viernes, 5 de mayo de 2017

LA ESTÉTICA COMO ARTE (2)

ASPECTOS FORMALES DE REDACCIÓN Y DE ESTILO

Libraco

Si algo caracterizaba a los antiguos ensayistas era que se lanzaban hacia el objeto de sus cuitas a tumba abierta, con apenas referencias pretextuales, forcejeaban consigo mismos y con su propio bagaje cultural hasta conseguir exponer aquello que querían decir. Se apoyaban lo menos posible en bibliografía porque querían hacer de su trabajo algo autónomo con suficiente aporte de novedades como para prescindir de la justificación académica, a la que no podían dejar de vigilar de reojo por si la veían un poco mosca o molesta con su osadía. Las grandes obras que incorporaban el corpus bibliográfico constituían de este modo los manuales, y como culminación los grandes tratados. Sin embargo, desde los años 70 han venido llenándose los ensayos de faramalla bibliográfica, hasta convertirse en opúsculos o pequeños tratados, sin llegar a acceder al espíritu del gran texto sistemático apoyado por la ortodoxia en la materia, es decir, libracos: muchas páginas de referencias, excesivas cautelas referenciales, pero sólo para avalar ideítas, escasas aportaciones nada valientes y de hético meollo, como el zumo del tomate de desierto, de una prestancia para posar en un bodegón, pero más seco por dentro que la arena de donde procede. En el sentido empleado, y no siendo en absoluto despectivo creo que el libro de Marchán tiene algo de libraco. Argumento: no pretende compendiar los contenidos en forma de manual; al contrario, debate con sus propias ideas y manifiesta un interés textual por rellenar lagunas argumentales más que ausencias académicas. ¿Cómo se explicaría si no el escaso lugar que dedica a la explicación de la obra de Shopenhauer, el filósofo de la representación y de la intención, y su influencia incardinada en Nietzsche primero, los fenomenólogos existencialistas después, y los hermeneutas gadamerianos y ricoeurianos muy posteriormente? Su interés no es didáctico sino dialéctico; por eso creo que está sobrado de bibliografía, no necesitándola para apoyar sus manifestaciones fuera de la fuerza argumentativa de sus afirmaciones.
En mi trabajo, me estoy lanzando a tumba abierta con mis opiniones, no olvido las obras que pueden limitar mi trayectoria, pero estoy haciendo de mis opiniones un ejercicio de argumentación sano y legítimo. Prometo volver sobre este asunto más adelante. Usando el recurso retórico de la redundancia, dejaré recalcada esta postura que tanto daño creo que está haciendo a la libertad de las ideas, al menos en España.

Tejido

                Un poco sobre el modo de tejer las frases de Marchán explicará asimismo la extraordinaria motivación que ha de poseer quien intente embaularse el texto[1]. Y es que la extremada concentración de sus afirmaciones convierte en inviable una lectura extensa de la obra. Hay que ir párrafo a párrafo desenredando cada frase y volcando cada uno de sus miembros en una sintaxis más simplificada a fin de comprender exactamente cada una de las afirmaciones. Por ejemplo: En la pág. 21[2] del libro inicia el segundo párrafo de este modo: “El avance que en el siglo XVIII supone el percatarse de que los principios metafísicos y absolutos de la “doctrina clasicista” son un mero capítulo de un ordre positif, es decir, relativo a cada época histórica, se ve oscurecido por la proclividad ilustrada a convertir los nuevos “primeros principios”, estéticos y artísticos, en un nuevo ordre natural, ahistórico, que continúa levantando sospechas sobre una convivencia con la doctrina clásica criticada.” ¡Primera frase! Desmóntese primero el flujo principal del “El avance en siglo XVIII que se ve oscurecido” Sepárense principios metafísicos y absolutos  e iguálense a orden relativo a cada época histórica. Estos principios son el avance. La ilustración es proclive a convertir los nuevos principios estéticos y artísticos en un nuevo orden ahistórico. Esto es el oscurecimiento del avance. El igualar lo sospechoso con la doctrina clásica, y la epanortosis (los es decir) con el mero capítulo del ordre positif, etc., es tarea de desmontaje de la sintaxis. Como puede verse, es una forma extraordinariamente compleja de plantear un asunto, y no hablaría de la proclividad a la oscuridad de esta sintaxis si el párrafo, ejemplo de lo que es la mayor parte del corpus del libro, no prosiguiera apretadamente del mismo modo durante casi una página entera.
A esto me refiero en otro lugar cuando afirmo que Marchán establece un nivel alto no solo por la aglomeración de cuestiones que da por sentadas en las prótasis de las oraciones, sino también por el adensamiento de la sintaxis y las forzadas conclusiones de las apódosis. El lector se ve obligado casi a aceptar lo que se le ofrece como principios que deben ser probados o al menos verificados. Como, por ejemplo, el hecho de que ordre positif sea algo equivalente a lo relativo a cada época histórica, incurriendo casi en una falacia de petición de principio. Pero, cuando se observa que el recargamiento de conceptos en la casi totalidad de los párrafos del libro es la tónica dominante, se percata el lector ante quién ha de vérselas y debe analizar el propio nivel que posee de la materia tratada para comprobar si le resulta rentable continuar con la lectura o debe ponerse al día con el apoyo de textos más accesibles. Comprende de inmediato que el autor no le va a facilitar la labor de lectura, ni le va a aclarar los enrevesados disertos de cada párrafo, ni va a volverse para definir los conceptos que da por sabidos, sino que va a continuar de manera inflexible a través de una retórica densa y sobrecargada de conceptos. También a esto me refiero cuando digo en otro lugar que la prosa de Marchán no es generosa.

“Estétilo”[3]

El estilo es muy formal y árido. Las frases son afirmativas y las exposiciones ocupan párrafos larguísimos, a veces de enrevesada factura. A afirmaciones lapidarias siguen expresiones de dudas que a su vez se mezclan con opiniones de varios autores, indistintos y a veces sacados de contexto. Además, suele sobrecargar de referencias bibliográficas cada afirmación verdaderamente sustancial que realiza, a veces hasta la exhaustividad, en forma de galería o de listín. El primer párrafo del capítulo inicial, podría ser un ejemplo canónico de lo que manifiesto[4].
En ocasiones alambica tanto los párrafos que dan en anacolutos, por ejemplo en la pag. 198, y transcribo: “Esta especie de confianza en la recompensa final da la impresión de que en el proyecto marxiano y, aún más en el marxista, ha actuado como coartada a las situaciones del presente, como desentendiéndose del tramo accidentado que hay que recorrer hasta la meta final.” La coartada no se sabe si se refiere a la confianza o a la recompensa, está indefinida.
Otras veces incurre en algún error de base. En la misma página, un poco más abajo dice que Marx evoca la metáfora lúdica de Kant, Schiller o Marcuse. ¿Marcuse? ¿Puede Marx “evocar” a Marcuse?
Otro ejemplo de vicios de dicción propios de libros en exceso formalmente expositivos, incluso áridamente expositivos, y más incluso, plúmbeamente expositivos, es el recurso de marcar con ordinales las ideas dentro de los párrafos. Innumerables en el texto, pongo como ejemplo el primer párrafo de la pg. 164. Sin embargo, este abuso hace que muchas veces al ordinal primero no le siga ninguno más, vg. El segundo párrafo de la pg. 188, donde aparece un primer lugar, y luego no hay segundos ni terceros. Esto hace que párrafos enteros queden indeterminados y no consiga el lector hacerse cargo de las prioridades en los conceptos enumerados por el autor.
Aunque resulta un poco complicado y exige gran atención al flujo de las ideas, este estilo expositivo, pero tambaleante, de frases alargadas por períodos paratácticos, e incluso parentéticos, con uso de la epanortosis y las anáforas, muestra su eficacia cuando en los capítulos finales, introduce en confrontación las ideas nuevas con las antiguas, ya expuestas. Con este estilo se hace más patente la idea de texto de debate que pretende el autor del libro. No ya una historia de la estética, sino una valoración o verificación del hecho estético en determinados períodos históricos.
Al inicio de la lectura, este estilo erudito resulta demoledor, y descorazona. Pero a medida que avanzamos en la lectura y van apareciendo las reiteraciones y las referencias continuadas a lo ya expuesto, la mente se va acostumbrando al modo de desarrollar las ideas y se pliega con más acomodo al tono explicativo del texto. Cuando se procede a la relectura, casi se encuentra uno en familia. De este modo he encontrado la parte artística de esta obra estética de la historia de la estética.

