Lo siento.
El ordenador me falló cuando quise introducir el texto a que me refería en la última entrada.
Clomo no tenía presente los documentos que poseía en el disco duro, después de haberlo revisado, me he dado cuenta de que no tenía incluido en el mismo la narración referida en la entrada antes mencionada; por lo mismo, buscaré por otros discos duros de otros ordenadores, a ver si encuentro algo, y si no, transcribiré la dichosa entrada de la narración y la pasaré al blog, lo más pronto que me sea posible.
Un saludo
jueves, 22 de julio de 2010
sábado, 10 de abril de 2010
Fragmento de texto narrativo
En estos días publicaré en este blog el arraque de un texto narrativo a modo de novela corta que titulé en 1999 LA RISA DE LAS COSAS, y que construí con una técnica que denominé por entonces párrafo orgánico, consistente en conferir a cada uno de los párrafos de la creación literaria una autonomía casi completa sobre la totalidad del texto, de modo que podían ser leídos cada uno de ellos como piezas independientes. No sé si lo conseguí, pero fue un buen esfuerzo.
Además, estuvo concebida esta obra como un texto asexuado (no se conoce el sexo del protagonista hasta casi el final).
También pretendí unas descripciones precisas y plagadas de sinécdoques, metonimias y metáforas en imágenes inversas, todo ello unido al hecho de que el vocabulario es muy exigente, ya que pretendí este texto como recordatorio particular mío de muchas acepciones ya en desuso.
Un saludo a los seguidores.
Cebrero
Además, estuvo concebida esta obra como un texto asexuado (no se conoce el sexo del protagonista hasta casi el final).
También pretendí unas descripciones precisas y plagadas de sinécdoques, metonimias y metáforas en imágenes inversas, todo ello unido al hecho de que el vocabulario es muy exigente, ya que pretendí este texto como recordatorio particular mío de muchas acepciones ya en desuso.
Un saludo a los seguidores.
Cebrero
viernes, 5 de febrero de 2010
BILLETE PARA EL DESTINO
BILLETE PARA EL DESTINO

Cebrero escritos by Luis Manuel Cebrero Gomez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 3.0 Unported License.
Based on a work at luis-cebrerogmez.blogspot.com.
El tren marchaba dejando atrás mustias arboledas y suaves vertientes amarillas bañadas de luz. Su fuselaje salamandrino reptaba por las cuestas de la montaña imitando a la perfección el dibujo de las férreas paralelas que poco a poco se iba comiendo. El aire le azotaba el flanco derecho, por lo que un tenue balance recorría su cuerpo de serpiente como un estremecimiento. El esplendor cromático ambiental parecía conferirle la energía necesaria para no rendirse en la ascensión: llegaban a confundirse los destellos luminosos de las ventanillas de sus vagones con las chispas que brotaban de la panza de la locomotora. Ningún ser de este o de cualquier mundo aparentaba poder bastante para detener la marcha del tren. Entonces las tinieblas cayeron de repente, en volviéndolo todo en un mutismo ciego.
— ¡Vaya! Ha vuelto a irse la luz — le oí ex clamar en la oscuridad.
Cuando logró prender una cerilla, le divisé ira en el rostro afantasmado. Trabajosamente extraídos de la nada por la llamita doméstica, apenas perceptibles sus difusos contornos, se entreveían los hilos de plástico y latón diseminados por el cuarto, como un garabato infinito de trazos paralelos fundiéndose con la negrura grutesca. Titilaban además algunas ventanillas de estatuarios vagones, detenidos cual fotogramas de película. Conectó una linterna. El haz iluminó el quieto trenecito como una vedette de revista.
— No lo ha conseguido. Mañana lo hará — suspiró.
Quizás para comprobar mi estado de ánimo, me encañonó la boca con la linterna. Tal vez esperara descubrirme una mueca de burla; sin embargo, mi desconcierto contuvo mi posible chanza. Yo había permanecido tan quieto como la miniatura de Renfe que tenía delante. En puridad, ahora ignoro si mi parálisis se debió a la sorpresa o al miedo de dar un paso en falso que destruyera el mundo de mi amigo.
— Sígueme – ordenó con énfasis y malhumor. En la puerta dibujó el óvalo luminoso. Salimos del cuarto. Cerró la puerta con mimo de tata que abandona al bebé dormido.
Un conato de locura circundaba siempre sus ojos cuando, a la vuelta de trabajo, introducía la llave en la cerradura y empujaba suavemente la puerta del cuarto, encendía la luz y se extasiaba en la contemplación de su juguete.
— Es como dominar el mundo — me confesó en una oca-sión—.A mi voluntad se desplazan todos los vagones y pasan por donde yo quiero cuando yo quiero.
Con ventiladores estratégicamente colocados, simulaba huracanes. Desprendía nieve de corcholina de un altillo sacudiendo un paipay, y el agua de lluvia era rociada cuidadosamente con un nebulizador de colonia sin empacho de provocar – cosa que raramente sucedía – un cortocircuito. Focos de diversos colores dispuestos en distintos ángulos de la habitación permitíanle elegir a su amor las partes del día la noche caía cuando apagaba los soles y encendía las luces de juguete, dispersas por aquel mundo artificial como chispas de fundición: los semaforitos intermitentes, las hogueras estilo belén casero, las estaciones blancas, los faros de las locomotoras, el rojo definitivo de los furgones de cola, las avenidas solitarias bajo un túnel de luciérnagas … con una bombilla de baja potencia convenientemente escudada por una pantalla deslizante, imitaba la luna en todas sus fases, y las estrellas fulguraban, desiguales, colándose por los orificios de un panel acribillado tras el cual ardía un fluorescente.
— No le falta de nada, ¿eh? — me decía con orgullo.
— Sólo las personas — se me ocurrió contestar una vez.
Expelió una carcajada de perro jadeante.
— Yo soy todas las personas. Yo puedo ser cada hombre que viaje en mi tren, cada mujer, cada niño. Yo estoy en todos sus destinos porque yo los he fabricado a mi imagen y semejanza y los muevo a mi albur igual que a marionetas; en mi mundo, yo soy Dios.
Efectivamente debía de ser así, porque un día en que intenté por mi cuenta tomarle un poco de su divinidad moviendo un vagoncito varado en una vía muerta, su mano saltó como la de un trilero y restalló sobre la mía igual que un látigo. No me atreví a mirarle a la cara. S.olo escuché:
— Dios no hay más que uno.
Temí por su cordura. Decidí en consecuencia alejarme de él para no enloquecer yo también.
En cierta ocasión me llamó, muy tarde, casi de madrugada. Noté en su voz al otro lado del auricular el deje ansioso y alucinado de los fanáticos. Era un ruego vehemente, casi una orden.
— si no quieres perderte un espectáculo fascinante, no tardes mucho, está a punto de suceder.
— ¿El qué?
— ¡Ven! Y lo verás.
Cuando entré en el cuarto, lo hallé sentado a la mo-risca, profundamente ensimismado. Ante él reposaban dos trenecitos (un mercancías y un expreso) volcados fuera de las vías, diseminados por el suelo sus pedazos. Las dos locomotoras se hallaban destrozadas, chafadas de haber sido machacadas brutalmente la una contra la otra.
Al día siguiente me persiguió por todas las cadenas televisivas, por todas las ondas de radio, por todos los quioscos de prensa, la increíble noticia: en la madrugada anterior, un mercancías y un expreso habían colisionado frontalmente en circunstancias extrañas muy cerca de un pueblo próximo a Ciudad Real. Veinte muertos y más de cuarenta heridos.
Por mucho tiempo fui incapaz de quitármelo de la cabeza y se me venía a la mente a manudo aquella figura insignificante sentada ante su mundo, como ídolo hindú, cabizbaja aunque pesarosa, extasiada pero sin traspaso, contrita más insensible. La visión, a medida que pasaba el tiempo, iba adquiriendo perfiles más y más nítidos. La cabeza caída sobre el pecho, como la del general que reflexiona el resultado de la batalla planeada ante un mapamundi repleto de chinchetas, banderitas, aviones y barquitos de plástico; la fijeza de ojos del vesánico manipulador de ordenadores que observa en la pantalla el desarrollo del plan bélico concebido; la concavidad dorsal del gobernante que pugna por inflexibilizar sus resoluciones. No había duda; aquellas piernas aspadas como tibias de bandera pirata portaban el trágico mensaje de los terroristas y de los mafioso. Comprendí aterrado que él tenía razón; el mundo es regido por los demiurgos de la maqueta y el despacho. El destino sobe-rano de todos los seres humanos camina sometido a los designios de estos iconos consagrados a sí mismos, ignorantes de aquello que dominan, volubles, antojadizos, capaces de crear las circunstancias determinantes de los acontecimientos y de fingir luego sentirse dominados por ellas, cuando se tuercen y dislocan sus objetivos.
Resolví no verle más.
A partir de entonces, cada accidente de ferrocarril me confirmaba la idea de que aquel ser creído dios me estaba buscando, me perseguía, pretendía mi silencio.
Me abstuve de subir a un tren, temiendo su más que seguro ataque.
Tiempo después del episodio del accidente, cuando asesinó a su madre por haberle destrozado el juguete maldito con que manejaba el mundo, me convencí de la impostura y artificialidad de los ídolos. También ellos eran manejados como títeres por alguien superior. Dejé de temerles y volví a viajar en tren. Aplaudí el sacrificio de aquella mujer y lamenté la carencia de valor en el resto de madres de los demiurgos.
En un manicomio descansa. Fui a devolverle la risotada que me escupió cuando eché en falta las personas en su recreación del mundo.
— Todo es una farsa, lo confieso — me dijo, en trance —; pero mientras la representamos, la vivimos; mientras la vivimos, somos los amos de todo, y mientras dominamos, saltamos de las tablas para barajar, independientes, las cartas de nuestro propio destino, que es el de todos. Siendo así, gozamos la realidad de imponer nuestros caprichos a los demás. A más poderosos, más caprichosos; a más caprichos satisfechos, más revestidos de poder. Y no podemos resistirnos a la fuerza apasionada de esta vorágine maravillosa; hasta que un día el anillo se rompe y nos damos cuenta de que todo es mentira. Tú jamás has sentido la vida de esta forma y por lo tanto no comprendes nada de lo que te estoy diciendo, por eso ríes. Tu carcajada es la voz de la ignorancia, la eterna canción repleta de cretinismo de los hombres razonables que ha de soportar todo elegido que sucumbe. Sólo los seres con destino tenemos derecho a mover el mundo y, por tanto, sólo nosotros experimentamos las felicidades del triunfo y la desolación de la caída. La risa es patrimonio de la gente vulgar, la perenne reacción de las marionetas. Ríe, pues eres una de ellas.
Cuando, como ahora, el vértigo de las asociaciones pesca en mi mente un recuerdo, derivo sin querer a la reconstrucción de aquel cuartucho infecto repleto de pequeñas vías engarzadas, de accesorios diseminados y diminutos trenes; y veo, creo ver, a las locomotoras cortando el aire pútrido del tambucho como si se desmelenaran frente al viento de la sierra; al mercancías que regresa a la estación, mareado de tanto repetir el mismo itinerario; al expreso de estancias malolientes y siempre muerto de sueño; al Talgo elegante y fragilísimo como hilo de araña… Ante mí el mundo hecho venas eléctricas, ¡y repleto de personas, de “marionetas”, a pesar de todo!
