jueves, 28 de abril de 2011

EL CABALLERO DE LOS CHARCOS

Sea una calle cualquiera. Sobre ella, una pandilla de cinco chicos y tres chicas que no paran de moverse en vorágine como las fichas de dominó sobre una mesa carpida.

Sea una hora de atardecida; mejor de anochecida. Y que los chicos fumen. Bueno, las chicas también pueden fumar.

Sea que el hombre que busca al otro, se acerque a esta solitaria galaxia de jóvenes.

Sea por último que los chicos vean venir al intruso y los que están de espaldas se giren para mirarlo por encima del hombro. Quede planteado de este modo el problema de la situación

Ahora.

Sea que el hombre que busca al otro intente hablar con un poco de miedo. Sea también que los jóvenes se cohiban un poco al ver a un ser tan mayor invadiendo tan descaradamente su mundo. Que no le abran hueco y que no parezcan dispuestos a cooperar con la demanda del intruso.

Sea por último que la angustia del hombre y su desesperación le lleve a contravenir las normas y , más aún, los deseos de la constelación juvenil. Y quede así planteado el conflicto entre los personajes.

Ahora.

Sea que el hombre que busca al otro olvide que puede salir rebotado de allí en cualquier momento o también no salir en modo alguno. Sea por último que sólo cuando pronuncie el nombre del otro, se admita su presencia durante un momento.

Ahora.

– No sabemos, ¿ verdad que no sabemos por donde se muere ése?

– Por ahí se le conoce como el caballero de los charcos.

– Debe de estar muerto.

– No digas eso ni en broma.

– ¿Por qué? ¿eres acaso su padre o qué?

– Pues sí, soy su padre.

– Los siento, bueno, ¡qué coño! No lo siento en absoluto.

– ¿Dónde está , maldita sea?

– ¡ Que no lo sé, hostia! Y el carroza este, ¿lo ves aquí?

– No.

– Pues entonces no está, ¿es que no te enteras?

– No.

– Vete a la mierda.

– ¡Por favor!

– ¿Tienes guita?

– ¿Queréis dinero?

– Pues claro que queremos dinero.

– Si me decís lo que quiero oir, os daré el que me pidais.

– Por supuesto que nos vas a dar todo lo que lleves encima.

Sea que la chica más guapa del grupo, después de un guiño, abra la bragueta de sus jeans y extraiga de ignorado bolsillo una faca del tamaño de un falo. Sea que esta chica se la pase al petimetre del grupo y éste, tras abrirla con suma facilidad, la blanda contra el hombre. Sea que el resto del grupo atenace al hombre que busca al otro ; y por ultimo, sea que el armado jovencito coloque el filo de la hoja impregnada de femeninos efluvios transversalmente sobre la piel de la garganta indefensa del hombre.

Ahora.

– Muy bien, viejo, aquí estoy, dame ya el dinero que llevas encima.

– Dime donde está mi hijo, el caballero de los charcos.

– Yo soy el caballero de los charcos, yo soy tu hijo, viejo, ¿cómo no me has reconocido, idiota? ¿Cuánto hace que no me diriges la palabra en casa?

Sea que hombre intente bajar la mirada para posarla en la de su enemigo y comprobar la verdad de cuanto está diciendo; pero que la fuerza de catorce brazos sobre sus miembros se lo impide. Sea que de este modo se plantea el clímax y se prepara el desenlace.

Ahora.

Sea que la implacable horizontalidad de la faca empuñada por la mano del otro, trace un surco rojo, húmedo y caliente sobre la piel indefensa del hombre que busca al otro. Sea que los jóvenes se precipiten con avidez sobre el cuerpo tambaleante que aun entre estertores de muerte busca a su hijo , al otro, al caballero. Sea que luego piense en no hallarlo ya, mientras es zarandeado por manos registradoras sobre un charco oscuro y tibio.

Ahora.

Sea de este modo el final.


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El caballero de los charcos por Luis Manuel Cebrero Gomez se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=3722335899496636795.