miércoles, 2 de marzo de 2011

LA EXPOSICIÓN

LA EXPOSICIÓN





He decidido dejarme llevar por la puesta en escena de Javier y no negarme a cumplir la orden que me ha dejado en el correo electrónico de acercarme a su estudio esta tarde para admirar su exposición. En esta decisión han influido dos cosas: una, la insistencia casi obsesiva que se dejaba leer en la misiva sobre la necesidad de ser muy puntual, las seis de la tarde, no te olvides de que es a las seis, un minuto por encima o por debajo de esta hora, malogrará la exposición; otra, el extraño mensaje de que aunque él estará allí para recibirme, me dejará la llave bajo el felpudo de la entrada porque le iba a ser del todo punto imposible abrirme la puerta.

Y aquí estoy. Puestos a aceptar una de las reglas del juego, debo aceptarlas todas. Son las seis menos diez y debo esperar, pues, diez minutos antes de entrar en el estudio. No obstante, como los seres humanos tenemos en el espíritu una insana curiosidad que nos suele servir siempre como excusa para justificar nuestros incumplimientos, y que suele venir alimentada por un tiempo vacío previo a cualquier acto, tan sólo aguardo tres minutos antes de golpear la puerta con mis nudillos. Sé que nadie va a responderme desde el interior; aún así, llamo.

Javier es un artista y como tal, es rarísimo. Su humor resulta con frecuencia áspero, su carácter desabrido casi siempre y sus opiniones, disparatadas. No duda en anteponer a cualquier contingencia su propia estima, no ya profesional, cosa que estaría hasta cierto punto justificada, sino personal, cuestión ésta que le complica la relación con el resto del mundo, y de un modo muy especial con sus amigos. Confiesa haber pasado por varias crisis creativas, cuestión ésta no muy fácil de comprender, de comprender pues en ellas ha creado más que en los períodos de relativa inspiración. Yo no creo en tales períodos porque Javier es un artista de esos que están “en crisis” continuamente, lo cual no es otra cosa que un reconocimiento de su impotencia para desconectarse del mundo de las musas, de su incapacidad para escapar del ámbito acotado por el impulso creador. Le reconozco un talento inmenso. La incomprensión del entorno es, por lo tanto, tan inmensa como lógica. Nadie en su sano juicio puede ser artista hoy en día porque dejaría de ser humano, ya que según la ideología dominante todo el hombre nace ya artista y lo que posteriormente haga con su vida no es asunto de su condición, sino de su educación. Así pues, todos somos artistas, luego hombres y al final, por ejemplo, cajero en un supermercado. Ofrece muy poco crédito quien como Javier proclama a los cuatro vientos soy artista, cuando tal condición es algo que todo el mundo sabe viene aparejada a nuestra esencia de humanos y no tiene esencialmente la mayor importancia; es como si a cualquier hombre le diera por proclamar que lo es, sin más, y pretendiera que el resto de la humanidad tuviera que mostrársele respetuosa por ello. El arte de hoy ha de concebirse para ser consumido por grandes masas de humanos, de este modo se ha dado pie al nacimiento del fabricante de arte, o persona que se coloca el mandil del artista, o el gorro del mago, juega con las fuerzas del arte sin conocerlas demasiado bien, y consigue después de unos trucos unos cuantos resultados que a simple vista se parecen asombrosamente a una obra de arte. Javier es un artista, no un fabricante: su desesperación reside en esto. Y su desesperanza también, porque conoce de antemano el resultado baldío de su titánico esfuerzo, por la trágica resolución de su intransigencia.

Dan las seis y entro en el estudio. Espero el olor del óleo encolado, de la goma, de la trementina y demás disolventes. Sin embargo, huele a rosas. Adornan la entrada y el vestíbulo coronas mortuorias sin bandas, sólo rosas. A partir de ahora entraré en un mundo emocionante, parecido al que me esperaba tras los cortinajes raídos de las atracciones de la feria, esas de los monstruos y los pasajes del terror. Normalmente de niño este tipo de lugares ejercía sobre mí una fascinación equivalente al desengaño posterior a su goce; cuando me decepcionaba tanto la vulgaridad de aquello que yo había creído realmente fantástico. El mundo que yo aguardaba con el corazón encogido me atenazaba realmente, lo ocupaban seres trágicos y terribles con el poder de llevarme lejos, de castigarme con crudeza y de ser auténticos detentadores del pavor; sin embargo, no tardaba en llegarme transformado en un montón de garabatos contrahechos, paredes chafarrinadas y sujetos delgados, mugrientos, ocultos tras grotescas máscaras, monigotes que se limitaban a chillarme en el oído o a sacudirme el trasero y la espalda con una escobilla polvorienta. Hoy sé positivamente que no saldré decepcionado. Ni este es el pasaje del terror, ni yo soy ya un niño asustadizo.

Una cortina negra cubre la entrada al estudio. A la altura de mi cabeza y en las jambas se consumen dos varillas de perfume oriental despidiendo volutas lentas de humo espeso de color verdusco, que son aventadas con el movimiento de la cortina. Pronuncio a media voz el nombre del artista a sabiendas de no recibir respuesta. La exposición es exclusiva, se ha realizado, pensado y destinado a un solo espectador, es decir, yo. Por eso mi obligación es consignar aquí cuanto vea en ella, sea digno o no, y devolverle a mi manera al creador el inmenso favor de que soy objeto. Ser único destinatario de una obra de arte me convierte también en artista, en público-artista.

El estudio se encuentra dividido en parcelas que imitan otras tantas salas de museos. Hay cortinas y trapos oscuros hasta el techo, el suelo enmoquetado consigue un silencio profundo, artificial, próximo. Mi voz no llega más allá de un metro, que es aproximadamente la medida de los compartimientos. Ha recurrido a iluminación puntual con focos halógenos y tubos de neón, fluorescentes y tubos de bromo.