El tren marcha dejando atrás mustias arboledas y suaves vertiente amarillas bañadas de luz. El aire azota de costado y estremece a la sierpe de hierro con un tenue balaceo. El refulgente tono de la luz parece conferir a la locomotora la energía precisa para que no claudique en la ascensión, aunando las chispas de sus bielas con los destellos de las ventanillas. Nada parece tener poder para detener la marcha del tren, cuando las tinieblas caen de repente, sumiéndolo todo en silencio irreal y opaco. Por un momento, temo oír su voz enfática y malhumorada tres minutos más tarde, el tren abandona el túnel y una explosión de luz hiere mis ojos, que en su deseo de ver cielo no se apartan del sol. Espero que a ningún chalado con ínfulas divinas, sentado ante su juguete a miles de kilómetros de aquí, le dé por chafarme con su capricho las delicias de este placentero viaje.
Sevilla, diciembre de 1990.
Cebrero escritos by Luis Manuel Cebrero Gomez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 3.0 Unported License.
Based on a work at luis-cebrerogmez.blogspot.com.
sábado, 30 de enero de 2010
EL ETERNO Y ABSURDO VIAJE
EL ETERNO Y ABSURDO VIAJE
En el suelo, entre el vacío cuarteto de asientos encarados, dando vueltas ininterrumpidamente en dirección contraria a las agujas del reloj por el círculo de las pequeñas vías, viajaba el trenecito con su locomotora y sus seis vagones de pasajeros; al lado, niño lo miraba hipnotizado sin moverse, no atreviéndose a detenerlo ni a descarrilarlo. De vez en cuando, el pequeño se inclinaba y atisbaba trabajosamente con la cara apoyada en el suelo por las diminutas ventanillas de los vagones, mirada fugaz y curiosa, entre incómoda y satisfecha, respetuosa y cínica a la vez. El viajero se preguntó por qué aquel niño no tomaba los vagones entre sus manos para poder observar mejor su interior, y se contesto, completamente seguro de sí mismo, que no obrara así sencillamente porque no podía.
En el transcurso de su vida, desde que despertó abruptamente en aquel vagón, el viajero se había preguntado la razón por que el tren no se detenía nunca, ni para repostar o cambiar ejes y ruedas en mal estado ni para dejar salir a los viajeros y recoger a otros. Al contemplar el juguetito, halló la respuesta: simplemente, el tren no se detendría. Se habían repetido demasiado los paisajes, la lluvias, las nevadas; había subido en incontables ocasiones aquella montaña para volver a bajarla al poco tiempo, se había quedado extasiado muchísimas veces ante la vista repetida del lago, siempre desde el mismo lugar y describiendo idéntico periplo, para pensar que el tren perdería gas hasta permanecer quieto sobre los raíles. No, el ferrocarril no finalizaría nunca del trayecto, y llegaría un día en que él, como viajero, desaparecería del vagón, a semejanza de otros, dejando tras sí sólo un leve aliento de recuerdo que la mala memoria de los restantes distorsionaría hasta el olvido.
Bien es cierto que, en tiempos, llegó a compartir con los demás la idea del destino, la estación mágica, incluso se mantuvo firmemente convencido de que el tren, como aseguraba muchos, tomaría nuevo rumbo y penetraría en un largo y oscuro túnel al final del cual se encontraba el andén definitivo. Pero lo cierto es que, ahora, él estaba convencido de que tal túnel era una quimera y, tras presenciar cómo desaparecían los demás, no dudaba que llegaría un día en que le tocaría a él dejar aquel vagón desconociéndolo todo, sin túnel, sin estación, sin haber conseguido siquiera saber quién conducía el tren ni hacia dónde lo dirigía.
En este punto el pasajero movía la cabeza y chasqueaba la lengua preguntándose el objeto de aquel viaje. Intentaba encontrar solución al absurdo dar vueltas y vueltas sin detenerse jamás, no pudiendo abandonar aquel tren, en donde había despertado inexplicablemente, si no era dejando de existir. Mirando a las mujeres se le ocurrió contestarse en más de una ocasión que su efímera existencia se justificaba con la conservación de la especie, facilitando a otros la luz. Y así recordaba la primera y única vez que entregó su sangre, gozándose en su propia muerte, a una hembra con la que se acostó. Evocaba con placentero gusto la dentellada que le propino la mujer y el placer experimentado mientras ella chupaba de su cuello. Aún persistían en su garganta las marcas del mordisco lejano y cuando se tocaba en la cicatriz con los dedos, solía pintar una sonrisa de absurda satisfacción.
Pero ahora, más corrido, no veía tan claro que la conservación de la especie fuese un fin en sí mismo, pues hacer otros viajeros no era más que prolongar la agonía de los futuros, no quitando que dado el caso, el tren continuara en su continuo machacar raíles sin un solo pasajero a bordo.
Había muchos que como él dejaban correr el tiempo intentando encontrar soluciones, inquirir razones con desprecio absoluto hacia la fantasía del túnel y la estación, y entretenían con esto su mente escribiéndolo en libros. El viajero llegó a leer en uno de éstos la idea del riesgo total. Todos los viajeros del tren debían decidir entre seguir como hasta ahora o intentar descarrilarlo. Si hacían esto último, corrían el riesgo de perecer todos, pues el tren fuera de las vías sería un peligroso habitáculo; aunque en cualquier caso, podrían quedar supervivientes y éstos no serían ya pasajeros; sin embargo, tal idea no había quién la pusiera en práctica porque se enfrentaba necesariamente con la creencia del túnel sustentada por una gran mayoría de pasajeros. Entre la acción y la esperanza, siempre se optaba por la última.
Lo había intentado todo sin resultado. Se mudó a otro vagón en donde los viajeros hablaban ininteligiblemente, buscó otras perspectivas asomándose por las ventanillas y oteando a derecha e izquierda con el propósito de descubrir el principio o el fin de aquel ferrocarril; pero no se veía nada más que una pared articulada de colores distintos, según el vagón, que se curvaba y perdía en el paisaje. Por lo mismo le fue imposible localizar la locomotora, porque aunque el giro se hacía siempre contrario a las agujas del reloj., por más que intentase avanzar en dirección a la locomotora, nunca llegaba a ella. Terminó creyendo en la posibilidad de que la locomotora no tirara del tren, sino que, situada en el extremo opuesto, lo empujara; aunque también cabría la circunstancia de que estuviera justo en medio, entre dos vagones, y que empujara y tirara al mismo tiempo. Y el niño que jugaba le puso la solución delante cuando fue añadiendo vagones al trenecito hasta ocupar todo el circuito. La locomotora era también vagón, de forma que enganchada por delante y por detrás, no tardó en confundirse con los demás, hasta que fue imposible distinguirla.
¿Qué vagón de todos aquellos, tan distintos entre sí, pero tan iguales en el fondo, hacía rodar el tren? ¿Cómo era posible averiguarlo si cada uno de ellos expresaba, aunque en distinto idioma, la convicción de ser cada cual quien tiraba del resto? Un eterno tren que no andaba ningún camino, sencillamente porque él era el camino, ¿cómo creer entonces en la falacia del túnel y la estación?
El niño miraba nuevamente con curiosidad dentro del trenecito manteniendo la cara adherida al suelo; luego vio algo y levantó la cabeza satisfecho. Le sonrió al viajero y con ojos entre demoníacos y angelicales – hay veces en que es imposible saber dónde se halla el límite entre lo uno y lo otro -, le dijo: “he visto a un pasajero sentado, me ha dicho adiós con la mano, tenía miedo”.
El viajero pensó que tal vez en eso quedaba todo, y se apoltronó en uno de los sillones del lado de la ventanilla. A partir de entonces, únicamente le restaba mirar con angustia al exterior y descubrir entre el paisaje reiterado alguna cosa parecida a la cara de un niño gigantesco apoyada ya en un desierto, en una pradera, bien en un páramo nevado, bien en el risco de la montaña o quizá rozando la superficie tersa del lego azul; y en ese momento, tener la seguridad de que el gran infante lo descubría. Saludar con la mano a aquella conciencia y esperar oír desde fuera cómo la criatura le comenta a otro viajero asombrado en otro tren: “He visto a un pasajero sentado, me ha dicho adiós con la mano, tenía miedo”. Mirar de pronto el reloj, tan espantosamente contrario al girar del tren y tan imparable como él, y pensar que, después de todo, el túnel y la estación no eran absurdas fantasías, sino una razón disfrazada de quimera para explicar el sueño que le sobrevendría ates de su desaparición.
De todas maneras, pensaba, mirando el implacable titilar del segundero, el eterno viaje de aquella locura sobre raíles no dejaba de ser absurdo.
Sevilla, diciembre de 1991

El eterno y absurdo viaje by Luis Manuel Cebrero Gomez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Based on a work at luis-cebrerogmez.blogspot.com.
El eterno y absurdo viaje by Luis Manuel Cebrero Gomez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Based on a work at luis-cebrerogmez.blogspot.com.
viernes, 29 de enero de 2010
DOS NARRACIONES
Hola:
En los próximos días, concretamente mañana y el próximo viernes, voy a publicar en este blog sendas narraciones mías que yo llamo narraciones del tren, porque fueron enviadas, sin éxito (todo hay que decirlo) en unos concursos anuales que organizaba RENFE. Debo decir que me han aparecido en el disco duro del ordenador haciendo limpieza. Quizás los fue trasvasando de memoria en memoria, y aquí han sobrevivido. Con mejor suerte que otros, que se han perdido y que tal vez fueran mejores.
Son tan viejos (veinte años), que no me importa que se publiquen. Les tengo muy poco cariño, no porque no ganaran el concurso, que en mí era lo de menos pues yo estaba convencido de la imposibilidad de semejenate cosa debido a la naturaleza narrativa de las piezas, sino porque una vez construidos, no me satisficieron su petulancia y su falta de movilidad.
Los contemplo torpes y deslavazados; aunque esto es juicio de autor, y por tanto carece de importancia.
Aquí los dejo, no obstante, para que tengan oportunidad de explciarse, al menos, antes de irse al cajón de la basura o al cesto de la papelera.
Un saludo de todas maneras-
Luis Manuel Cebrero.
sábado, 16 de enero de 2010
TRES ANOCHECERES
PROEMIO
Ideada como pieza simple de estudio, ésta que sigue ha pretendido ilustrar al autor acerca de los límites a que pueden conducirle sus ideas mediante la puesta en tablas de personajes primarios y sin formación. También quiere añadirse al repertorio escasísimo de obritas que, por el carácter uniforme de su puesta en escena y sus flacas exigencias técnicas, soportan ser representadas por autores noveles o aficionados en espectáculos de fin de curso o festivales diversos.
Ni el tema ni su desarrollo implican un compromiso intelectual, político o social del autor con las ideas o pensamientos expresados en la obra; sin embargo, obligado por las circunstancias de la propia dinámica contextual, puede apuntar que su postura frente a los problemas que más o menos se indican en ella es unívoca: está convencido de la necesidad urgente de ir generando en la sociedad una cultura que vaya conduciendo al ciudadano hasta un comportamiento sensato y racional. Es decir, más información y más formación; pues luego el mimetismo y la costumbre harán el resto.
Como apuntó al principio, esta obrita es un estudio de situaciones con un débil hilo argumental. No intenta asumir cierto determinismo, sino hacer ver que el tiempo pasa hasta para los más jóvenes, y que las acciones que se realizan en la vida, aunque insignificantes, repercuten sin posibilidad de perdón y por tanto sin redención posible sobre los propios agentes y sobre quienes las padecen. Nadie goza de segundas oportunidades en la vida, y la gente humilde menos que nadie.
Ninguna de estas figuras es real aunque todas están tomadas de la realidad, hasta el mendigo (aunque cueste aceptarlo): nadie puede aconsejar mejor el dogma de la renuncia que quien no tiene nada. La dificultad estriba en insinuar grandes ideas a través de personajes menguados culturalmente y con una lengua de tal elementalidad que la obliga a repetir de manera obsesiva los vocativos y las expresiones malsonantes para impregnarse de cierta solemnidad y de cierto crédito.
