las partes del día la noche caía cuando apagaba los soles y encendía las luces de juguete, dispersas por aquel mundo artificial como chispas de fundición: los semaforitos intermitentes, las hogueras estilo belén casero, las estaciones blancas, los faros de las locomotoras, el rojo definitivo de los furgones de cola, las avenidas solitarias bajo un túnel de luciérnagas … con una bombilla de baja potencia convenientemente escudada por una pantalla deslizante, imitaba la luna en todas sus fases, y las estrellas fulguraban, desiguales, colándose por los orificios de un panel acribillado tras el cual ardía un fluorescente.
— No le falta de nada, ¿eh? — me decía con orgullo.
— Sólo las personas — se me ocurrió contestar una vez.
Expelió una carcajada de perro jadeante.
— Yo soy todas las personas. Yo puedo ser cada hombre que viaje en mi tren, cada mujer, cada niño. Yo estoy en todos sus destinos porque yo los he fabricado a mi imagen y semejanza y los muevo a mi albur igual que a marionetas; en mi mundo, yo soy Dios.
Efectivamente debía de ser así, porque un día en que intenté por mi cuenta tomarle un poco de su divinidad moviendo un vagoncito varado en una vía muerta, su mano saltó como la de un trilero y restalló sobre la mía igual que un látigo. No me atreví a mirarle a la cara. S.olo escuché:
— Dios no hay más que uno.
Temí por su cordura. Decidí en consecuencia alejarme de él para no enloquecer yo también.
En cierta ocasión me llamó, muy tarde, casi de madrugada. Noté en su voz al otro lado del auricular el deje ansioso y alucinado de los fanáticos. Era un ruego vehemente, casi una orden.
— si no quieres perderte un espectáculo fascinante, no tardes mucho, está a punto de suceder.
— ¿El qué?
— ¡Ven! Y lo verás.
Cuando entré en el cuarto, lo hallé sentado a la mo-risca, profundamente ensimismado. Ante él reposaban dos trenecitos (un mercancías y un expreso) volcados fuera de las vías, diseminados por el suelo sus pedazos. Las dos locomotoras se hallaban destrozadas, chafadas de haber sido machacadas brutalmente la una contra la otra.
Al día siguiente me persiguió por todas las cadenas televisivas, por todas las ondas de radio, por todos los quioscos de prensa, la increíble noticia: en la madrugada anterior, un mercancías y un expreso habían colisionado frontalmente en circunstancias extrañas muy cerca de un pueblo próximo a Ciudad Real. Veinte muertos y más de cuarenta heridos.
Por mucho tiempo fui incapaz de quitármelo de la cabeza y se me venía a la mente a manudo aquella figura insignificante sentada ante su mundo, como ídolo hindú, cabizbaja aunque pesarosa, extasiada pero sin traspaso, contrita más insensible. La visión, a medida que pasaba el tiempo, iba adquiriendo perfiles más y más nítidos. La cabeza caída sobre el pecho, como la del general que reflexiona el resultado de la batalla planeada ante un mapamundi repleto de chinchetas, banderitas, aviones y barquitos de plástico; la fijeza de ojos del vesánico manipulador de ordenadores que observa en la pantalla el desarrollo del plan bélico concebido; la concavidad dorsal del gobernante que pugna por inflexibilizar sus resoluciones. No había duda; aquellas piernas aspadas como tibias de bandera pirata portaban el trágico mensaje de los terroristas y de los mafioso. Comprendí aterrado que él tenía razón; el mundo es regido por los demiurgos de la maqueta y el despacho. El destino sobe-rano de todos los seres humanos camina sometido a los designios de estos iconos consagrados a sí mismos, ignorantes de aquello que dominan, volubles, antojadizos, capaces de crear las circunstancias determinantes de los acontecimientos y de fingir luego sentirse dominados por ellas, cuando se tuercen y dislocan sus objetivos.
Resolví no verle más.
A partir de entonces, cada accidente de ferrocarril me confirmaba la idea de que aquel ser creído dios me estaba buscando, me perseguía, pretendía mi silencio.
Me abstuve de subir a un tren, temiendo su más que seguro ataque.
Tiempo después del episodio del accidente, cuando asesinó a su madre por haberle destrozado el juguete maldito con que manejaba el mundo, me convencí de la impostura y artificialidad de los ídolos. También ellos eran manejados como títeres por alguien superior. Dejé de temerles y volví a viajar en tren. Aplaudí el sacrificio de aquella mujer y lamenté la carencia de valor en el resto de madres de los demiurgos.
En un manicomio descansa. Fui a devolverle la risotada que me escupió cuando eché en falta las personas en su recreación del mundo.
— Todo es una farsa, lo confieso — me dijo, en trance —; pero mientras la representamos, la vivimos; mientras la vivimos, somos los amos de todo, y mientras dominamos, saltamos de las tablas para barajar, independientes, las cartas de nuestro propio destino, que es el de todos. Siendo así, gozamos la realidad de imponer nuestros caprichos a los demás. A más poderosos, más caprichosos; a más caprichos satisfechos, más revestidos de poder. Y no podemos resistirnos a la fuerza apasionada de esta vorágine maravillosa; hasta que un día el anillo se rompe y nos damos cuenta de que todo es mentira. Tú jamás has sentido la vida de esta forma y por lo tanto no comprendes nada de lo que te estoy diciendo, por eso ríes. Tu carcajada es la voz de la ignorancia, la eterna canción repleta de cretinismo de los hombres razonables que ha de soportar todo elegido que sucumbe. Sólo los seres con destino tenemos derecho a mover el mundo y, por tanto, sólo nosotros experimentamos las felicidades del triunfo y la desolación de la caída. La risa es patrimonio de la gente vulgar, la perenne reacción de las marionetas. Ríe, pues eres una de ellas.
Cuando, como ahora, el vértigo de las asociaciones pesca en mi mente un recuerdo, derivo sin querer a la reconstrucción de aquel cuartucho infecto repleto de pequeñas vías engarzadas, de accesorios diseminados y diminutos trenes; y veo, creo ver, a las locomotoras cortando el aire pútrido del tambucho como si se desmelenaran frente al viento de la sierra; al mercancías que regresa a la estación, mareado de tanto repetir el mismo itinerario; al expreso de estancias malolientes y siempre muerto de sueño; al Talgo elegante y fragilísimo como hilo de araña… Ante mí el mundo hecho venas eléctricas, ¡y repleto de personas, de “marionetas”, a pesar de todo!
El tren marcha dejando atrás mustias arboledas y suaves vertiente amarillas bañadas de luz. El aire azota de costado y estremece a la sierpe de hierro con un tenue balaceo. El refulgente tono de la luz parece conferir a la locomotora la energía precisa para que no claudique en la ascensión, aunando las chispas de sus bielas con los destellos de las ventanillas. Nada parece tener poder para detener la marcha del tren, cuando las tinieblas caen de repente, sumiéndolo todo en silencio irreal y opaco. Por un momento, temo oír su voz enfática y malhumorada tres minutos más tarde, el tren abandona el túnel y una explosión de luz hiere mis ojos, que en su deseo de ver cielo no se apartan del sol. Espero que a ningún chalado con ínfulas divinas, sentado ante su juguete a miles de kilómetros de aquí, le dé por chafarme con su capricho las delicias de este placentero viaje.
Sevilla, diciembre de 1990.
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