CONTENIDO DEL LIBRO


Examinando el índice del libro le es posible al lector hacerse una idea clara no tanto de lo que va a encontrar en él, que es mucho y narrado desde perspectivas diversas, sino de lo que no va a encontrar.
No va a encontrar una narrativa clara y lineal de los fenómenos estéticos, ni un enfoque singular o unilateral acerca de los mismos. Tampoco parece tener voluntad de ofrecer perspectivas más o menos esquemáticas sobre las que levantar una estructura ordenada de cuestiones debatidas y por tanto de obligada asimilación. Ni siquiera va a poderse disfrutar de apoyos históricos basados en una ortodoxia hipostasiada, en la admisión de los hechos consagrados por una acrítica narración ni en la aceptación de los acontecimientos de sobra conocidos sobre los que elevar una gran tesis o deducir una conclusión unificadora sobre las manifestaciones artísticas. Ni tan siquiera se van a aceptar unas claves accesibles por archiconocidas a través del estudio de otras disciplinas. No. El acceso al mundo estético, advierte la introducción al lector inmediatamente después del índice examinado, se hará de manera multilateral, atacando los hechos transversalmente por medio de accesos diferentes y en todas direcciones.
Así se nos convierte el texto en un caleidoscopio multicultural, toma como centro el fenómeno artístico. Por descontado es un libro de teoría del arte, pero más que nada de exposición o narración de las cuitas artísticas las de reflexión que sobre éste se han ido acumulando en la historia desde la Ilustración hasta nuestros días. A aprender a digerir los contenidos, a sopesar las ideas, a asistir a sus evoluciones, transmutaciones, dispersiones fragmentaciones y regresiones, a contemplar en completitud espacio temporal las soluciones, discordias y acuerdos que la materia gris ha realizado sobre la materia multicolor, nos invita este libro; libro que no siendo portador de muchas cosas, sí ofrece lazos y guías para que cada lector trace su propia ruta de ajuste de cuentas con la historia, el arte y sus filósofos.
Con todo y con eso, el libro se doblega a un decurso temporal en la narración de sus propuestas y descripciones. Aunque ande continuamente dando saltos temporales a base de anticipaciones y flash backs, los diez capítulos en que se subdivide la obra narran una historia, y en cada uno de ellos se cuenta, no muy amablemente, un modo distinto y progresivo de interpretar el mundo estético, desde atrás adelante, desde el remoto al futuro, pues si la Ilustración alumbró – quizá no valga la redundancia – a la estética como ciencia autónoma, también lo hizo con la idea y el concepto de progreso[5].

Sinopsis


El hilo narrativo que mantiene la cohesión entre los diez capítulos que integran la obra es relativamente clásico: el histórico temporal. Y aunque el autor tienda a desplazarse en continuas regresiones y digresiones en función del tema que trate en el momento, se sostiene este acuerdo cultural de comenzar por el origen acotando primero los márgenes de competencia. Luego se desliza linealmente por el devenir de los hechos en el tiempo, utilizando una metodología centrada en los individuos más influyentes en su momento con una táctica de acercamiento no a su obra, sino a sus argumentos fuertes, y teniendo en cuenta por lo tanto el paradigma antropológico que se ajusta al estudio del hombre y sus obras, el evolutivo.
Lo voy a simplificar al máximo, devanando el hilo sobre el que parten las ramificaciones complejas de las explicaciones de Marchán, no cayendo en la tentación de reproducir de manera gregaria el índice del libro, para lo cual mejor sería una remisión al índice mismo. Tampoco perderé el tiempo en comentar cada uno de sus progresos en la línea argumental.
Comienza con los antecesores de Kant. Acota el inicio de la materia a tratar con el nacimiento del concepto con Baumgarten y su Estética en la Alemania del XVIII. Luego le dedica a Kant un importante número de páginas, intentando dar de este filósofo la idea de un refundidor, una especie de Ptolomeo de la Ilustración que fuera recogiendo cuanto concepto disperso o descolocado relacionado con la estética (las teorías sobre el gusto humeanas y las generales de Lessing, por ejemplo), para ofrecerle un asiento y una función dentro de su visión crítica de la realidad como fenómeno. Tras revisar las apostillas románticas a los conceptos básicos fijados por Kant, en especial las teorías del juicio de lo sublime y del genio, repasa los anhelos libertarios que para el arte ansían en especial Fichte (con desvaríos nacionalistas) Schlegel, y los románticos Schiller y Goethe. Con parada larga y obligada en el sistema absoluto de Hegel, donde el arte ocupa un lugar de privilegio dentro del espacio dedicado al símbolo como modo de acceder a los contenidos absolutos de la conciencia, vienen los capítulos más densos y hasta cierto punto fundamentales. Se inician con la fragmentación y nebulización del sistema hegeliano, cuyo mundo absoluto y terminado es rasgado de un lado por el espíritu positivo pertrechado con la herramienta científica, y de otro con las críticas a la dialéctica teórica como método para el acceso a lo terminado, como ecuación de las humanidades. La primera cohorte la comanda Comte inspirado por Saint Simon; la segunda, Engels y sobre todo Marx inspirados en Feuerbach. Para uno la ciencia representa la nueva religión, que en lugar de vida eterna ofrece la posibilidad de una felicidad proporcionada por los logros técnico-científicos en el Estado positivo, debiendo la estética integrarse en la Sociología como nueva ciencia emancipadora, resolviéndose en Estética sociológica, o sociología del arte, etc. Para los segundos, la estética como valores simbólicos se integraría en la Economía del estado, y podría volver convertida en una Estética de Estado. Entre estas dos tendencias se debate una tercera que sostiene la pervivencia del arte y la ciencia que versa sobre él con autonomía de su propia condición, es decir, una especie de mantenimiento de la función especulativa de la estética como modo de explicar el mundo del arte, bien a través del esteticismo iniciado por Baudelaire y exacerbado por Nietzsche, bien por el psicologismo como justificante de las pulsiones irracionales del artista, bien, en fin, por la fenomenología como vindicación científica de la empatía y la vivencia . El del aquél mediante el culto más que el cultivo por el simbolismo, y el de éste por el derribo de los valores existentes inspirados ambos en el nihilismo crítico de Schopenhauer, que dan en convertir la visión romántica de la reflexión estética en una atómica fragmentación, “polvo de aforismo”, intuición y voluntad de acción frente a estructura y sistema. La versión científica de esta tendencia la rematará el psicologismo de Freud, que inspirará no ya la rebelión del espíritu materializado en psique, sino una base tripartita formada por la ciencia positiva (la física sociológica fundamentalmente), ideológica (el comunismo inspirador de una revolución económica) y psicológica (reducción de la escatología a impulsos psíquicos completamente materiales). Sobre esta base, inestable por la tensión de las fuerza pugnantes por la hegemonía del espíritu, se irán sucediendo las vanguardias históricas que arrancan del impresionismo francés con grupos no de artistas sino de artistas estéticos, de artistas conscientes de estar creando su propia teoría del arte (el expresionismo alemán de El Puente y El Jinete Azul, la Bauhaus, Klee y Kokochka, Kandinsky[6], etc, la mayor parte de ellos no sólo artistas plásticos de primera fila, sino defensores por escrito de sus propias ideas teóricas sobre el arte). Su visión estética basada en Freud y el Psicoanálisis, dominará el siglo XX hasta prácticamente las teorías deconstructivas de los 70, cuando se debatirán las cuestiones fundamentales que inician la posmodernidad: el arte objetual y el arte como concepto, necesitado de explicación y justificación en un contexto artístico en su adquisición de estatuto de obra de arte, al prescindirse en su ejecución de los rituales o de las convenciones antaño acreditadas como prácticas artísticas. La influencia de las ciencias humanas en la configuración de la ciencia del gusto, la deriva hacia los totalitarismos de las facciones dialécticas del sistema hegeliano (el de izquierdas por el constructivismo ruso; el de derechas, por el colosalismo basado en las formas clásicas del fascismo y los nazis), el surrealismo como estética (Chagall): construcción de la propia individualidad desde los sueños, que confiere un carácter fragmentario y disolvente a todo producto artístico. Prosigue con el estudio del problema del fin del arte y de la estética de lo feo como consecuencia del desbordamiento de lo bello. Por último, un repaso a las estética de postguerra y post 68 (todo se vuelve post de aquí en adelante). Menciona las estéticas heredadas de las visiones que creó el absolutismo estético, recogidas por Hartmann (las categorías como férreas leyes) y sobre todo por Luckacks (Estética en 4 volúmenes), curiosamente con “afán sintetizador”. Finalmente las tres vertientes: la fenomenológica, la marxista-hegeliana y la hermenéutica como función interpretativa, completan el amplísimo y puntillista panorama de la estética en la cultura moderna que ofrece Marchán en este libro. Se detiene un poco más en esta última para hablar de los estudios filosóficos que buscan verdad a través de la experiencia artística: en Gadamer (Alemania) por la interpretación de los textos, de lo textual en la obra de arte; en Ricoeur (Francia) por la expresión simbólica y finalmente Eco (Italia) por la intencionalidad simbólica a través de lo que denomina asemiosis: desposesión de intencionalidad simbólica social para tomar un código semiótico nuevo. Todas tres con el denominador común de la vuelta a los lenguajes como acceso a los códigos expresivos e interpretativos. El libro termina con una reflexión acerca de la condición humana, secuestrada por la inercia (yo lo llamo vulgaridad) y anestesia espiritual (producida por la morfina del “gran pasatiempo”),  y su necesaria representación por medio del arte como prueba de vida frente a quienes tienen que pagar nuestro rescate (¿artistas? ¿filósofos? ¿estetas?...¿?).
Intencionadamente he incumplido lo que prometí; pero se me dispensará esta mentira (hoy todo el mundo parece perdonar a los mentirosos), pues si la anterior parrafada llega a aparecer sin lenitivo previo, más de uno, en especial el lector del que he procurado cierta simpatía (captatio benevolentiae), habría abandonado la lectura de manera inmisericorde. Una vez reconocida mi mentira, pido perdón, que no disculpas, pues el primero es unas segundas con el deseo añadido de reconciliación con el agraviado; y prosigo, que estas digresiones, aunque pretendan relajar el discurso, suelen convertirlo en una cháchara fastidiosa si se prolongan demasiado.