Para quienes piensen que se trata de otra de esas obras brutales sobre adolescentes que saturan el mercado intelectual del país, el autor cree poder decir que no habrá en el mundo una obra capaz de reflejar la brutalidad con que el mundo agrede a una persona de estas edades, y por lo tanto, obras que supongan un intento de representar semejante acoso nunca estarán de más. Demasiado hace quien esto escribe con rebajarle dureza a la humilde sociedad retratada en los tres breves cuadros que siguen, en la creencia de que etiquetando y clasificando los problemas, simplificándolos en suma, se hará menos doloroso, especialmente para el niño inevitablemente abocado a la adultez, caminar en la cuerda floja sobre el abismo de la adolescencia.
DRAMATIS PERSONAE
TAMARA – Adolescente ALE – hombre joven, pero ya no adolescente.
NEREA – Adolescente MENDIGO- Hombre
IVÁN – Adolescente
ELISABÉ – Adolescente
Los ADOLESCENTES – Adolescentes.
NOTAS.-
1) En el tercer cuadro los personajes relacionados a la izquierda cambiaran a hombre y mujeres jóvenes respectivamente; los de la izquierda serán recuerdo y los ADOLESCENTES siempre serán adolescentes.
2) El grupo de los ADOLESCENTES estará compuesto indistintamente por chicos y chicas, siempre en cantidad no inferior a cuatro personas.
3) Podrá suprimirse si fuera necesario la mayoría de comparsas que se indican entrando y saliendo del escenario, excepto aquellas expresamente indicadas en las acotaciones. Lo mismo ocurrirá con los ruidos y músicas en off.
4) Época actual. Los giros y modismos así como los vocativos y comparaciones puestos en boca de los personajes operan como meros referentes, queriendo esto ofrecer la permisividad total por parte del autor a quienes actualicen el texto para remozarlo y adecuarlo convenientemente si así lo estimaren necesario.
5) Contra lo sugerido por los nombres que etiquetan a los personajes, la acción se desarrolla en uno de tantos bulevares sórdidos donde se reúne la adolescencia de las capitales o grandes poblaciones de Andalucía occidental. El autor se ha visto obligado a seleccionar los nombres de los personajes de entre los menos peregrinos con que se ha topado en la realidad; y afirma que el mérito de estos paradigmas es exclusivo de los padres de los adolescentes actuales, para quienes resulta a no dudar más fácil o cómodo utilizar este tipo de nombres que los tradicionales para llamar y entenderse con sus hijos.
CUADRO PRIMERO
El escenario representa un trozo de los amplios bulevares de esparcimiento que la moderna urbanística prevé para mitigar el hacinamiento inevitable provocado por la proliferación de ciclópeos bloques de pisos. El foro del escenario está ocupado por una ringlera de al menos tres contenedores de plástico gris con tapadera verde usados para el depósito de la basura urbana. A la derecha y en perpendicular con el plano del fondo del escenario, un banco de parque, lo mismo da que sea de cemento diseñado según criterio minimalista, que de tiras de hierro semejando una cestilla, que de madera con el mismo diseño. El suelo supondrá una acera y todo lo demás se recomienda neutro, aunque si se quiere puede representarse como fondo algún dibujo o fotografía de los bloques de pisos a cuyos pies se encuentra el parque. Durante la escena, a menos que se indique en contrario, se oye en off música disco y motores elevando y disminuyendo sucesivamente el volumen del ruido emitido, figurando el tránsito invisible de vehículos de toda índole. Asimismo se oirán esporádicamente palmeos y cantos de sevillanas emitidos por los actores entre bastidores. También se oirán gritos, risotadas, golpes, etc., todo que pueda acercar en perspectiva el latido de uno de estos barrios en plena ebullición. Cuando comienza la escena, anochece.
(Entran TAMARA y NEREA por la derecha, hablando y gesticulando. Son unas adolescentes de entre quince y diecisiete años, vestidas según una moda rabiosamente contemporánea a la representación de la obra. Sus expresiones son igualmente coetáneas a los idiolectos en boga en el momento de la actualización del texto.)
TAMARA.- No vale, tía. No tiene el mismo trabajo.
NEREA.- Sí, tía, que sí. Tú me prestas la de Alejandro y yo la grabo. Y luego la vendo.
TAMARA.- Eso no se puede hacer.
NEREA.- ¿Por qué?
TAMARA.- Porque es un delito.
NEREA.- ¿Por qué?
TAMARA.- Y yo qué sé. Pero tengo un amigo que hizo eso y se metió en un lío.
NEREA.- ¿Sí? ¿Quién?
TAMARA.- (Manotea.) Tú no lo conoces.
NEREA.- (Irónica.) ¿Y eso? ¿Desde cuándo conoces tú a tíos y no me los presentas?
TAMARA.- El año pasado en la playa, lo conocí. Era guapirrubio, largo y con un culo de anuncio de coca cola.
NEREA.- De coca culo.
(Ríen.)
¿Cómo se llamaba?
TAMARA.- Le decían Elcano.
NEREA.- Pero, ¿cómo se llamaba?
TAMARA.- Elcano
NEREA.- ¿Cómo el astillero?
TAMARA.- Sí.
(Sale el MENDIGO. Cruza la escena buscando en las basuras. Es un hombre de unos cincuenta años, estado lamentable, ropajes y tono de la piel propios de la gente rota. Aunque la sensación de cretinismo en su comportamiento es obvia, debe dejarse entrever que tal conducta es aparente o fingida. Las chicas lo miran con aprehensión. Se dirige a las dos con la mano extendida).
MENDIGO.- Me das algo. Para mis hijos y comida.
LAS DOS.- (Molestas y algo apresuradas.) No, no tengo.
MENDIGO.- (Insiste acercándose a las dos.) Dame algo, niña.
LAS DOS.- (Rehuyéndole.) Que no, que no tengo suelto.
MENDIGO.- (Retirándose.) Vete a la mierda. (Da media vuelta y deambula por el escenario revolviendo en los contenedores de basura).
NEREA.- ¡Joder con el tío! Esta gente es horrible. Ya hasta insultan. Si le das, porque quieren más. Si no le das, fíte tú éste. (TAMARA ha permanecido abstraída.) ¡Eh! ¿Qué te parece? Tamara. (Chasca los dedos ante la cara de su amiga.)
(Mientras NEREA intenta que la otra reaccione, dos figuras cruzan la escena a la carrera dando gritos. Cruza el escenario un par de figuras chillando. El MENDIGO las detiene y pide en actitud sumisa; ellas niegan; el otro hace el ademán típico del insulto; una de las figuras levanta el brazo con intención de agredir, pero la otra la contiene. El MENDIGO se agazapa y echa mano al bolsillo, como buscando una navaja. La figura que ha contenido a su compañera va sacándola de la escena a empellones. El MENDIGO permanece mirando al lugar por donde han desaparecido las figuras y le dedica un violento corte de manga. Acto seguido, se acerca al proscenio y extiende la mano en la actitud consabida de pedir limosna esta vez al público. Abandona de inmediato el talante sumiso y le hace un corte de manga al auditorio. Luego se vuelve a los contenedores de basura y hace mutis rebuscando en ellos. Mientras ocurre todo esto, NEREA ha cogido a la progresivamente abatida TAMARA por los hombros y le ha estado hablando figuradamente, intentando con gestos elocuentes hacerla reaccionar.)
NEREA.- Joder. Me estás preocupando.
TAMARA.- Déjame.
NEREA.- Quilla, Tamara. ¿Te ha molestado el mierda ese?
TAMARA.- (Niega con la cabeza.) No es eso.
NEREA.- Entonces...
TAMARA.- (Suspirando.) Estoy mal, tía.
NEREA.- Eso ya lo veo, no hace falta que lo jures. Pero si hace un momento estabas bien, ¿qué pasa?
TAMARA.- Nerea, tía... (Amaga unos pucheros.)
(NEREA le pasa el brazo por detrás de la espalda y la aprieta contra sí. Esto parece consolar a TAMARA, que se contiene.)
TAMARA.- (Zafándose del abrazo de la amiga.) Cosas mías.
NEREA.- ¿Tuyas? Tú no has tenido cosas tuyas desde que nos conocemos. Y nos hemos prestado los dodotis.
TAMARA.- Déjate de cachondeo.
NEREA.- Venga, en serio. ¿Qué coño te pasa, tía? A ver, ¿qué... ?
TAMARA.- Mis padres se separan.
NEREA.- Se separan. Tus padres se separan. ¿De quién?
( TAMARA empuja a la otra y se da media vuelta con intención de salir. NEREA la retiene cogiéndola del brazo. TAMARA se sacude de un manotazo.)
NEREA.- ¡ Vale, vale! Sólo intentaba quitarle... , yo qué sé, que no te pongas tan trágica.
TAMARA.- (Volviéndose bruscamente.) ¿Y por qué no me voy a poner trágica?
NEREA.- Porque no vale la pena.
TAMARA.- ¿Cómo que no vale la pena?
NEREA.- Porque te lo digo yo, por eso.
TAMARA.- Vale, vale. Tú me dices que no vale la pena y yo, como soy tu monchito, te digo unas cuantas paridas, pero al final hago lo que tu dices. Nerea, tía, a veces pareces... yo qué sé. Quilla, que estoy chunga, de verdad.
NEREA.- Al principio parece que te se cae el mundo encima. Luego, luego le das una patada como si fuera una pelota y pasas de todo.
TAMARA.- Hace ya dos años, ¿no?
NEREA.- Sí, pero me parece un siglo.
TAMARA.- ¿Cómo lo llevas?
NEREA.- De puta madre. Mi vieja, histérica perdida, anda con unos cuantos pringaos. Yo, cuando me parece, hago que me pongo mala. Me dejo decir que le contaré a mi padre lo mal que lo paso. A mi padre le digo otro tanto de lo mismo. Conque al final hago con ellos lo que me sale de las pelotas.
TAMARA.- Yo no podría hacer eso, tía.
NEREA.- No tienes más remedio.
TAMARA.- ¿Por qué?
NEREA.- Porque tienes que defenderte, coño. Ellos se separan. Te hacen daño, ¿no?
TAMARA.- A mí sí.
NEREA.- ¿Qué pasa? ¿ Que no te acuerdas de lo mal que lo pasé yo?
TAMARA.- Nunca hablamos de eso entonces.
NEREA.- ¿Nunca?
TAMARA.- Nunca.
(Pausa.)
NEREA.- Será porque no salió el tema.
TAMARA.- ¿Tú crees que los padres se separan para hacernos daño a nosotros, a sus hijos?
NEREA.- Y para qué si no lo hacen. Mira mi caso. Mi padre, sin trabajo fijo; mi madre, sin trabajo, ni fijo ni ná. No hay sueldos en la casa, pero sí hijos. Tienen dos, mi hermano Platero, y yo. El matrimonio no se lleva bien, y eso es motivo suficiente para no querer ni aguantarse. Sólo tienen una obligación: querer a sus hijos. ¿Cómo quererlos? Coño, pues queriéndolos, haciéndoles la vida posible luchando por la vida juntos. ¿Qué hacen? Se separan. Dividen los amores, el poquísimo dinero y las casas. Conclusión: no quieren a sus hijos. Mi padre sigue sin empleo. Vive fuera de mi casa teniendo que pasarnos una pensión de mierda, y debiendo otra casa que no puede pagar. Mi madre, sin trabajo, ni fijo ni ná. No tiene ilusión. Platero y yo somos para ella como un culebrón de la tele, una carga muy pesada e interminable, lo sé. ¿Cómo quieres que me porte con ellos? Estoy loca por salir disparada de mi casa; pero antes, procuro joderles a base de bien, como ellos lo hacen conmigo.
TAMARA.- Tú no quieres a tus padres.
NEREA.- Porque ellos no me quieren a mí.
TAMARA.- (Baja la mirada.) Pero yo sí quiero a los míos.