Veo en una de estas estancias una composición ( ahora llaman a esto “montajes” ) que consiste en una sábana colocada en sentido vertical y sujeta por las puntas superiores que están clavadas en una tablilla horizontal. La sábana es agitada por el viento que recibe de un ventilador colocado en la base y que dirige el chorro de aire de abajo arriba. La sábana contiene un dibujo a pintura negra que es una réplica muy bien conseguida de la venus de Boticelli. Las oscilaciones de la sábana al ser agitada por el chorro de viento proveniente del ventilador, hace que la figura de la diosa se contonee igual que una bayadera y realice un movimiento de cadera muy semejante al de las bailarinas brasileñas.

En el siguiente compartimiento hay otra sábana similar, sólo que en esta ocasión está en sentido horizontal. Se trata de un dibujo parecido a la figura de la creación de adán de Miguel Angel, el cual ha extendido el brazo en sentido diferente al del techo sixtino, recogida la mano hacia sí ; de este modo, las oscilaciones del chorro de aire figuran que se masturba con fruición.

Similares a estas composiciones veo unas cinco, todas con motivos recurrentes a señeras producciones del talento humano y todas igualmente variadas en el sentido. Giocondas que bostezan y vuelven a posar; últimas cenas donde el plato central es tapado y descubierto por jesucristos que tornan sus rostros de serios y en sonrientes, según tapen o descubran las viandas; un crucificado que sube y baja la cabeza como si estuviera siguiendo el ritmo obsesivo de las canciones modernas.

Luego, en una especie de sala central, encuentro una mesa cuyo mantel es un precioso óleo que representa al ángel del juicio final que emboca la trompeta para dar los postreros sones; solo que en el lugar del señero instrumento musical hay volcada una botella de vino de cristal verde, y el vino se ha derramado cuidadosamente sobre la blanca túnica del serafín, manchándola del violeta vinícola.

Tras varias salas donde el elemento tradicional de exposición vertical se transforma en elemento horizontal, al ser los cuadros auténticos bodegones y naturalezas muertas, es decir, lienzos que soportan manzanas, cornucopias y cazuelos de gazpacho, cocido y volatería, todo rigurosamente auténtico, haciendo del arte lo que Javier llama “materia útil”, llego a una estancia titulada “el tiempo”. Otra sábana vertical, esta vez de papel en donde un péndulo ha trazado la curva de su oscilación. Esta curva permanece incólume, y es la cuerda del péndulo la que arrastra o hace desaparecer consecutivamente un rostro feliz de niño, figurado por la sonrisa de la curva pendular, para luego ocultarla y convertirla en la arruga feroz de una frente castigada por penalidades y muchos años. Sobre todo esto, la esfera de un reloj dando la hora vertical: las seis. Es realmente emocionante esta composición.

Esta estancia da al resto de la nave, donde se expondrá lo que fijado en el cartel se deja leer: “Mi obra maestra. Accionar el interruptor”. Lo hago y me quedo repentimente a oscuras en un mundo negro de paredes negras, en medio de una negrura impenetrable. Una luminiscencia se deja mirar a través de la puerta en la estancia contigua, donde seguramente estará la “obra maestra” de mi amigo Javier, a quien empiezo a echar de menos.

Lo llamo al entrar en la sala de la obra maestra. Me encuentro con un nuevo lienzo vertical al fondo donde se dibuja la figura tétrica de una persona ahorcada. Me acerco un poco más para apreciar la textura del cuadro, y caigo en la cuenta de que todo consiste en un juego de luces y sombras. Avanzándo por tan alucinante lugar, tropiezo con un mojón de piedra que me llega a las rodillas, alzado en medio de la sala y que me hice caer. A la altura del suelo logro apreciar que la sábana donde se repreenta la figura del ahorcado esta fija y sólo contiene la silueta, el perfil, el perímetrro de la figura, y que la sombra no es dibujada sino realmente arrojada desde algún lugar colocado en alto, cerca quizá de alguna ventana donde el rayo de sol de las seis de la tarde entra sin más tropiezo que el de un cuerpo macizo capaz de dibujar en el aire la siniestra figura. “El autor y el público”, se titula tan tétrica composición. El artista, Javier, se ha ahorcado en su estudio. Ahora soy capaz de verlo, cuando mis ojos se acostumbran a estos siniestros juegos de contraluces. En medio justo del vano de la ventana, pendiendo de una soga tiesa como un tubo. Pegada a la pared, la escalera de tijera que había utilizado para convertirse él en su propia obra póstuma.

Esto es demasiado. Voy a bajarlo de ahí y llamaré luego a las autoridades. Utilizo la misma escalera. Con un esfuerzo superior sin duda al que él empleo para dejarse pender, llego donde el cuerpo pende para asegurarme de que es el cadáver de mi amigo, y no un muñeco hecho a su imagen y semejanza y colgado macabramente allí en su lugar. El parecido es notable; sin embargo, no aún no consigo discernir si es o no una marioneta, porque los muertos parecen muñecos cuando fijan su expresión definitiva. Así que hago un movimiento para suspenderlo un poco en el aire y notar su peso sobre mí.

Ya lo entiendo. La escalera ha crujido y sus patas se parten. comienzo a caer. En el aire me siento público, soy capaz de contemplar al artista allí suspendido, colgado del cielo, planeando su sombra siempre sobre el mundo que ha creado, en secuencias, en la vida, en el tiempo, poco antes de abrirme la cabeza con el mojón de piedra y de completar, aunque por poco tiempo, la obra maestra de Javier.