Contenido especifico

Los primeros capítulos son a mi juicio los más convencionales, aunque no extrae conclusiones demasiado claras sobre la razón por la que las ciencias humanas que surgen a raíz de la crítica al sistema hegeliano pretenden sacudirse el carácter natural del ser especulativo de la estética como enfermedad contagiosa, ofreciendo únicamente el motivo paradigmático: el hecho de que a partir del primer tercio del siglo XIX, el paradigma reflexivo que infló la actitud idealista, cambio de método: sustitución del método inductivo por el deductivo.
Yo aquí quiero introducir mi opinión, libremente vertida, y luego quizá podría intentar matizarla un poco, sirviendo también como resumen o comentario a los primeros capítulos del libro de Marchán.
La estética nace de la necesidad de reflexionar sobre los hechos o la actividad artística en la época en que nacen otras tantas disciplinas emanadas de la filosofía, para debatir asuntos englobados de manera directa en las discusiones religiosas, como la teología, gnoseológicas como la epistemología y artísticas como la estética.
La estética se configura como filosofía del arte por las tendencias rupturistas del siglo XVIII, que pugnan por abrirse paso a través del puro empirismo e intentan establecer un criterio científico para la filosofía, a través del ejercicio de una crítica que vaya parcelando las metafísicas de las ciencias (Kant), y al mismo tiempo establezca un ámbito de entendimiento entre las nuevas ciencias que van surgiendo a raíz de estas mismas críticas.
La reflexión estética aun como parte de la filosofía va siendo prefigurada en Alemania a mediados del siglo XVIII, pero es con Kant cuando consigue un estatuto de disciplina filosófica, al ser separada de los psicologismos y de los debates metafísicos como filosofía del arte: una disciplina especulativa, que parte de principios propios y que no debate sobre la historia del arte, sino del hecho artístico en sí, el criterio del gusto como paradigma para la capacidad de juzgar. Y aunque a veces haya llegado a confundirse historia del arte con estética, esta última desde sus inicios marcó las diferencias con respecto a la mera historia del arte como descripción de hechos y manifestaciones artísticas a lo largo de períodos de tiempo. Hechos y manifestaciones que explicaban de alguna manera el modo de ser de las sociedades que las crearon o al contrario, según el paradigma inverso de interpretación, consecuencia de ellos, es decir, la historia de los hechos que precisamente por haberse dado ellos y no otros, determinaron una forma específica de expresión en las artes y las letras.
Por esta razón, la estética nació deliberativa o especulativa: su propósito era desligarse del arte, de las manifestaciones y los objetos artísticos, para reflexionar sobre el hecho mismo que los generaba. Dicha necesidad reflexiva es hija de su tiempo, entre otras cosas porque toda la filosofía que va a escribirse hasta el final del sistema hegeliano va a ser de índole idealista, operando deductivamente de lo general a lo particular, genuino proceder de la filosofía especulativa, deliberativa o de sistema. El diagnóstico de estas disquisiciones dará como resultado una filosofía del arte que introduce a éste en el ámbito de lo simbólico y luego lo eleva en el sistema a un nivel noético sólo por debajo de la religión y de la filosofía.