NEREA.- Ahora sí es trágico.
TAMARA.- ¿Sabes, Nerea? Yo sé que me quieren. Ya no saben decirlo, pero me quieren.
NEREA.- ¡Qué pena!
(Mientras las dos chicas estaban hablando, desde el comienzo del párrafo largo de NEREA, ha entrado IVÁN sin que las dos se hayan apercibido de ello. Chico desmalazado, cetrino y espiga, que luce acné y una desvergüenza timorata de dieciséis o diesiete años. Ha avanzado sigilosamente en dirección a ambas, vuelto varias veces la cabeza hacia el lado por donde ha salido, mandando callar entre risas contenidas a alguien que se encuentra entre bastidores, y se ha colocado a espaldas de las chicas. Cuando NEREA exclama “¡ Qué pena!”, IVÁN hace estallar un petardo. Las chicas acusan la explosión con un gañido, se vuelven e intentan agredir a IVÁN, el cual va zafándose de los manoteos de las otras entre carcajadas. Al mismo tiempo han salido los ADOLESCENTES, aplaudiendo y ovacionando estentóreamente a IVÁN. La escena es estridente, inquieta, inconstante, exageradamente dramática, como el mundo adolescente que intenta recrear. Los sucesivos e inútiles intentos de agresión de las dos chicas son tan coreados y abucheados como aplaudidas y ovacionadas las fintas que IVÁN ejecuta para esquivar sus torpes manotazos. NEREA, picada, lanza una patada en firme contra IVÁN, quien, apercibido de la seriedad del ataque, se lanza en tromba contra la joven propinándole toda suerte de puñetazos y patadas, hasta derribarla. La escena, comedia estúpida al principio, ha degenerado en un drama, igualmente estúpido, en que los golpes se han ido acompañando de insultos de la más baja extracción, pronunciados con la furia, la ira y el descontrol inherentes a la adolescencia. El grupo continúa ovacionando y aplaudiendo. TAMARA da un grito que acalla de golpe las voces y se agacha sobre el gimoteante cuerpo de NEREA.)
TAMARA.- (Encarándose desde el suelo con IVÁN.) Quillo, eres un salvaje asqueroso.
IVÁN.- (Manoteando en el aire y dando saltitos con oscilaciones que le hacen avanzar levemente hacia su víctima y retroceder de ella.) ¿Qué pasa? Que me tengo que dejar pegar por una tía, ¿no? ¿Tú también quieres caña?
TAMARA.- ¡Déjame ya, gilipollas!
IVÁN.- (Amenazando un puñetazo.) Cállate, que te zumbo, cabrona.
TAMARA.- (A NEREA, que solloza.) Vámonos. (La ayuda a levantarse y salen las dos mientras el grupo aplaude y felicita a IVÁN. El ADOLESCENTE 1º se le acerca y le ofrece la mano derecha. Ambos estrellan violentamente sus manos a la altura del rostro, como si fueran a echarse un pulso).
ADOLESCENTE 2º.- No os deis mucho las manos, colegas.
ADOLESCENTE 1º.- (Soltándose de IVÁN.) ¿Por qué?
ADOLESCENTE 2º.- Porque la Nerea sale con el Ale.
ADOLESCENTE 1º.- ¿Y qué?
ADOLESCENTE 2º.- Po que ese es más bestia que qué.
ADOLESCENTE 1º.- ¿Y qué más da si es un bestia?
ADOLESCENTE 2º.- Po que cuando se entere de lo de la Nerea, va a venir y se la va a dar a éste. (Señala a IVÁN.)
IVÁN.- ¿Qué dices que va a hacer? El mierda ese me va a hacer a mí dos pajas.
ADOLESCENTE 1º.- Es verdad, Iván, el Ale ya ha estado en el truyo.
ADOLESCENTE 2º.- Le dio un navajazo a un tío de treinta años.
(IVÁN se vuelve y se dirige al banco de la izquierda. Saca una navaja del bolsillo y la abre. Se sienta sobre el respaldo del banco, colocando los pies en su asiento. Los ADOLESCENTES se le acercan. El ADOLESCENTE 1º se sienta a su lado y los otros permanecen de pie frente a ellos. IVÁN va pasando su navaja a los componentes del grupo, que van examinándola por turno. Sale el MENDIGO y se dirige a un contenedor de basura. IVÁN eleva la cabeza apercibiéndose de su presencia, pero finge prestar atención a la conversación que se sigue en el grupo).
IVÁN.- (Grita guturalmente, como si arreara ganado.) ¡ Buuúscáaaa! ¡Buuúscáaaa!
(El grupo fija su mirada en el MENDIGO, quien finge no darse por aludido. IVÁN y los ADOLESCENTES se miran entre ellos y se ríen.)
IVÁN.- (Idéntico modo que antes.) ¿Qué busca el cúuuuraa?
(Risas.)
IVÁN.- (Igual.) Basúuuuraa.
( El grupo estalla en risotadas exageradas, irreverentes, histéricas, crueles como la misma adolescencia. IVÁN revienta otro petardo. Aplausos de los ADOLESCENTES. La aparente indiferencia del MENDIGO anima al resto de ellos a colaborar con IVÁN.)
ADOLESCENTE 1º.- (Deformando la voz.) En busca del arca perdida.
IVÁN.- De la mierda perdida.
ADOLESCENTE 2º.- (Entonando increíblemente.) Buscando en el baúl de los recuerdos...
TODOS.- (Entonando.) ¡Uuuh!
( Risas.)
IVÁN.- ¿Qué busca el cúura?
ADOLESCENTES.- ¡Basúura!
(Nuevas risotadas. Pausa. El MENDIGO suelta la tapadera del contenedor que se cierra con estrépito. Los ADOLESCENTES dejan de reírse y, siseándose, fingen hablar entre ellos).
MENDIGO.- (Cuando hable a partir de ahora pronunciará las frases con acento diferente al de Andalucía, lo hará como un santanderino, un aragonés, un navarro, etc. Ha desaparecido de su apariencia el aspecto forzadamente cretino de su primera aparición. Se acerca al grupo parsimoniosamente. Suspira armándose de valor.) Seguramente os han dicho que todos tenemos el derecho a aprender, pero de boquilla también os habrán susurrado que realmente no vale la pena de que os esforcéis en adquirir conocimientos porque no os servirán de nada.
(IVÁN y los ADOLESCENTES se miran entre ellos conteniendo la risa a duras penas.)
MENDIGO.- Habéis caído en la trampa de los manipuladores. Ellos siempre prefieren la comodidad de manejar caprichosamente a seres ignorantes, a la escabrosa e ingrata negociación con jóvenes perfectamente formados.
(Se abre el grupo.)
IVÁN.- (Irónico.) ¿Qué estás masticando, compadre?
(Risotadas incontenibles de los ADOLESCENTES.)
MENDIGO.- (Indiferente.) Los seres ignorantes son los más desvalidos, los más débiles, los más fáciles de manipular. La juventud necia es beneficiosa para un sistema cuyo propósito es ligarla al dinero de por vida añadiendo nuevas necesidades a las que ya tienen heredadas de la pobreza, y despojarla de todas sus ilusiones desviándola de su natural ambición.
IVÁN.- (Bajándose del banco y encarándose con el MENDIGO.) ¡Eh, eh! Baja la voz que te van a oír y te encierran en un manicomio. (Risas de los ADOLESCENTES.) ¿De dónde sales tú, tío? ¿Es que la basura da para tanto?
MENDIGO.- Me has reconocido, hijo.
IVÁN.- (Algo desconcertado.) Yo no soy hijo tuyo, desastre. (Vuelve la mirada a sus compañeros en demanda de apoyo.) Y tampoco sé quién coño eres.
MENDIGO.- Pues antes preguntabas en voz bien alta que qué buscaba.
IVÁN.- ¡Qué buscaba el cura, so mierda!
MENDIGO.- (Señalándose.) O sea.
IVÁN.- ¿Tú eres cura, tío?
MENDIGO.- Ya no, pero lo fui.
IVÁN.- Te juro que no lo sabía; ha sido casualidad. ¡Joder! ¿Y qué buscas aquí?
MENDIGO.- Todos lo habéis dicho en voz alta, y os ha hecho gracia.
IVÁN.- (Imitándose.) Basúura.
MENDIGO.- En efecto. (Volviendo las palmas, señala a IVÁN tal si lo presentara al público.) Y la he encontrado.
(Nueva risotada de los ADOLESCENTES. IVÁN amenaza al MENDIGO, que se aparta un poco y extiende los brazos paralelos en dirección al joven con las palmas hacia arriba, indicándole calma. Sincronizadamente al diálogo que sigue, sucede lo siguiente: Una pareja de mujeres de entre 45 y 50 años entra por la derecha. Van vestidas con cierta austeridad, lo que no les resta un tanto de pretensión. Una de ellas porta una carpeta algo abultada de cartón azul. Sobre dicha carpeta se columbran unas cuantas revistas clandestinas de nombres característicos y pomposos. Avanzan con cierta aquiescencia. Observan al grupo. Se dirigen una mirada de desdeñosa complicidad y continúan caminando hacia la izquierda. Antes de salir, las intercepta la brusca presencia de una joven de aproximadamente diecisiete años que es detenida por la que tiene los brazos libres. Ésta requiere algo de su compañera mientras la chica observa a ambas mujeres deteniendo los ojos en la carpeta azul, de la que son separadas por su portadora un par de revistas. La otra mujer reclama la atención de la joven; comienza a predicarle; ella niega con la cabeza. La predicadora extiende una de las revistas ante la chica, la abre y va señalando con el dedo conforme pasa las hojas. La chica asiente, niega, duda... Recibe de la mujer dos revistas que enrolla como un papiro. La pareja sale por la izquierda con ínfulas de satisfacción. La chica, después de quedarse un momento mirando hacia la izquierda, inicia el mutis por la derecha; pero, al pasar ante los contenedores de basura, abre uno con determinación, arroja en su interior el papiro de las revistas y sale por la derecha).
MENDIGO.- ¿Qué edad tenéis? ¿Quince, dieciséis, diecisiete?
IVÁN.- Diecisiete.
MENDIGO.- Justo el tiempo que llevo yo aceptando la falsa comodidad de estos suelos, el nada cálido refugio de estos portales, el engañoso calor de los serenos, esta limpieza imposible.
IVÁN.- ¿De verdad eres cura, tío, o es sólo que el hambre y la mierda te han comido el coco?
MENDIGO.- No, fui cura de verdad.
IVÁN.- No me lo creo.
MENDIGO.- Me echaron del sacerdocio.
(Mirada de asombro de los jóvenes entre sí.)
ADOLESCENTE 1º.- ¿Por qué?
MENDIGO.- Porque a las altas jerarquías no le gustaron mis ideas, no las admitieron y no las toleraron.
IVÁN.- (Irónico.) No me extraña.
(Risas.)
MENDIGO.- (También se ríe.) Yo tenía una parroquia en un barrio como éste, lleno de gente débil con un montón de problemas. Quería acabar con la falsedad y la ignorancia, abrir las puertas de la jaula a todos sus moradores. No podía consentir que la representación de quien le franqueó el cielo a los pobres se avergonzara ahora de ellos. Y me rebelé contra los que capitularon con el sistema porque me negué a admitir que ser pobre llevara aparejado el ser ignorante.
IVÁN.- Y te dieron con el cuarenta y tres en las espaldas.
MENDIGO.- Me suspendieron. Me quitaron la parroquia. Yo entonces, renegué de mis votos.
ADOLESCENTE 2º.- ¿A quién le votas tú ahora?
MENDIGO.- Quiero decir que dimití, que dejé de ser cura. Tuve que irme.
(Pausa.)
IVÁN.- ¿Sabes lo que te digo? Que te lo montas muy bien de mendigo.
MENDIGO.- No creas que es fácil. La gente pobre, aunque suele ser más generosa que la rica, tiene tan poco que apenas puede dar.
ADOLESCENTE 2º.- ¿Y por qué no te vas a otro barrio?
MENDIGO.- Porque no puedo.
IVÁN.- ¡Qué pasa! Aquí no somos pobres. Yo mismo tengo aquí un móvil, y sé que éste (señalando al ADOLESCENTE 1º) también tiene uno, y ése y ése y ése y ése y ése. ( Señala indistintamente por el escenario y a voleo entre el público.) Mira la de coches que hay aparcados aquí, la de tiendas y bares llenos. Mucha gente se va a la playa todos los veranos. Los padres se van al fútbol. Las madres, al gimnasio. Los niños salen con dinero a la calle, tienen consolas de videojuegos y televisores. ¿Son pobres? Y una mierda. Tú estás rayao, compadre.
MENDIGO.- Hay otra clase de pobreza. Y lo mismo que hay quien no quiere reconocer su propia ignorancia, hay quienes son incapaces de ver la miseria en que viven a diario. El orgullo mal entendido de los débiles es el mejor aliado de los poderosos.
(IVÁN se encara con el MENDIGO y reclama con ademanes la ayuda de sus compañeros.)
IVÁN.- ¡Eh, eh! Sermones, no. No me cuentes películas de chinos, tío, que yo tengo muchos pelos en los huevos. La gente pobre es la que se muere de hambre, la que va como tú, de contenedor en contenedor. Esos negros del África sin braguetas y con bracillos como baquetas de tambor, los del cerosiete. Esa gente que anda colgada por ahí y que por más que lo intenta no duerme en un colchón nada más que cuando lo tira alguien a la basura y tiene la suerte de que no se lo quemen cuatro mamones como éstos. (Abucheos de los ADOLESCENTES.) A mí no me vengas con gilipolleces, mendigo o cura o lo que coño seas. No me comas el coco, tío. (Aplausos ahora del grupo de ADOLESCENTES.)
MENDIGO.- (Elevando el tono con dignidad.) Hablas ya con la voz de los manipuladores. Pronto andas encerrado en tu jaula. No te será fácil salir de ella. A lo mejor ya ni lo deseas.
IVÁN.- Todos somos carne de jaula desde la cunita.
MENDIGO.- (Bajando la cabeza.) Sí, desde luego. Casi todos.
IVÁN.- Cuando quiera confesarme te llamaré. (Abre la navaja y amenaza con ella al MENDIGO.) Ahora vas a seguir siendo el mismo saco de mierda de siempre. (Le coloca la punta del arma en la garganta.) ¡Anda, pide limosna, viejo mamón!
MENDIGO.- (Como en trance.) A veces la maldad no tiene rostro, no tiene expresión ni figura: es algo indeterminado, como una mirada incógnita desde unos ojos desconocidos que se plantan ante ti y que, sin embargo, no ves. No, hijo, tú no me das miedo.
ADOLESCENTE 1º.- Este viejo está alucinando.
ADOLESCENTE 2º.- ¡Qué colgaera!
IVÁN.- (Extremando su actitud.) ¿Qué quieres decir?
MENDIGO.- Oíd a vuestros padres. Aunque ciegos y tarados ya, han sobrepasado la frontera de la nada, han cruzado el abismo del suicidio. Vosotros pendéis ahora del vacío, pero la pobreza hace que no tengáis ni red. Sólo tenéis una oportunidad y eso, en cambio, no os hace más cuidadosos.
IVÁN.- (Zarandea al MENDIGO.) ¡Que te calles, coño! Aquí el único pobre que hay eres tú, así que venga, a pedir limosna, pídemela, vamos. (Grita.) Pídemela. ¡Pídemela!
MENDIGO.- Vivid plenamente vuestra juventud y que no os avergüence la escandalosa vida de vuestros padres. ( Le da un bofetón a IVAN y lo deja caer al suelo.) Aún es tiempo, hijo. Tienes la jaula abierta y te niegas a abandonarla. No le ahorres el trabajo a quienes ya pugnan por cerrarte la salida.
(Entran ALE y ELISABÉ por la derecha. Él viste de macarra, pelada la cabeza menos unos flequillos pequeños. Tiene unos diecinueve o veinte años. Ella aparenta unos dieciséis o diecisiete. Es ostentosa y ordinaria, sensación de paquidermo; hablará a gritos y reirá como una bellaca. Lleva una bolsa de un hipermercado conteniendo al parecer varias botellas de a litro. El MENDIGO detiene a la pareja y extiende la mano. Ambos niegan con la cabeza y prosiguen hacia el grupo. El MENDIGO les hace un corte de manga que ellos no pueden ver por estar de espaldas. Luego sale por la derecha).
ALE.- (Observa a IVÁN y al grupo.) ¡Qué pasa aquí!
( El grupo se contrae, como protegiéndose. ELISABÉ, pesada y fofa, se deja caer en el banco como si lo hiciera en el sofá de su casa.)
ALE.- (Le da con el pie levemente a IVÁN, que levanta la cabeza.) ¿Qué te pasa, muñeco?
ADOLESCENTE 1º.- Está jodido.
ALE.- Eh, Iván. (Con un poco más de ternura.) ¿Qué te pasa, coleguita?
(IVÁN sacude la cabeza.)
ADOLESCENTE 2º.- Le ha chuleado al miserias ese que acaba de salir; pero le ha dado una hostia que lo ha dejado así.
ALE.- ¿Quién?
IVÁN.- Me ha cogido a traición, tío.
ADOLESCENTE 2º.- Sí, sí, a traición...
ALE.- Pero si ese muerto de hambre no sabe ni hablar.
(Risas.)
IVÁN.- (En la misma postura.) ¿Que no sabe ni hablar? Hasta por el culo habla el gilipollas ése. Si dice que hasta ha sido cura.
(ELISABÉ estalla en una carcajada de bruja.)
ALE.- Quilla, Elisabé, cállate. (Se ríe.) ¿Qué dice el viejo mierda ese, que ha sido cura?
IVÁN.- Sí.
ALE.- (Sarcástico) ¿Y te has dejado dar “una hostia” por un cura?
IVÁN.- (Se incorpora empuñando la navaja.) Ya te he dicho que me dio a traición, pero me sobran huevos para hacerle una raja y ponerlo a cantar.
ALE.- (Lo agarra y forcejea con él. Con la ayuda de los cuatro consigue contener su acometida y calmarlo.) Tranqui, tranqui, tío. Anda, guárdate eso.
IVÁN.- Como le vea otra vez, me cago en la leche...
ALE.- (A los ADOLESCENTES.) ¿Y qué decía el cura ese?
ADOLESCENTE 2º.- Le dijo a Iván que era una basura.
ADOLESCENTE 1º.- Que nuestros viejos están tarados y este barrio está lleno de blandengues.
ADOLESCENTE 2º.- Y que hay unos manipuladores de jaulas.
ALE.- ¿Qué?
ADOLESCENTE 1º.- Eso dijo, tío, que había manipuladores de jaulas.
IVÁN.- En una jaula lo voy a meter de la hostia que le voy a dar. Y le daré piñas hasta que cante tres mil veces el porompompero.
ALE.- (Sonríe.) Conque basuras, blandengues y tarados, ¿eh? Vaya, vaya con el miserias. (Hace ademán de esnifar.) No habréis confesado, ¿eh? (Todos niegan con la cabeza.) Así me gusta.
ADOLESCENTE 2º.- (Le da un codazo al ADOLESCENTE 1º.) Ale, ¿ la Nerea te ha dicho algo?
ALE.- Yo no veo ya a la Nerea nunca.
ADOLESCENTE 1º.- Pero si era tu chorbita.
ALE.- ¿Quién ha dicho eso?
ADOLESCENTE 1º.- (Señalando al ADOLESCENTE 2º.) Éste.
ALE.- (A los ADOLESCENTES.) ¿No tenéis nada que hacer? ¿Eh?. (Chasca los dedos.) Mira, ir a comprar papas y tabaco, ¿vale?
ADOLESCENTE 2º.- ¿Con qué dinero?
ALE.- Me la suda. La Elisabé se ha traído los litros en la bolsa con hielo. Después abrimos las botellas, ¿okéi?
(Los ADOLESCENTES salen por la izquierda haciéndose mutuas bromas y dando gritos.)
ELISABÉ.- (Extrae una botella de cerveza de la bolsa.) Nosotros vamos a abrir una. Que luego vienen esos caras y se la beben, ¿tu que dices? (Abre la botella y sin mediar palabra se la lleva a los labios y envasa un trago interminable.)
ALE.- (Arrebatándole la botella.) Acaba, guarrona.
(ELISABÉ chasca la lengua y expele un jadeo largo y bestial, limpiándose posteriormente la boca con el brazo.)
ALE.- (Da otro gran trago y pasa la botella a IVÁN.) Tengo una cosita aquí (se señala el bolsillo del pantalón) que vas a flipar. No quiero enseñarlo en público porque no me fío de más de cuatro.
IVÁN.- (Da su trago y lo pasa a ELISABÉ, que en el transcurso del diálogo agota la botella.) Ahora no tengo ganas, tío.
ALE.- ¡Claro, hombre! No te lo digo para ahora mismo.
IVÁN.- ¡Ah, vale!
ALE.- (Se le acerca más confidencial.) Es género nuevo, bueno como sus muertos. Vas a flipar en colores, macho.
IVÁN.- No te creo. La última era una mierda. Estuve cagando dos días seguidos y no flipé ni en blanco y negro.
ALE.- Oye. ¿No podrías tú correr la voz? Ayúdame y te daré la que quieras. Pasa la información a otros coleguitas tuyos, enrollaos, como tú.
IVÁN.- (Tras una pausa. Serio.) No, no quiero.
ALE.- (Algo amoscado pero con temple.) ¡Eh, eh! No te me estarás rajando, ¿va?
IVÁN.- Es que no me divierto, tío.
ALE.- Yo tampoco, hermano. Pero hay muchos nenes y nenas por estos contornos que andan locos buscando lo que yo tengo. Y lo mejor: que nos traerán toda la pasta, toda la pastita que le pidamos. ¿Sabes lo que es eso?
IVÁN.- Yo no quiero el dinero así.
ALE.- No me vengas con cagadas, nene. ¿Qué pasa? ¿Qué oraciones te ha enseñado a rezar el mendigo cura ese? ¿ Tienes dinero?
IVÁN.- No.
ALE.- Po ahí está todo. ¿Sabes cómo conseguirlo?
IVÁN.- No.
ALE.- Conclusión: un pringao más en la familia. Yo sí sé conseguir dinero. A espuertas. Y este barrio es una mina, te lo digo yo. Socios tú y yo, y ganamos el mundo. Y con el oro en el bolsillo, nos piramos de este basurero.
IVÁN.- Yo no quiero irme de aquí.
ALE.- Venga, hombre. No me digas que te gusta vivir en esta jaula de locos.
IVÁN.- Eso dijo el cura, bueno... el mendigo.
ALE.- No, si ya lo decía yo. Cuando me encuentre al curita ése le voy a dar la hostia con mis manos. No te diría que te asociaras conmigo, ¿no?
IVÁN.- Dijo que estoy dentro de una jaula y que no quiero salir de ella.
ALE.- (Frotándose los dedos indicando el dinero.) Esto abre todas las jaulas, no te preocupes.
(IVÁN suspira. Suena su móvil. Al extraerlo del bolsillo, se le cae inadvertidamente la navaja al suelo. Manipula el aparato y se lo coloca en la oreja.)
ALE.- (Con expresión de desconfianza.) Piénsatelo, coleguita.