            La madre del cordero

Los dos capítulos más importantes, a mi juicio, son el 7 y el 8, fundamentalmente el primero[7]. Se habla en los mismos de un fenómeno general, que Marchan califica con la metáfora química de “la disolución” de las filosofías especulativas en las ciencias modernas. En lo específicamente tocante a la estética, el seguimiento de esta disolución se realiza respecto de la sociología de Comte (¡que él escribe Compte!) y de la economía en el materialismo histórico de Marx, con la Historia en la doble vertiente de mercancía y deriva psicológica hacia el recurso de los símbolos como ideología. También menciona Marchán el producto resultante de la disolución de la estética en las ciencias modernas, en forma primero de disciplina que predica los valores establecidos por la sociología, y por otro como ciencia interpretativa de los símbolos, formando un proyecto de mejora integral del Hombre, aunque siempre al servicio de los intereses del pueblo, regidos por el criterio de la utilidad y la funcionalidad.
Los tres primeros filósofos que hablan de la disolución[8] le dan a esta palabra el sentido de desmantelamiento. Feuerbach es el primero que la usa propugnando el retorno a lo real de la existencia sensible; Kierkegaard  lo enfoca hacia la existencia religiosa, y Marx lo dirige hacia la existencia social y económica. El sistema tiende a replegarse sobre sí mismo para poner fin a la Historia, una Historia que no obstante finalizada continúa sin cesar.
Lo importante en este caso es contar con que se tome conciencia de la modernidad. El realismo y la desconfianza sobre la belleza comparecen por primera vez a los ojos de la Historia como resultado del desmantelamiento del sistema hegeliano. Así comienza a aparecer “la estética de lo feo” como categoría artística en 1853 de la mano de Rosenkranz, que lo trata (todavía especulativamente) como “desbordamiento de lo bello”[9]. Así comienza el desprestigio de la estética tradicional, que sin embargo mantendrá sus gabelas institucionales, aquellos “modernos profesores” que tanto despreciaba Baudelaire. Modernos en el sentido stendhaliano de “presentes” “de ahora”, “hoy en día”, frente a Antique o anteriores.
Toda la tensión se localiza en la pugna entre lo eterno y lo transitorio, traducidos respectivamente en lo absoluto y lo particular. Lo necesario frente a lo relativo, lo ideal frente a lo real.
Este es a mi juicio el mejor fragmento de la obra de Marchán, donde se llega al meollo, a la madre del cordero de lo que entiende él que entienden otros que es la modernidad. Exhibe las características de la época en diálogo o discusión con las anteriores secciones, preparando la narración del futuro “proyecto estético”. Muestra la dialéctica entre lo transitorio frente a lo perdurable, y la victoria del primero a impulsos de la vida real privilegiada en primer plano por la ciencia positiva. El heroísmo actual es el del hombre llano cotidiano que lucha por la vida a diario, es una acción no un actor. La cultura moderna activa el interés por desmantelar lo trascedente a través de la caricatura, la banalización, la falta de ejemplaridad en las obras de arte, ejemplificados por las novelas realistas de Balzac (inventor de la bohemia como forma de vida artística) y Flaubert. Todo lo apreciable de las artes viene dado inspirado por el paradigma inductista, es el principio de accidentalidad interior: triunfo de lo insólito, lo exótico, la belleza bizarra, lo raro, extraordinario, extravagante, caprichoso, y en general lo completamente ridiculizable. El pintor es un mirón; el poeta, un paseante vagabundo; el filósofo, un predicador tabernario (“esperpento” llamó Valle –Inclán a todo esto), la general de(trans)formación: poemas en prosa, pintura involucionada de mensajes coloristas, razonamientos irracionales.
La estética disuelta, en mi opinión diluída y ahora paso a explicar el matiz, en la sociología emerge después como estética sociológica, sociología del arte e historia social del arte. El individuo se convierte en el Hombre como grupo, objeto empírico, desaparecen el gusto y lo bello y se sustituye por el criterio y la ley natural de la sociedad. La obra más importante de este período “Filosofía del arte” de H. Taine[10], intenta esclarecer la dependencia del arte respecto a las sociedades mediante experiencia causal, determinista  y científica. Cuando, a finales del XIX la estética sistemática se oriente hacia la psicología, se enfrentará a su fragmentación: será estudiada nuevamente por la especulación a través del estudio que la fenomenología haga de la ya estudiada Einfülhlung (empatía) y de la Erlebnis (vivencia), el vitalismo del expresionismo alemán (resucitando el espíritu) y el dinamismo tecnicista (Art Nouveau y el Futurismo).
Marchán parece hallar el objeto del libro en la disolución de la estética como reflexión sobre el arte en las ciencias modernas, pero presuponiendo esta disolución como una evolución, un revoltijo dentro de las mismas ciencias: la configuración de una estética como proyecto, es decir, enfilando hacia un futuro que le asegure su pervivencia como ciencia autónoma con estatuto apreciable dentro de las humanidades, entendiendo éstas como ciencias humanas. Con esto creo haber podido aclarar un poco a qué me refería cuando no encontraba el alma del libro[11].
Como no puedo continuar sin esclarecer mi disconformidad con el sentido que acepta Marchán de la metáfora “disolución” de la estética en las ciencias, y dada mi preferencia por “dilución”, si se quiere continuar con dicha metáfora, introduzco una pequeña digresión al respecto, que considero necesaria para que el lector no avance con semejante espina advertida y no extraída (¡será por metáforas!).
A las metáforas las carga el diablo. Es un dicho general cuando se quiere dar a entender que las expresiones metafóricas se llenan de significaciones ambiguas, y en bastantes casos antagónicas.
La metáfora química utilizada para explicar la mezcla de la estética con otras disciplinas de crédito científico para dar en una estética “cientificada”, es la de disolución. Yo creo que induce a un error garrafal, porque la explicación del fenómeno de la estética en otras ciencias modernas no pasa por disolverse aquélla en éstas. La estética no deja de ser estética en cuanto entra en contacto con la sociología por ejemplo, o mejor que la sociología no disuelve la estética (como el aguarrás la pintura[12]). Más bien parece querer significarse una dilución, es decir un desleído, una expansión de la materia de cantidad pequeña en la materia de cantidad grande diciendo que la primera diluye la segunda (como el agua diluye la pintura, y queda pintura aguada siguiendo estando compuesta la solución o el soluto de pintura y de agua).
Este tipo de metáforas empleadas por quienes prescinden de estos matices, hace que se genere una confusión encadenada por la sinapsis estructurada, secuencial y sistemática de la labor científica, confusión que termina convirtiéndose en cuestión a debatir por el uso científico de expresiones normalmente utilizadas en la poesía. Caso preclaro que se da en el libro de Marchán, quien de manera un poco lamentable emplea indistintamente el término disolución y el de dilución como si fueran sinónimos (las estéticas se diluyen en las sociologías del arte), cuando no se las define como enfrentadas (a las vanguardias históricas) o englobadas (otra metáfora erróneamente empleada) de la estética de la mercancía.
Lo picajoso de este excurso podría parecer gratuito si no se precisara qué se entiende por disolución o al menos cómo salvar la idea de que la estética no es destruida por otras ciencias cuando se mezcla con ellas, sino que su dilución produce un efecto de transformación que la ciencia de acogida es incapaz de evitar.
Y prosigo.
El proyecto en manos del positivismo acabará en la teoría de las tres culturas: estética, científica e industrial. Aquí, la cultura moderna ha simplificado su campo a cultura estética. ¿Qué implica esto? Pues implica que desde el momento en que la estética puede manejarse con los criterios antropológicos de la cultura, con su pretensión holista del conocimiento, puede invadir totalmente el espectro de la vida humana convirtiendo en estético todo lo que rodea al aspecto formal del individuo, sus atributos, utensilios y ámbitos. Estético será el costumbrismo convertido en moda por la Economía política, el aspecto exterior de las personas, sus vestidos, peinados e higiene, sus complementos, sus usos, su modo de vida, desde lo Chic hasta lo Way. Estético será lo que vaya desde lo que Mola hasta lo que Priva, desde el almíbar hasta el detritus, desde el manjar hasta el vómito. No disolución, sino dilución, el arte diluido en una teoría del mundo que interprete éste como obra de arte. Lo cual nos lleva a lo que Marchán denomina “la apoteosis de lo estético en el Esteticismo”[13], un estado de hipertrofia estética donde se integra no sólo lo formal y lo conceptual sino también lo intencional. He aquí la redundancia. La cultura estética no es más que estética de la estética, es decir el estudio del arte de hacer filosofía del arte. Así, vuelve el absolutismo estético con Nietzsche y sus descendientes, los esteticistas.

Rumbo a lo desconocido

El capítulo final del libro es el único que ofrece progresión, tanto en la historia que narra, como en el hecho de que tiene que establecer las bases para apoyar la parca conclusión  en una no menos pequeña recopilación[14].
Tras exponer el tratamiento que de lo artístico hacen las vanguardias en la primera mitad del siglo XX, y con especial mención de la importancia que tuvo para la filosofía el giro lingüístico dado a partir de entonces por Wittgenstein y sus seguidores, se centra en la cuestión debatida hasta el momento presente sobre el carácter objetual del arte y el término conceptual. Todo el arte que surge desde las reflexiones deconstructivas, sobre todo de Derrida, que promueven la eclosión de lo artístico hacia el mundo real como objeto en un contexto, con el desmantelamiento de la abstracción sostenida por los gurús del movimiento, Kandinsky y su espiritualismo y Grinberg y su ojo clínico. El mundo del arte se vuelve discursivo, se atiene a los lenguajes, se pliega al debate más que a la representación, surge con fuerza la obra que dialoga con otras obras usando los sistemas de la neo retórica de Toulmin, o la teoría de la doble representación significada por el espejo lacaniano, que convierte la reiteración hacia el infinito en un discurso bucle de permanentes réplicas y dúplicas. Finalmente, la estética se vuelve sobre sí misma adoptando la posibilidad de trocarse interpretativa por medio de los discursos acerca de la verdad que propugna la hermenéutica, sobre todo la gadameriana[15].
La conclusión, que Marchán denomina epílogo, es una constatación del eclipse de las estéticas sistemáticas, especialmente la estructuralista. Levanta acta de la actual (hace treinta años) tendencia hacia el pluralismo epistemológico, y vaticina un nuevo enfrentamiento del arte y la ciencia ante la necesidad de radicalizar las realidades estéticas en el seno del mundo tecnológico en que se está convirtiendo la teoría científica. El arte se prevale de la tecnología y lo usa como herramienta de expresión, ¿y la estética? ¿en qué se debate? En la tensión de acreditarse continuamente como ciencia, sin perder de vista el mundo radical del arte del que es siempre embajadora. Una situación que la conduce hacia una especie de esquizofrenia en la que participamos todos y en la que estamos todos comprometidos.
Estos capítulos finales cuyas tesis se revuelven continuamente contra las meticulosas exposiciones vertidas en los primeros, dan a este libro de Marchán la categoría de genuino en su género. Pues partiendo de una linealidad de espacio y tiempo, por ejemplo con los conceptos de belleza y de autonomía, los va describiendo sin evolucionar en las distintas partes, confrontando sus distintos sentidos según la época, con resultado aporético, brindando sólo la oportunidad de que el lector indague y se implique en lo que tal vez sea, eso sí se observa al final, un trabajo infinito mientras la necesidad de crear del ser humano se exprese humanamente. Así, al inicial “Pero… ¿qué?”, la respuesta: un metadiscurso capaz de dialogar consigo mismo y de dialogarse a sí mismo en contenidos nada verificables pero sí continuamente puestos en pie en perpetuo debate.