(IVÁN se apea del banco y habla abstraído por teléfono dando paseos por el escenario. ELISABÉ recoge la navaja del suelo y se la alarga mecánicamente a ALE. Éste mira alternativamente a IVÁN y al objeto y se lo guarda en el bolsillo. Entran los ADOLESCENTES. Traen tabaco y bolsas de patatas fritas. Observan a IVÁN, que va poniéndose muy serio por momentos. Luego cierran círculo en el banco en torno a ALE, y bromean con ELISABÉ de su afición por la cerveza. Abren otra botella que van pasándose de mano en mano dándole largos tragos. Lo mismo sucede con las bolsas de patatas fritas. Transcurren unos instantes. ELISABE no sólo consiente sino también disfruta viendo cómo los demás se ríen de ella. IVÁN cierra el móvil y se lo guarda en el bolsillo. Regresa al grupo con el rostro serio.)
ADOLESCENTE 1º.- ¿Qué pasa, tío?
ALE.- (Terminando un trago.) ¡Qué serio, nene! Parece que se te ha muerto alguien.
IVÁN.- (Asintiendo.) Mi abuela, Ale. Mi viejo me ha llamado desde el hospital.
ELISABÉ.- (Sin abandonar el tono jocoso que todos, en cambio, han trocado por el de circunspección.) Una menos.
IVÁN.- (Levanta la mano en un revés que no ejecuta) Yo me voy a cagar en los tuyos, gorda.
ALE.- (Barrenándose la sien con el dedo.) Está borracha. Ni caso.
ADOLESCENTE 2º.- ¿Cómo estás, tío?
IVÁN.- No lo sé. Chungo tela, ¿no?
ALE.- ¿Qué vas a hacer?
IVÁN.- Pensaba ir a mi casa.
ALE.- (Baja del banco y le pasa a IVÁN una mano por el hombro) Vente a la mía y de paso pruebas la cocacola. (Guiñando un ojo.) Ya sabes, ¿okéi?
IVÁN.- No sé. Creo que debería ir a mi casa.
ALE.- Tu abuela está pajarito ya, tío. ¿De verdad quieres ir a tu casa para no ver más que gente llorando?
IVÁN.- No.
ELISABÉ.- Está pajarito, frito. (Ríe.)
ADOLESCENTE 1º.- Calla, gorda.
(ELISABÉ da una carcajada con la boca a medio abrir.)
ALE.- (A los ADOLESCENTES.) Me llevo al Iván. Ahí tenéis la cerveza y las papas. Llevarme a la Elisabé a su casa.
ADOLESCENTE 2º.- ¿Qué dices, tú? Si ya no puede ni moverse.
ELISABÉ.- Pajaritos fritos. Quiero pajaritos fritos. Pío, pío.
ADOLESCENTE 2º.- ¿No ves cómo está? Tiene una tajá como un piano y más colgá que un chorizo.
ALE.- (Girando rápidamente la mano como si moviera un pequeño manubrio imaginario.) Luego nos vemos. (A IVÁN.) Anda, coleguita. Vamos a colocarnos, yo invito. (Salen por la derecha.)
ELISABÉ.- Pajaritos, pío, pío.
ADOLESCENTE 1º.- ¿Pío, pío? Esta no va a decir ni pío de la hostia que le voy a dar como no se calle.
(Risotadas de todos. Sacan otra cerveza. Ríen, se dan codazos. El jaleo de Sevillanas en off, con palmas y olés va aumentando de volumen hasta apoderarse de la escena. Cuando su sonido llega a ser ensordecedor { tá ta ta, tá ta ta , ¡óle!} cae el TELÓN.)

Tres anocheceres (Cuadro primero) by Luis Manuel Cebrero Gomez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Based on a work at luis-cebrerogmez.blogspot.com.
Ideada como pieza simple de estudio, ésta que sigue ha pretendido ilustrar al autor acerca de los límites a que pueden conducirle sus ideas mediante la puesta en tablas de personajes primarios y sin formación. También quiere añadirse al repertorio escasísimo de obritas que, por el carácter uniforme de su puesta en escena y sus flacas exigencias técnicas, soportan ser representadas por autores noveles o aficionados en espectáculos de fin de curso o festivales diversos.
Ni el tema ni su desarrollo implican un compromiso intelectual, político o social del autor con las ideas o pensamientos expresados en la obra; sin embargo, obligado por las circunstancias de la propia dinámica contextual, puede apuntar que su postura frente a los problemas que más o menos se indican en ella es unívoca: está convencido de la necesidad urgente de ir generando en la sociedad una cultura que vaya conduciendo al ciudadano hasta un comportamiento sensato y racional. Es decir, más información y más formación; pues luego el mimetismo y la costumbre harán el resto.
Como apuntó al principio, esta obrita es un estudio de situaciones con un débil hilo argumental. No intenta asumir cierto determinismo, sino hacer ver que el tiempo pasa hasta para los más jóvenes, y que las acciones que se realizan en la vida, aunque insignificantes, repercuten sin posibilidad de perdón y por tanto sin redención posible sobre los propios agentes y sobre quienes las padecen. Nadie goza de segundas oportunidades en la vida, y la gente humilde menos que nadie.
Ninguna de estas figuras es real aunque todas están tomadas de la realidad, hasta el mendigo (aunque cueste aceptarlo): nadie puede aconsejar mejor el dogma de la renuncia que quien no tiene nada. La dificultad estriba en insinuar grandes ideas a través de personajes menguados culturalmente y con una lengua de tal elementalidad que la obliga a repetir de manera obsesiva los vocativos y las expresiones malsonantes para impregnarse de cierta solemnidad y de cierto crédito.
Para quienes piensen que se trata de otra de esas obras brutales sobre adolescentes que saturan el mercado intelectual del país, el autor cree poder decir que no habrá en el mundo una obra capaz de reflejar la brutalidad con que el mundo agrede a una persona de estas edades, y por lo tanto, obras que supongan un intento de representar semejante acoso nunca estarán de más. Demasiado hace quien esto escribe con rebajarle dureza a la humilde sociedad retratada en los tres breves cuadros que siguen, en la creencia de que etiquetando y clasificando los problemas, simplificándolos en suma, se hará menos doloroso, especialmente para el niño inevitablemente abocado a la adultez, caminar en la cuerda floja sobre el abismo de la adolescencia.
DRAMATIS PERSONAE
TAMARA – Adolescente ALE – hombre joven, pero ya no adolescente.
NEREA – Adolescente MENDIGO- Hombre
IVÁN – Adolescente
ELISABÉ – Adolescente
Los ADOLESCENTES – Adolescentes.
NOTAS.-
1) En el tercer cuadro los personajes relacionados a la izquierda cambiaran a hombre y mujeres jóvenes respectivamente; los de la izquierda serán recuerdo y los ADOLESCENTES siempre serán adolescentes.
2) El grupo de los ADOLESCENTES estará compuesto indistintamente por chicos y chicas, siempre en cantidad no inferior a cuatro personas.
3) Podrá suprimirse si fuera necesario la mayoría de comparsas que se indican entrando y saliendo del escenario, excepto aquellas expresamente indicadas en las acotaciones. Lo mismo ocurrirá con los ruidos y músicas en off.
4) Época actual. Los giros y modismos así como los vocativos y comparaciones puestos en boca de los personajes operan como meros referentes, queriendo esto ofrecer la permisividad total por parte del autor a quienes actualicen el texto para remozarlo y adecuarlo convenientemente si así lo estimaren necesario.
5) Contra lo sugerido por los nombres que etiquetan a los personajes, la acción se desarrolla en uno de tantos bulevares sórdidos donde se reúne la adolescencia de las capitales o grandes poblaciones de Andalucía occidental. El autor se ha visto obligado a seleccionar los nombres de los personajes de entre los menos peregrinos con que se ha topado en la realidad; y afirma que el mérito de estos paradigmas es exclusivo de los padres de los adolescentes actuales, para quienes resulta a no dudar más fácil o cómodo utilizar este tipo de nombres que los tradicionales para llamar y entenderse con sus hijos.
CUADRO PRIMERO
El escenario representa un trozo de los amplios bulevares de esparcimiento que la moderna urbanística prevé para mitigar el hacinamiento inevitable provocado por la proliferación de ciclópeos bloques de pisos. El foro del escenario está ocupado por una ringlera de al menos tres contenedores de plástico gris con tapadera verde usados para el depósito de la basura urbana. A la derecha y en perpendicular con el plano del fondo del escenario, un banco de parque, lo mismo da que sea de cemento diseñado según criterio minimalista, que de tiras de hierro semejando una cestilla, que de madera con el mismo diseño. El suelo supondrá una acera y todo lo demás se recomienda neutro, aunque si se quiere puede representarse como fondo algún dibujo o fotografía de los bloques de pisos a cuyos pies se encuentra el parque. Durante la escena, a menos que se indique en contrario, se oye en off música disco y motores elevando y disminuyendo sucesivamente el volumen del ruido emitido, figurando el tránsito invisible de vehículos de toda índole. Asimismo se oirán esporádicamente palmeos y cantos de sevillanas emitidos por los actores entre bastidores. También se oirán gritos, risotadas, golpes, etc., todo que pueda acercar en perspectiva el latido de uno de estos barrios en plena ebullición. Cuando comienza la escena, anochece.
(Entran TAMARA y NEREA por la derecha, hablando y gesticulando. Son unas adolescentes de entre quince y diecisiete años, vestidas según una moda rabiosamente contemporánea a la representación de la obra. Sus expresiones son igualmente coetáneas a los idiolectos en boga en el momento de la actualización del texto.)
TAMARA.- No vale, tía. No tiene el mismo trabajo.
NEREA.- Sí, tía, que sí. Tú me prestas la de Alejandro y yo la grabo. Y luego la vendo.
TAMARA.- Eso no se puede hacer.
NEREA.- ¿Por qué?
TAMARA.- Porque es un delito.
NEREA.- ¿Por qué?
TAMARA.- Y yo qué sé. Pero tengo un amigo que hizo eso y se metió en un lío.
NEREA.- ¿Sí? ¿Quién?
TAMARA.- (Manotea.) Tú no lo conoces.
NEREA.- (Irónica.) ¿Y eso? ¿Desde cuándo conoces tú a tíos y no me los presentas?
TAMARA.- El año pasado en la playa, lo conocí. Era guapirrubio, largo y con un culo de anuncio de coca cola.
NEREA.- De coca culo.
(Ríen.)
¿Cómo se llamaba?
TAMARA.- Le decían Elcano.
NEREA.- Pero, ¿cómo se llamaba?
TAMARA.- Elcano
NEREA.- ¿Cómo el astillero?
TAMARA.- Sí.
(Sale el MENDIGO. Cruza la escena buscando en las basuras. Es un hombre de unos cincuenta años, estado lamentable, ropajes y tono de la piel propios de la gente rota. Aunque la sensación de cretinismo en su comportamiento es obvia, debe dejarse entrever que tal conducta es aparente o fingida. Las chicas lo miran con aprehensión. Se dirige a las dos con la mano extendida).
MENDIGO.- Me das algo. Para mis hijos y comida.
LAS DOS.- (Molestas y algo apresuradas.) No, no tengo.
MENDIGO.- (Insiste acercándose a las dos.) Dame algo, niña.
LAS DOS.- (Rehuyéndole.) Que no, que no tengo suelto.
MENDIGO.- (Retirándose.) Vete a la mierda. (Da media vuelta y deambula por el escenario revolviendo en los contenedores de basura).
NEREA.- ¡Joder con el tío! Esta gente es horrible. Ya hasta insultan. Si le das, porque quieren más. Si no le das, fíte tú éste. (TAMARA ha permanecido abstraída.) ¡Eh! ¿Qué te parece? Tamara. (Chasca los dedos ante la cara de su amiga.)