LA ESTÉTICA COMO ARTE: alegato

El resumen de estos capítulos finales intenta mostrar que la posibilidad de escribir un libro que enseñe y que encante al mismo tiempo puede ser un objetivo a seguir por quienes se empeñan en la tarea de crear poéticas del arte. Es cierto que lo único que le falta a este libro de Marchán es una prosa ágil y brillante, no se puede pedir todo, pero al menos no se trata de un aburrido discurrir de referencias de discurso enunciativo. Sus reiteraciones, sus regresiones, sus diálogos internos y sus contradicciones, revelan un estado de latencia que puede explicar la razón por la que lleva reeditándose treinta años. Hay libros que no están hechos para ser leídos, ni estudiados, sino sólo para ser releídos, como esas películas que ves una y otra vez y siempre encuentras en ellas algo nuevo. Éste es uno de esos libros.
Mi opinión personal es que junto con la constatación de los conocimientos y la facultad de ponerlos en danza, está como hace Marchán el volverlos unos contra otros, el obligarlos a dialogar y discutir, crear tensiones entre ellos y subirles a los lomos debates y proyectos. Si además puede conseguirse esto con un lenguaje elegante, claro y decoroso, con aspiraciones de encantamiento y, sobrado el talento, de sugestión, entonces podría hablarse de un renacimiento de lo bello[16] en medio del oscuro posmodernismo que nos magulla con dudas y reiteraciones, con neologismos que renombran lo conocido como si fuera nuevo. Aunque parezca mentira no hay nada de malo – vergonzante o censurable -  en la belleza[17]. Puede ser, y de hecho la moda ordena que lo sea, banalizable; pero la belleza, al menos el anhelo de ella, pervive muy arraigada en el ser humano. Sólo hay que buscarla en aquellas manifestaciones artísticas que resuciten en el hombre su capacidad de estremecerse ante lo que aspira a la perfección, en aquello que consigue mover las fibras internas del ser y pone de acuerdo, en flujo de sinergias, a todas las potencias del espíritu posibilitadoras de la obra de arte. Ésa que tanto en el proceso creativo como en el proceso contemplativo, a base de esfuerzo y tesón llega a sugerir que el mundo es susceptible de ser creado científicamente a imagen y semejanza del Hombre, para su solaz y admiración. Ésa que restaura en el ser humano la dignidad de criatura y le reconcilia con la Naturaleza.
El arte ha sido siempre tarea de científicos, los artistas fueron siempre hombres de ciencia[18]; lo que demuestra que pese a quienes se empeñan hoy en día en sostener que el arte está al alcance de cualquier voluntad, se trata de una actividad producto de un esfuerzo, de una tenacidad y de un talento innato inmensos. El poder de conmover a generaciones enteras por encima de los espacios y a través de los tiempos está reservado a muy pocos individuos, y el desvelamiento y constatación de esta realidad está solo al alcance de la ciencia estética, aun disuelta o diluida o mezclada con otras. Esta ciencia, obligatoriamente arte por tratar sobre arte, debe producir obras que han de conmover igualmente, porque necesitan hacer comprensible, asible y accesible la obra de arte, creada, como dicen las Escrituras de la actividad de Dios, de la nada ¡y qué mayor nada que la que hoy en día ofrece el caos mundial de la posmodernidad! Que la ciencia estética llegue también a conmover es el objetivo, y para conseguirlo se necesitan artistas de la prosa que eleven a libros como éste de Marchan, a pesar de la erudición que exhiben, a la categoría de poéticas del arte.


Luis Manuel Cebrero Gómez
Sevilla, 31 de agosto de 2015



BIBLIOGRAFÍA.-


Empleada para el presente trabajo:
   Claramonte, J: “La república de los fines” Consejería de Murcia (Murcia cultural) Colección Ad hoc 29 – Murcia 2010.
   Cruz Sánchez, P.A. “Cuerpo y crueldad. Variaciones sobre la imaginación ociosa” Revista de Occidente, num. 405 . 2015 .Madrid.
   Danto,A: “Después del fin del arte” Paidós Estética 1999-2010 Barcelona.
   Gadamer: “Verdad y método” Sígueme, 1975-2005 . Salamanca.
   García Berrio, A:”La magnitud sublime, (Estudio sobre Santiago Ydáñez), en el mundo contemporáneo” Revista de Occidente num. 405. 2015 . Madrid.
   Kant, I.: “Crítica del Juicio” Espasa- Calpe, Madrid 1977 (trad. García Morente.
   Koselleck,R: “Futuro pasado” Paidós 1993 .Barcelona.
   Marchán Fiz, S.: “Del arte objetual al arte de concepto” Akal 1986.
                              “La estética en la cultura moderna” Alianza 1987-2012
                              “Estética y teoría del arte. I Parte: teoría estética” Facultad de Filosofía UNED Madrid-  2011-2012.
   Ortega y Gasset, J: “Obras completas, tomo II -1916” Taurus 2004.
   Platón: “Fedro” Gredos 1986, tomo 93 . Trad. E. Lledó
               “Platón. Obras Completas” Aguilar 1966-1986 trad. Antonio   Rodríguez Huéscar.
   Tatarkiewicz: “Historia de seis ideas” 1967-2001 .- Tecnos. Madrid.

Mencionada o directamente relacionada:
   Baumgarten,A.G.: “Aesthetica” (1750-1758)
   Borges, J.L.: “Obras completas I” . Círculo de Lectores 1992.
   Lyotard, F,: “La condición postmoderna”  Cátedra.1984-2012.
   Hartmann, N.: “Estética” (1953) UNAM, 1977.
   Hegel,G.F.: “La fenomenología del espíritu”  pre-textos Filosofía clásicos Ed. Trad. Jiménez Redondo 2006.
   Lukács,G. “Estética” Grijalbo, Barcelona – México 1965 .- 4 tomos.
   Ronsenkranz,K.: “La estética de lo feo”, Könisberg, 1853
   Taine,H.: “Filosofía del arte” (1865). Espasa-Calpe Austral. Madrid 2 volúmenes.

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[1] Aunque un poco redundante, pretendo aquí ejemplificar lo ya manifestado sobre la prosa de Marchán. La idea no es dejar a un lado el contenido, que me parece excelente, sino el hecho que dicho contenido siendo de general contenido, puede ser contado por cualquiera que los adquiera, sólo el que logre expresarlo con prosa excelente lo hará de manera única, lo vestirá de lujo, es decir, lo hará con arte.
[2] Marchán Fiz, S.- “La estética en la cultura moderna”. Alianza Forma.- 1987-2012
[3] No a metáforas, sino a conceptismos recurro: de estética y de estilo me sale Estétilo. Quedará logrado si bordo el texto; pero si solo lo hilvano me habré ganado por esto un severo tirón de orejas.
[4] Marchán Fiz, S. Op. Cit. “La Estética…” pg. 11.
[5] KOSELLECK, R. “Futuro pasado” cap 14 “Espacio de experiencia y Horizonte de expectativa, dos categorías históricas” Paidos, Barcelona, 1993, pgs. 333-357. La explicación que da Koselleck sobre la idea de progreso como función espacio tiempo entre los conceptos de experiencia y expectativa está claramente aquí claramente expuesta.
[6] Kandinsky,V. “Sobre lo espiritualen el arte”. 1912.
[7] Marchan Fiz, S.- Op. Cit. “La estética…” pgs. 153-201
[8] Según Marchán, el primero que parece utilizar esta expresión es Barthez en Nuevos elementos de la ciencia del hombre (1778). Marchan Fiz, S. – Op. Cit. “La estética…” pg. 163.
[9] Rosenkranz, K. “Estética de lo feo”, Konisberg 1853.
[10] Ver la introducción del primer volumen en pgs. 13 y ss. Taine, H. “Filosofía del arte” (1865). Espasa-Calpe. Austral. Madrid. 2 volúmenes.
[11] Página.:-10- de este trabajo.      
[12] A este respecto dice : “Cuando se habla de una disolución de la estética en las ciencias empíricas, habría que referirse, con más propiedad, a su desintegración en las ciencias del hombre”. Marchán Fiz, S. Op. Cit. “La estética…” pg. 163. Sin embargo, ninguna materia se desintegra en otras, solo se desintegra y basta. La desintegración implica destrucción, aniquilamiento, y no es la idea que se da de la estética, sino que una vez mezclada o diluida en otras ciencias, aparece convertida en otra cosa pero conservando su esencia o al menos su sustrato.
[13] Marchan Fiz, S. Op cit “La estética…” .-pg 204.
[14] Marchan Fiz, S. Op. Cit. “La estética…”.- pg 246-248.
[15] Gadamer, H-G. “Verdad y método” 1960- Editorial Sígueme 1977- 2010 Salamanca .- “Parte I.- Elucidación de la cuestión de la verdad desde la experiencia del arte”. Pgs. 31-142.
[16] Estoy pensando por ejemplo en los tratados de Vasari, para la antigüedad, o algunos de los comentarios de extraordinario valor literario de Ortega y Gasset,  en el siglo pasado o los análisis insuperables de Antonio Garcia Berrio (“La magnitud sublime”, estudio sobre Santiago Ydañez,) en el mundo contemporáneo. Revista de Occidente 405 vid. Infra.
[17] La nueva forma de evocar artísticamente el ocio a través de la imagen de la crueldad. Cruz Sánchez, P.A. “Cuerpo y crueldad. Variaciones sobre la imaginación ociosa” Revista de Occidente, Madrid num. 405 pgs. 12- 26
[18] Y ahora pienso en Da Vinci, paradigma de los polimatas.

jueves, 4 de mayo de 2017

LA ESTÉTICA COMO ARTE (1)

INTRODUCCIÓN


Escribir sobre las ideas estéticas parece tarea fácil, en especial para quien se aproxima a ellas desde arriba con la inevitable condescendencia del que se apresta a demostrar lo que sabe sobre algo que parece dejarse manejar y, sin mostrar intención de profundizar, alardea de conocer de manera infusa todos sus secretos. Y digo parece tarea fácil porque no he leído todavía texto alguno que procure abordar el estudio de las ideas estéticas con una seriedad equivalente a la que suele emplearse en el estudio de cualquier otra disciplina de índole parecida. Los filósofos de la antigua y aún de la nueva escuela, especialmente los escolásticos y los fenomenólogos, suelen pasar de puntillas sobre la cuestión estética, y acostumbran a despachar su estudio como hacen en urgencias con los enfermos demasiado latosos: derivándolos a otros hospitales, desviando su atención a otras ramas del saber. Personajes que, como Ortega y su habitual “textorrea”, se dedican a pontificar, divagar y hasta fantasear sobre el mundo estético tal si dominaran su ámbito por el hecho de ser extraordinariamente sabios en otras lides especulativas (pienso en la metafísica o en la epistemología o en la lógica), pretenden atender amablemente al enfermo estético necesitado de un buen quirófano en una consulta ambulante, sin el instrumental adecuado ni los conocimientos precisos para garantizarle una pronta curación. Estos sabios no especializados han reflexionado sobre el hecho estético con las armas de otras sapiencias, y aunque con la mejor fe del mundo (no hay que olvidar que sin su actividad la estética no hubiera adquirido su estatuto de ciencia autónoma, y hasta probablemente no hubiera existido), han promovido una extraordinaria confusión en la reflexión estética. Su acercamiento suele ser objetual, parten de objetos más o menos estéticos – cuadros, estatuas, algo menos edificaciones y menos aún obras musicales- y concluyen trazando casi siempre un límite fuerte entre los objetos de artes plásticas y los objetos del lenguaje, reservando para el arte el segundo de los modos de acercamiento al objeto: la representación[1].
Los artistas no suelen tratar mucho mejor a la estética en sus manifestaciones. Tal vez no les tienta demasiado mostrar respeto a una ciencia (disciplina) capaz de desenmascarar sus trucos y de mostrarlos en paños menores ante el público al que pretenden engañar. Porque, a la postre, todo parece quedar en eso: ponderar, valorar o clasificar el resultado de un habilidoso y sutil engaño de los sentidos. Nada que esté fuera del mundo del arte pertenece al mundo de la estética, sino a su contexto: no puede haber estética sin concepto, quedando obligado el segundo de ellos a “hacer valer sus derechos en la realidad prosaica […], una parte del mundo que se enfrenta a la otra: la no estética”[2]. Así el mundo de la estética, el enfrentado a la “realidad prosaica” entendida como el mundo real, resulta ser un mundo construido.
Mas ¿en qué consiste esta construcción? La realidad estética adquiere su estatus dentro del mundo de lo figurativo; son los códigos representacionales, los simbólicos, las convenciones creativas empleadas por los artistas para confeccionar sus obras, son estas cosas las que tiene que sopesar el estudio estético: qué es lo que guardan las obras de arte, de qué están hechas para que puedan referirse a ellas mismas como obras de arte. De todas maneras, esto por sí solo no determina que la estética como disciplina autónoma se codee con las ciencias que tratan de lo humano, por ejemplo con su hermana la antropología, prácticamente paridas ambas en el mismo esfuerzo generador.
Marchán comienza en su texto[3] haciendo hincapié sobre la necesidad que  tuvo la estética de forjarse en sus orígenes un estatuto independiente que la mantuviera a salvo de lo que hasta ese momento fue historia del arte, entendida como repaso cronológico de las manifestaciones artísticas centrado casi en exclusiva en las artes plásticas, pintura y escultura, fundamentalmente la primera. Constata el nacimiento de una filosofía del gusto o de un estudio sobre las ideas acerca de lo bello y lo sublime, a la que se terminó llamando estética por el título del libro de Baumgarten[4], posteriormente sistematizado por sus discípulos Meier o Mendelssohn y sobre todo, por el gran tratadista del gusto y lo sublime[5], I. Kant, admirador del primero de todos los nombrados y cuya metafísica adoptó como libro de texto en sus clases.
Reflexión autónoma sobre lo bello y lo sublime, he aquí la estética moderna. Al final se vuelve al ideal clásico ya inventado y tratado por Platón en el Fedro [6]. Esquema de la belleza como ideal de las bellas artes, aunque para este filósofo lo bello era aquello que era posible contemplar desde la atalaya de las Ideas. Nada por cierto que ver con el nuevo concepto de lo sublime[7].
Sin embargo, yo creo que la lucha moderna por vindicar la belleza dentro de un marco aceptablemente teórico no pasa por contraponerla a la fealdad. La tendencia a universalizar los antagonismos en un juego dialéctico coloca a la belleza en un paradigma diferente a partir de las teorías libertarias románticas: lo bello[8] en el arte se contrapone a lo vulgar. Las elites artísticas se rebelan contra el aplebeyamiento del arte y crean este antagonismo. En las vanguardias, lo vulgar irá tomando carta de naturaleza frente al elitismo exacerbado de los idealistas románticos, y el criterio negativo para valorar un logro artístico será lo bello o bueno frente a lo cursi, que en sus variantes almibaradas o ñoñas servirán como parodia de lo sublime. Las actuales estéticas descarnadas, tremendistas, parecen reclamar sus condiciones artísticas superando los argumentos retorcidos y las excesivas abstracciones[9]. Y todo para valorar un eclecticismo en las artes frente a la natural vuelta a los orígenes: la obra explicada frente a la obra desarrollada. El espasmo frente a la conmoción, la configuración y el contorno frente a la estructura.
Así y todo, lo que llama verdaderamente la atención es que junto con la producción artística ha ido acumulándose un corpus de obras teóricas sobre dicha producción de extraordinaria calidad, que en algunos casos en sí mismas son verdaderas obras de arte en su género, y cuyo estudio a veces despierta admiración y respeto tanto por lo dicho en ellas como por su forma de decirlo. Estas obras forman un conjunto de “objetos de estudio” que varían y “desvarían” en el mejor sentido de la palabra, sobre los conceptos que han sostenido la esencia del arte y le han servido de soporte teórico. A estas obras que son la noética del arte es posible acercarse también con el ánimo teórico, aplicando la teoría a la teoría, en una especie de juego de espejos que sea capaz de trazar la evolución no ya del arte, sino de la teoría del arte. Ser capaz de exponer la línea de relación entre la actividad (la tecné, la actividad artística que conforma el ámbito de elaboración de la obra) con la gran teoría que ha ido proporcionando coartadas más o menos racionales a los creadores, justificando sus excesos y ponderando sus adquisiciones. Este ensayito habla sobre uno de esos libros meta estéticos, escrito por un hombre sabio en el ejercicio de la teoría de la teoría: Simón Marchán Fiz y su libro “Estética en la cultura moderna”.