(Mientras NEREA intenta que la otra reaccione, dos figuras cruzan la escena a la carrera dando gritos. Cruza el escenario un par de figuras chillando. El MENDIGO las detiene y pide en actitud sumisa; ellas niegan; el otro hace el ademán típico del insulto; una de las figuras levanta el brazo con intención de agredir, pero la otra la contiene. El MENDIGO se agazapa y echa mano al bolsillo, como buscando una navaja. La figura que ha contenido a su compañera va sacándola de la escena a empellones. El MENDIGO permanece mirando al lugar por donde han desaparecido las figuras y le dedica un violento corte de manga. Acto seguido, se acerca al proscenio y extiende la mano en la actitud consabida de pedir limosna esta vez al público. Abandona de inmediato el talante sumiso y le hace un corte de manga al auditorio. Luego se vuelve a los contenedores de basura y hace mutis rebuscando en ellos. Mientras ocurre todo esto, NEREA ha cogido a la progresivamente abatida TAMARA por los hombros y le ha estado hablando figuradamente, intentando con gestos elocuentes hacerla reaccionar.)
NEREA.- Joder. Me estás preocupando.
TAMARA.- Déjame.
NEREA.- Quilla, Tamara. ¿Te ha molestado el mierda ese?
TAMARA.- (Niega con la cabeza.) No es eso.
NEREA.- Entonces...
TAMARA.- (Suspirando.) Estoy mal, tía.
NEREA.- Eso ya lo veo, no hace falta que lo jures. Pero si hace un momento estabas bien, ¿qué pasa?
TAMARA.- Nerea, tía... (Amaga unos pucheros.)
(NEREA le pasa el brazo por detrás de la espalda y la aprieta contra sí. Esto parece consolar a TAMARA, que se contiene.)
TAMARA.- (Zafándose del abrazo de la amiga.) Cosas mías.
NEREA.- ¿Tuyas? Tú no has tenido cosas tuyas desde que nos conocemos. Y nos hemos prestado los dodotis.
TAMARA.- Déjate de cachondeo.
NEREA.- Venga, en serio. ¿Qué coño te pasa, tía? A ver, ¿qué... ?
TAMARA.- Mis padres se separan.
NEREA.- Se separan. Tus padres se separan. ¿De quién?
( TAMARA empuja a la otra y se da media vuelta con intención de salir. NEREA la retiene cogiéndola del brazo. TAMARA se sacude de un manotazo.)
NEREA.- ¡ Vale, vale! Sólo intentaba quitarle... , yo qué sé, que no te pongas tan trágica.
TAMARA.- (Volviéndose bruscamente.) ¿Y por qué no me voy a poner trágica?
NEREA.- Porque no vale la pena.
TAMARA.- ¿Cómo que no vale la pena?
NEREA.- Porque te lo digo yo, por eso.
TAMARA.- Vale, vale. Tú me dices que no vale la pena y yo, como soy tu monchito, te digo unas cuantas paridas, pero al final hago lo que tu dices. Nerea, tía, a veces pareces... yo qué sé. Quilla, que estoy chunga, de verdad.
NEREA.- Al principio parece que te se cae el mundo encima. Luego, luego le das una patada como si fuera una pelota y pasas de todo.
TAMARA.- Hace ya dos años, ¿no?
NEREA.- Sí, pero me parece un siglo.
TAMARA.- ¿Cómo lo llevas?
NEREA.- De puta madre. Mi vieja, histérica perdida, anda con unos cuantos pringaos. Yo, cuando me parece, hago que me pongo mala. Me dejo decir que le contaré a mi padre lo mal que lo paso. A mi padre le digo otro tanto de lo mismo. Conque al final hago con ellos lo que me sale de las pelotas.
TAMARA.- Yo no podría hacer eso, tía.
NEREA.- No tienes más remedio.
TAMARA.- ¿Por qué?
NEREA.- Porque tienes que defenderte, coño. Ellos se separan. Te hacen daño, ¿no?
TAMARA.- A mí sí.
NEREA.- ¿Qué pasa? ¿ Que no te acuerdas de lo mal que lo pasé yo?
TAMARA.- Nunca hablamos de eso entonces.
NEREA.- ¿Nunca?
TAMARA.- Nunca.
(Pausa.)
NEREA.- Será porque no salió el tema.
TAMARA.- ¿Tú crees que los padres se separan para hacernos daño a nosotros, a sus hijos?
NEREA.- Y para qué si no lo hacen. Mira mi caso. Mi padre, sin trabajo fijo; mi madre, sin trabajo, ni fijo ni ná. No hay sueldos en la casa, pero sí hijos. Tienen dos, mi hermano Platero, y yo. El matrimonio no se lleva bien, y eso es motivo suficiente para no querer ni aguantarse. Sólo tienen una obligación: querer a sus hijos. ¿Cómo quererlos? Coño, pues queriéndolos, haciéndoles la vida posible luchando por la vida juntos. ¿Qué hacen? Se separan. Dividen los amores, el poquísimo dinero y las casas. Conclusión: no quieren a sus hijos. Mi padre sigue sin empleo. Vive fuera de mi casa teniendo que pasarnos una pensión de mierda, y debiendo otra casa que no puede pagar. Mi madre, sin trabajo, ni fijo ni ná. No tiene ilusión. Platero y yo somos para ella como un culebrón de la tele, una carga muy pesada e interminable, lo sé. ¿Cómo quieres que me porte con ellos? Estoy loca por salir disparada de mi casa; pero antes, procuro joderles a base de bien, como ellos lo hacen conmigo.
TAMARA.- Tú no quieres a tus padres.
NEREA.- Porque ellos no me quieren a mí.
TAMARA.- (Baja la mirada.) Pero yo sí quiero a los míos.
NEREA.- Ahora sí es trágico.
TAMARA.- ¿Sabes, Nerea? Yo sé que me quieren. Ya no saben decirlo, pero me quieren.
NEREA.- ¡Qué pena!
(Mientras las dos chicas estaban hablando, desde el comienzo del párrafo largo de NEREA, ha entrado IVÁN sin que las dos se hayan apercibido de ello. Chico desmalazado, cetrino y espiga, que luce acné y una desvergüenza timorata de dieciséis o diesiete años. Ha avanzado sigilosamente en dirección a ambas, vuelto varias veces la cabeza hacia el lado por donde ha salido, mandando callar entre risas contenidas a alguien que se encuentra entre bastidores, y se ha colocado a espaldas de las chicas. Cuando NEREA exclama “¡ Qué pena!”, IVÁN hace estallar un petardo. Las chicas acusan la explosión con un gañido, se vuelven e intentan agredir a IVÁN, el cual va zafándose de los manoteos de las otras entre carcajadas. Al mismo tiempo han salido los ADOLESCENTES, aplaudiendo y ovacionando estentóreamente a IVÁN. La escena es estridente, inquieta, inconstante, exageradamente dramática, como el mundo adolescente que intenta recrear. Los sucesivos e inútiles intentos de agresión de las dos chicas son tan coreados y abucheados como aplaudidas y ovacionadas las fintas que IVÁN ejecuta para esquivar sus torpes manotazos. NEREA, picada, lanza una patada en firme contra IVÁN, quien, apercibido de la seriedad del ataque, se lanza en tromba contra la joven propinándole toda suerte de puñetazos y patadas, hasta derribarla. La escena, comedia estúpida al principio, ha degenerado en un drama, igualmente estúpido, en que los golpes se han ido acompañando de insultos de la más baja extracción, pronunciados con la furia, la ira y el descontrol inherentes a la adolescencia. El grupo continúa ovacionando y aplaudiendo. TAMARA da un grito que acalla de golpe las voces y se agacha sobre el gimoteante cuerpo de NEREA.)
TAMARA.- (Encarándose desde el suelo con IVÁN.) Quillo, eres un salvaje asqueroso.
IVÁN.- (Manoteando en el aire y dando saltitos con oscilaciones que le hacen avanzar levemente hacia su víctima y retroceder de ella.) ¿Qué pasa? Que me tengo que dejar pegar por una tía, ¿no? ¿Tú también quieres caña?
TAMARA.- ¡Déjame ya, gilipollas!
IVÁN.- (Amenazando un puñetazo.) Cállate, que te zumbo, cabrona.
TAMARA.- (A NEREA, que solloza.) Vámonos. (La ayuda a levantarse y salen las dos mientras el grupo aplaude y felicita a IVÁN. El ADOLESCENTE 1º se le acerca y le ofrece la mano derecha. Ambos estrellan violentamente sus manos a la altura del rostro, como si fueran a echarse un pulso).
ADOLESCENTE 2º.- No os deis mucho las manos, colegas.
ADOLESCENTE 1º.- (Soltándose de IVÁN.) ¿Por qué?
ADOLESCENTE 2º.- Porque la Nerea sale con el Ale.
ADOLESCENTE 1º.- ¿Y qué?
ADOLESCENTE 2º.- Po que ese es más bestia que qué.
ADOLESCENTE 1º.- ¿Y qué más da si es un bestia?
ADOLESCENTE 2º.- Po que cuando se entere de lo de la Nerea, va a venir y se la va a dar a éste. (Señala a IVÁN.)
IVÁN.- ¿Qué dices que va a hacer? El mierda ese me va a hacer a mí dos pajas.
ADOLESCENTE 1º.- Es verdad, Iván, el Ale ya ha estado en el truyo.
ADOLESCENTE 2º.- Le dio un navajazo a un tío de treinta años.
(IVÁN se vuelve y se dirige al banco de la izquierda. Saca una navaja del bolsillo y la abre. Se sienta sobre el respaldo del banco, colocando los pies en su asiento. Los ADOLESCENTES se le acercan. El ADOLESCENTE 1º se sienta a su lado y los otros permanecen de pie frente a ellos. IVÁN va pasando su navaja a los componentes del grupo, que van examinándola por turno. Sale el MENDIGO y se dirige a un contenedor de basura. IVÁN eleva la cabeza apercibiéndose de su presencia, pero finge prestar atención a la conversación que se sigue en el grupo).
IVÁN.- (Grita guturalmente, como si arreara ganado.) ¡ Buuúscáaaa! ¡Buuúscáaaa!
(El grupo fija su mirada en el MENDIGO, quien finge no darse por aludido. IVÁN y los ADOLESCENTES se miran entre ellos y se ríen.)
IVÁN.- (Idéntico modo que antes.) ¿Qué busca el cúuuuraa?
(Risas.)
IVÁN.- (Igual.) Basúuuuraa.
( El grupo estalla en risotadas exageradas, irreverentes, histéricas, crueles como la misma adolescencia. IVÁN revienta otro petardo. Aplausos de los ADOLESCENTES. La aparente indiferencia del MENDIGO anima al resto de ellos a colaborar con IVÁN.)
ADOLESCENTE 1º.- (Deformando la voz.) En busca del arca perdida.
IVÁN.- De la mierda perdida.
ADOLESCENTE 2º.- (Entonando increíblemente.) Buscando en el baúl de los recuerdos...
TODOS.- (Entonando.) ¡Uuuh!
( Risas.)
IVÁN.- ¿Qué busca el cúura?
ADOLESCENTES.- ¡Basúura!
(Nuevas risotadas. Pausa. El MENDIGO suelta la tapadera del contenedor que se cierra con estrépito. Los ADOLESCENTES dejan de reírse y, siseándose, fingen hablar entre ellos).
MENDIGO.- (Cuando hable a partir de ahora pronunciará las frases con acento diferente al de Andalucía, lo hará como un santanderino, un aragonés, un navarro, etc. Ha desaparecido de su apariencia el aspecto forzadamente cretino de su primera aparición. Se acerca al grupo parsimoniosamente. Suspira armándose de valor.) Seguramente os han dicho que todos tenemos el derecho a aprender, pero de boquilla también os habrán susurrado que realmente no vale la pena de que os esforcéis en adquirir conocimientos porque no os servirán de nada.