CONSIDERACIONES GENERALES

          “Pero… ¿por qué?

En principio comencé a leer el libro tan sólo porque era bibliografía básica del curso de Historia de las ideas estéticas. Era el libro del catedrático de la asignatura, y por tanto era lo más parecido al texto canónico de lo que se supone debe saberse a estas alturas del Grado en Filosofía sobre la ciencia estética.
A medida que iba desentrañando los muchísimos misterios de este libro y entresacando lo mucho que en él hay de aprovechable, me fui convenciendo de que quizá romper una lanza por los que no sólo piensan y reflexionan sobre el arte, sino también operan para que la reflexión efectuada esté decentemente ofrecida y con todo rigor y elegancia, debería ser objeto al menos de mención, aunque la  defensa sea torpe.
Quizá el libro de Marchán no sea el más indicado para defender estas tesis, porque aunque saturado de contenidos válidos quizá no cumpla la condición segunda de poseer una forma clara. Siendo un libro precioso, no es un libro guapo. Pero me decidió seguir adelante precisamente el hecho de que sus propuestas, su veteranía y la autenticidad de su contenido lo hacían acreedor de atención. Aunque no demasiado adecuado para extraerle sus logros prosísticos, sí lo suficiente como para debatir sobre la necesidad de que los libros que hablen sobre arte han de procurar a la vez ser ellos mismos obras de arte. Promover en definitiva un afán de metaestética que empuje a los más dotados a la mejora expositiva de la ciencia y que deje en la cuneta a los que, secos de talento redactor, pretenden justificarse ahogando a los lectores en un bocoy de afirmaciones encadenadas, sostenidas por datos, listados de obras, fechas, referencias bibliográficas y apostillas a tutiplén. En definitiva, un voto por hacer atractiva la estética como arte[10].

“Pero… ¿de qué…?”

El fenómeno de la modernidad. Marchán lo trata como un todo desde el que pueden aplicarse paradigmas. Esto, en sí mismo no parece una proposición nada novedosa.
Y si no es un libro que propone ¿Cuál es realmente el objeto de su contenido?
Si su exposición es un discurso lapidario de hechos consumados, ¿son necesarias las explicaciones? ¿Por qué recurre a la bibliografía si ésta apoya una tesis clara, o peor aún, no sostiene una exposición temática[11].
¿A qué consignar entonces tanta obra literaria sobre el arte cuando no se parcela el camino entre el mundo del arte y otros mundos (el discurso del arte, la estética de la estética)?
¿De qué se trata, en fin? Un libro sobre estética apoyaría algunas tesis, sobre todo cuando se emplean términos como lo moderno, lo posmoderno o lo contemporáneo[12].
Pero este libro es un poco sui generis. No puede tomárselo uno en serio como manual universitario porque su redacción no impone un discurso expositivo; sí arroja a la cara del lector un innumerable listín de referencias bibliográficas, un montón de obras de contenido heterogéneo, pero que por ellas mismas no apoyan una narrativa lineal y a menudo no impuesta por las necesidades del discurso mismo. Sigue más bien un guión obligado que no es intrínseco, sino impuesto prácticamente desde el exterior.
Por sí mismo esto convertiría el libro en un manual de estudio: rigor expositivo, sistematicidad de la explicación, estilo descriptivo y ejemplificación exhaustiva de los conceptos expuestos. Ahora bien, ¿por qué en este libro no se encuentra nada de esto? ¿Cuál es la pretensión de su autor si no es un libro de tesis, si tampoco contempla un devenir histórico como justificación de un hilo temporal que nos allegue los conceptos desde el origen hasta nuestros días? ¿Qué intenta si de ninguna manera sostiene y derriba ideas, y sus cavilaciones o disquisiciones no van impuestas por una meditación interna sobre los fenómenos que describe?
He aquí el objeto de la reflexión:
Se desecha la mera pretensión erudita del autor, aunque podría achacarse a la obra una altiva exhibición de aparato crítico y bibliográfico[13] con el solo fin de probar la infinita sabiduría del autor. Estaríamos hablando entonces de un texto pretexto.
Esto tendría sentido si no se tratara de un texto que tiene casi treinta años y cuya última reimpresión se hizo hace menos de tres, lo que contradiría específicamente el carácter de letra muerta en que se convierten los libros escritos por mera erudición y que sólo sirven para acreditar “el nivel” del autor respecto del asunto que trata. Esta trayectoria justifica que hay algo más en este libro. Sin embargo, no hay sino atender a las técnicas simples de su escritura, a los escondidos verbalismos de su desarrollo expositivo y a la retórica ocultista de sus explicaciones, devanando y liando a la vez un hilo no demasiado suave, para caer en la tentación de despachar a este libro como una obra “de autor”, “académica”, y por supuesto de un escaso valor didáctico.
¿Por qué hago esta última afirmación?
Porque es indudable que para tener acceso a este texto se necesitan otros textos, es decir, para leer entre líneas, o entresacar algo a este texto hay que situarse en un plano de igualdad con el autor. Este no “magistrea”, no procura establecer una distancia con el lector, explicando sucintamente los estadios previos a las tesis que defiende, sino que da por hecho que el lector conoce, sabe y tiene opinión formada sobre el asunto que está tratando. Esto invalida el texto como una obra didáctica o, si se quiere, divulgativa. Al exigir del lector una preparación previa amplia de los autores, de los temas y de las épocas sobre las que se discute, la obra adquiere un nivel en su campo más elevado que el simple manual universitario o el elemental texto divulgativo. Este nivel establecido tácitamente, reclama su estatus de obra de elite, para especialistas, acaso de un nivel menor, pero algo más que entendidos en la materia sí exige la lectura de este libro.
Quizá por esto último tal vez habrá que reclamarle aportaciones genuinas que no se estanquen en el mero exponer y citar bibliografía, y un argumentario más sólido que el simple fluir divulgativo, capaz de armar las nuevas ideas frente a las antiguas; pero de esto precisamente es de lo que este libro adolece.
Siempre que se pretende aportar algo nuevo, y creo haber dejado claro que es la única opción de este libro, ha de hacerse sobre una idea nuclear. Pero ¡no la hallo en el texto! Esta idea saturada de significación y con potencial teórico, con capacidad de moverse entre los conceptos, de darles forma o representatividad, es precisamente la que no encuentro. Y lo malo es que sé que tiene que existir, es el alma del libro, aquello que lo ha de salvar de caer en la consideración de producto erudito de árido sustancial, porque mi argumento contra esta última consideración ha sido precisamente su continua reedición – que es la muestra de vitalidad de una obra – durante casi 30 años, lo que supone un récord absoluto en el mundo cambiante de las ideas estéticas.
Entonces[14] ¿qué?
Bien es verdad que el libro tiene que ser aceptado, pero ¿cómo? ¿De qué manera puedo librarlo de la desafección si no encuentro su alma,[15] aquella esencia que le permite palpitar en cada tema que expone, explica, discute o simplemente toma como argumento?
He aquí la tarea.
He leído el libro, detalladamente. Y es un enorme trabajo porque Marchán no posee precisamente una prosa ligera, no se deja coger en lábiles resúmenes, no es generoso a la hora de exponer. Es de los eruditos que teniéndolos tan a la mano y siendo para él tan familiares, gustan de ensartar los conceptos entre sí, elaborando una prosa plena de apoyos, demasiado asistida de justificaciones, muy apuntalada, que ha de irse desgranando a golpes de conceptuación. Y esto no resulta fácil, sobre todo para el lector que no se encuentra en el plano del autor. Algunos conceptos, abstraídos en una teoría sui generis del mundo epistemológico de la estética inducen a equívocos por su polisemia, necesitan explicitarse, definirse en el contexto, cosa que Marchán omite a menudo por la repetida familiaridad que tiene con ellos. Así, su prosa a veces se muestra como un depósito criptográfico de esforzada lectura, un conjunto de oraciones que encadenan afirmaciones “matizadas” con subordinadas, frecuentemente adverbiales adversativas o condicionales, que pueden estimarse entendibles, pero que resultan del todo inaprensibles para el que no toma café con ellas cotidianamente.
En conclusión, la lectura simple no nos revela a la primera la tesis del libro. En la introducción menciona la interdisciplinariedad como reacción frente la condición posmoderna, y la califica de saludable. Pero ni sabemos a qué se refiere exactamente cuando se apropia del término interdisciplinar ni, por supuesto, la condición posmoderna que escribe en cursiva.

            A vueltas con el título

 El título: “La estética en la cultura moderna”. ¿Qué es la cultura moderna? O quizá, ¿es la modernidad una cultura? Cuando se habla de cultura actualmente se hace referencia a muchas cosas, aunque fundamentalmente se esté manejando el concepto básico de la antropología llamada cultural. Cuando empleamos la palabra cultura, en la actualidad, debemos tener presente que hemos de vérnosla con el mundo antropológico, que manejamos uno de sus conceptos mimados y que, por lo tanto, si hemos de emplearlo en la aclaración de problemas atinentes a otras disciplinas nos veremos envueltos en la interdisciplinariedad. Por otra parte, el uso abusivo de la palabra cultura – objeto de cansinos debates aporéticos en nuestros días – hace que el marco conceptual que pretende fijarse en el título se desplace demasiado; tanto, que no resulta viable su empleo, porque realmente el término “cultura moderna” puede resultar tan ambiguo por polisémico, o ser utilizado en tan gran número de contextos, que al final quiera entenderse todo cuanto se quiera muchos más lejos, y posiblemente más desviado, que la pretensión del autor procuró fijar. Quizá pudiera emplearse cultura de la Ilustración, o si se quiere abarcar el fenómeno completo, “cultura de la modernidad”. Pero “cultura moderna” parece aludir en exclusiva a lo que entendemos pedestremente por “Cosa moderna”, es decir, lo cotidiano de nuestro ahora, incluido un pasado inmediato aprehensible por la memoria superpuesta de las generaciones. Moderno contrapuesto a antiguo, las culturas modernas, parece aludir más a la cultura de la moda, que de la modernidad. Sin embargo, la obra se encuadra en el estudio de una época concreta de la historia humana de Occidente, la modernidad, y que el subtítulo acota de una manera perfectamente reconocible: “desde la Ilustración, hasta el estructuralismo”, vamos, desde mediados del XVIII hasta mediados del XX, dos siglos y medio de culturas que son para algunos historiadores la última parte de la modernidad. Claro es que para aquellos que estudiaban la modernidad en los años 30, o incluso mucho antes, pongamos algunos estudios de Ortega, el tiempo que él vivía lo consideraba contemporáneo, nunca moderno. Él fijaba el fin de la modernidad con la muerte del siglo XIX “nada moderno y muy siglo XX”[16]. Así, el concepto “moderno” aplicado a la cultura resulta un criterio temporal de delimitación lábil, pues depende de la perspectiva temporal y el momento en que escribe el que lo emplea. Ocurre lo mismo con el vocablo “posmoderno”. Únicamente se usa para trazar un límite, una marca que separe una época que se desea matar de otra a la cual no se le ha adjudicado aún un nombre sustancial, porque no se ha encontrado aún ninguno con fuerza entitativa suficiente para definir el espíritu que la alienta o configura.




[1] En el fragmento de una lección de filosofía, Ortega establece las distancias entre el objeto y la  conciencia que lo contempla: percepción (directa), representación (mediante un grabado o dibujo) y mención (mediante el lenguaje que establece la referencia). El objeto que lo ejemplifica es un edificio, el monasterio de El Escorial. En“Conciencia, objeto y las tres distancias de éste”.-  Ortega y Gasset Obras completas, tomo II – 1916 Taurus.  pgs 203-208.
[2] Simón Marchán Fiz : “La estética en la cultura moderna” .- Alianza Forma .- pg. 177
[3] S. Marchan Fiz, Op. Cit. Pgs 11- 36.
[4] Baumgarten, A.G.” Aesthetica” (1750-1758)
[5] I. Kant: “Crítica del juicio” Espasa-Calpe , Madrid 1977 (tr. García Morente)
[6] Platón: “Fedro” Gredos 1986 tomo 93 trad. E, Lledó. A este respecto es interesante ver también el Preámbulo de Antonio Rodríguez Huéscar en “Platón. Obras Completas”, Aguilar 1966-1986 pgs.847-852. Concretamente en la pág 849, donde en el punto 3 apartado 4º expone el concepto de situación del que contempla las Ideas, el (topos hyperouranios), lugar supraceleste, adoptando una posición centralista frente a ellas: las ve en todas sus fases, vertientes y versiones.
[7] I.Kant: Op. Cit .  “Analítica de lo sublime” pg. 76 y ss
[8] Para el estudio de la historia de los conceptos bello, arte y experiencia estética, como libro general: Tatarkiewicz, W. “Historia de seis ideas” 1967- 2001 Tecnos Madrid. Tambien para lo bello: Claramonte, J.: “La república de los fines” pgs. 36-46 . Consejería de Murcia (Murcia Cultural, colección Ad hoc 29 -2010.
[9] Ver a este respecto la Introducción y el capítulo I, en especial la parte dedicada al neoconcretismo en “Del arte objetual al arte de concepto” S. Marchán Fiz Akal 1986 .- págs. 11- 85
[10] Como ilustración quizá merezca la pena referirse a los intentos realizados desde la literatura por Borges y Pessoa, quienes llegaron a escribir biografías de personajes supuestos o semi míticos. Por ejemplo del primero el “Evaristo Carriego” o las minibiografías de “Historia universal de la infamia”.
[11] Traída a bulto, como los refranes de Sancho Panza.
[12] Danto, A. “Después del fin del arte” Paidós Estética 1999 – 2010. Barcelona. Págs 27-47.
[13] Característica de la época en que fue escrito el libro. En las décadas de los 70 y 80, frente a la diáspora y consiguiente devaluación de las definiciones ya admitidas, la dilución de las claves culturales, la entrega de las ciencias humanas a la verificabilidad y el estado terminal del estructuralismo, era costumbre amparar cada manifestación efectuada adosándole una resma de roles bibliográficos, con lo que autor justificaba la arrogancia de su criterio novedoso o al menos acreditaba estar al tanto de lo que se escribía en el mundo - entendido a lo Wittgenstein - sobre el asunto que estaba exponiendo.

[14] Dirigir el flujo argumentativo hacia su característica de obra de obras, de estética de las estéticas.
[15] Su intención posmoderna de ser espejo frente a espejos, paradigma que analiza paradigmas.
[16] Ortega y Gasset, J. “Obras completas. Tomo II” Taurus 2004 .Madrid. “El Espectador 1916: Confesiones del espectador”pgs. 167.