(IVÁN y los ADOLESCENTES se miran entre ellos conteniendo la risa a duras penas.)
MENDIGO.- Habéis caído en la trampa de los manipuladores. Ellos siempre prefieren la comodidad de manejar caprichosamente a seres ignorantes, a la escabrosa e ingrata negociación con jóvenes perfectamente formados.
(Se abre el grupo.)
IVÁN.- (Irónico.) ¿Qué estás masticando, compadre?
(Risotadas incontenibles de los ADOLESCENTES.)
MENDIGO.- (Indiferente.) Los seres ignorantes son los más desvalidos, los más débiles, los más fáciles de manipular. La juventud necia es beneficiosa para un sistema cuyo propósito es ligarla al dinero de por vida añadiendo nuevas necesidades a las que ya tienen heredadas de la pobreza, y despojarla de todas sus ilusiones desviándola de su natural ambición.
IVÁN.- (Bajándose del banco y encarándose con el MENDIGO.) ¡Eh, eh! Baja la voz que te van a oír y te encierran en un manicomio. (Risas de los ADOLESCENTES.) ¿De dónde sales tú, tío? ¿Es que la basura da para tanto?
MENDIGO.- Me has reconocido, hijo.
IVÁN.- (Algo desconcertado.) Yo no soy hijo tuyo, desastre. (Vuelve la mirada a sus compañeros en demanda de apoyo.) Y tampoco sé quién coño eres.
MENDIGO.- Pues antes preguntabas en voz bien alta que qué buscaba.
IVÁN.- ¡Qué buscaba el cura, so mierda!
MENDIGO.- (Señalándose.) O sea.
IVÁN.- ¿Tú eres cura, tío?
MENDIGO.- Ya no, pero lo fui.
IVÁN.- Te juro que no lo sabía; ha sido casualidad. ¡Joder! ¿Y qué buscas aquí?
MENDIGO.- Todos lo habéis dicho en voz alta, y os ha hecho gracia.
IVÁN.- (Imitándose.) Basúura.
MENDIGO.- En efecto. (Volviendo las palmas, señala a IVÁN tal si lo presentara al público.) Y la he encontrado.
(Nueva risotada de los ADOLESCENTES. IVÁN amenaza al MENDIGO, que se aparta un poco y extiende los brazos paralelos en dirección al joven con las palmas hacia arriba, indicándole calma. Sincronizadamente al diálogo que sigue, sucede lo siguiente: Una pareja de mujeres de entre 45 y 50 años entra por la derecha. Van vestidas con cierta austeridad, lo que no les resta un tanto de pretensión. Una de ellas porta una carpeta algo abultada de cartón azul. Sobre dicha carpeta se columbran unas cuantas revistas clandestinas de nombres característicos y pomposos. Avanzan con cierta aquiescencia. Observan al grupo. Se dirigen una mirada de desdeñosa complicidad y continúan caminando hacia la izquierda. Antes de salir, las intercepta la brusca presencia de una joven de aproximadamente diecisiete años que es detenida por la que tiene los brazos libres. Ésta requiere algo de su compañera mientras la chica observa a ambas mujeres deteniendo los ojos en la carpeta azul, de la que son separadas por su portadora un par de revistas. La otra mujer reclama la atención de la joven; comienza a predicarle; ella niega con la cabeza. La predicadora extiende una de las revistas ante la chica, la abre y va señalando con el dedo conforme pasa las hojas. La chica asiente, niega, duda... Recibe de la mujer dos revistas que enrolla como un papiro. La pareja sale por la izquierda con ínfulas de satisfacción. La chica, después de quedarse un momento mirando hacia la izquierda, inicia el mutis por la derecha; pero, al pasar ante los contenedores de basura, abre uno con determinación, arroja en su interior el papiro de las revistas y sale por la derecha).
MENDIGO.- ¿Qué edad tenéis? ¿Quince, dieciséis, diecisiete?
IVÁN.- Diecisiete.
MENDIGO.- Justo el tiempo que llevo yo aceptando la falsa comodidad de estos suelos, el nada cálido refugio de estos portales, el engañoso calor de los serenos, esta limpieza imposible.
IVÁN.- ¿De verdad eres cura, tío, o es sólo que el hambre y la mierda te han comido el coco?
MENDIGO.- No, fui cura de verdad.
IVÁN.- No me lo creo.
MENDIGO.- Me echaron del sacerdocio.
(Mirada de asombro de los jóvenes entre sí.)
ADOLESCENTE 1º.- ¿Por qué?
MENDIGO.- Porque a las altas jerarquías no le gustaron mis ideas, no las admitieron y no las toleraron.
IVÁN.- (Irónico.) No me extraña.
(Risas.)
MENDIGO.- (También se ríe.) Yo tenía una parroquia en un barrio como éste, lleno de gente débil con un montón de problemas. Quería acabar con la falsedad y la ignorancia, abrir las puertas de la jaula a todos sus moradores. No podía consentir que la representación de quien le franqueó el cielo a los pobres se avergonzara ahora de ellos. Y me rebelé contra los que capitularon con el sistema porque me negué a admitir que ser pobre llevara aparejado el ser ignorante.
IVÁN.- Y te dieron con el cuarenta y tres en las espaldas.
MENDIGO.- Me suspendieron. Me quitaron la parroquia. Yo entonces, renegué de mis votos.
ADOLESCENTE 2º.- ¿A quién le votas tú ahora?
MENDIGO.- Quiero decir que dimití, que dejé de ser cura. Tuve que irme.
(Pausa.)
IVÁN.- ¿Sabes lo que te digo? Que te lo montas muy bien de mendigo.
MENDIGO.- No creas que es fácil. La gente pobre, aunque suele ser más generosa que la rica, tiene tan poco que apenas puede dar.
ADOLESCENTE 2º.- ¿Y por qué no te vas a otro barrio?
MENDIGO.- Porque no puedo.
IVÁN.- ¡Qué pasa! Aquí no somos pobres. Yo mismo tengo aquí un móvil, y sé que éste (señalando al ADOLESCENTE 1º) también tiene uno, y ése y ése y ése y ése y ése. ( Señala indistintamente por el escenario y a voleo entre el público.) Mira la de coches que hay aparcados aquí, la de tiendas y bares llenos. Mucha gente se va a la playa todos los veranos. Los padres se van al fútbol. Las madres, al gimnasio. Los niños salen con dinero a la calle, tienen consolas de videojuegos y televisores. ¿Son pobres? Y una mierda. Tú estás rayao, compadre.
MENDIGO.- Hay otra clase de pobreza. Y lo mismo que hay quien no quiere reconocer su propia ignorancia, hay quienes son incapaces de ver la miseria en que viven a diario. El orgullo mal entendido de los débiles es el mejor aliado de los poderosos.
(IVÁN se encara con el MENDIGO y reclama con ademanes la ayuda de sus compañeros.)
IVÁN.- ¡Eh, eh! Sermones, no. No me cuentes películas de chinos, tío, que yo tengo muchos pelos en los huevos. La gente pobre es la que se muere de hambre, la que va como tú, de contenedor en contenedor. Esos negros del África sin braguetas y con bracillos como baquetas de tambor, los del cerosiete. Esa gente que anda colgada por ahí y que por más que lo intenta no duerme en un colchón nada más que cuando lo tira alguien a la basura y tiene la suerte de que no se lo quemen cuatro mamones como éstos. (Abucheos de los ADOLESCENTES.) A mí no me vengas con gilipolleces, mendigo o cura o lo que coño seas. No me comas el coco, tío. (Aplausos ahora del grupo de ADOLESCENTES.)
MENDIGO.- (Elevando el tono con dignidad.) Hablas ya con la voz de los manipuladores. Pronto andas encerrado en tu jaula. No te será fácil salir de ella. A lo mejor ya ni lo deseas.
IVÁN.- Todos somos carne de jaula desde la cunita.
MENDIGO.- (Bajando la cabeza.) Sí, desde luego. Casi todos.
IVÁN.- Cuando quiera confesarme te llamaré. (Abre la navaja y amenaza con ella al MENDIGO.) Ahora vas a seguir siendo el mismo saco de mierda de siempre. (Le coloca la punta del arma en la garganta.) ¡Anda, pide limosna, viejo mamón!
MENDIGO.- (Como en trance.) A veces la maldad no tiene rostro, no tiene expresión ni figura: es algo indeterminado, como una mirada incógnita desde unos ojos desconocidos que se plantan ante ti y que, sin embargo, no ves. No, hijo, tú no me das miedo.
ADOLESCENTE 1º.- Este viejo está alucinando.
ADOLESCENTE 2º.- ¡Qué colgaera!
IVÁN.- (Extremando su actitud.) ¿Qué quieres decir?
MENDIGO.- Oíd a vuestros padres. Aunque ciegos y tarados ya, han sobrepasado la frontera de la nada, han cruzado el abismo del suicidio. Vosotros pendéis ahora del vacío, pero la pobreza hace que no tengáis ni red. Sólo tenéis una oportunidad y eso, en cambio, no os hace más cuidadosos.
IVÁN.- (Zarandea al MENDIGO.) ¡Que te calles, coño! Aquí el único pobre que hay eres tú, así que venga, a pedir limosna, pídemela, vamos. (Grita.) Pídemela. ¡Pídemela!
MENDIGO.- Vivid plenamente vuestra juventud y que no os avergüence la escandalosa vida de vuestros padres. ( Le da un bofetón a IVAN y lo deja caer al suelo.) Aún es tiempo, hijo. Tienes la jaula abierta y te niegas a abandonarla. No le ahorres el trabajo a quienes ya pugnan por cerrarte la salida.
(Entran ALE y ELISABÉ por la derecha. Él viste de macarra, pelada la cabeza menos unos flequillos pequeños. Tiene unos diecinueve o veinte años. Ella aparenta unos dieciséis o diecisiete. Es ostentosa y ordinaria, sensación de paquidermo; hablará a gritos y reirá como una bellaca. Lleva una bolsa de un hipermercado conteniendo al parecer varias botellas de a litro. El MENDIGO detiene a la pareja y extiende la mano. Ambos niegan con la cabeza y prosiguen hacia el grupo. El MENDIGO les hace un corte de manga que ellos no pueden ver por estar de espaldas. Luego sale por la derecha).
ALE.- (Observa a IVÁN y al grupo.) ¡Qué pasa aquí!
( El grupo se contrae, como protegiéndose. ELISABÉ, pesada y fofa, se deja caer en el banco como si lo hiciera en el sofá de su casa.)
ALE.- (Le da con el pie levemente a IVÁN, que levanta la cabeza.) ¿Qué te pasa, muñeco?
ADOLESCENTE 1º.- Está jodido.
ALE.- Eh, Iván. (Con un poco más de ternura.) ¿Qué te pasa, coleguita?
(IVÁN sacude la cabeza.)
ADOLESCENTE 2º.- Le ha chuleado al miserias ese que acaba de salir; pero le ha dado una hostia que lo ha dejado así.
ALE.- ¿Quién?
IVÁN.- Me ha cogido a traición, tío.
ADOLESCENTE 2º.- Sí, sí, a traición...
ALE.- Pero si ese muerto de hambre no sabe ni hablar.
(Risas.)
IVÁN.- (En la misma postura.) ¿Que no sabe ni hablar? Hasta por el culo habla el gilipollas ése. Si dice que hasta ha sido cura.
(ELISABÉ estalla en una carcajada de bruja.)
ALE.- Quilla, Elisabé, cállate. (Se ríe.) ¿Qué dice el viejo mierda ese, que ha sido cura?
IVÁN.- Sí.
ALE.- (Sarcástico) ¿Y te has dejado dar “una hostia” por un cura?
IVÁN.- (Se incorpora empuñando la navaja.) Ya te he dicho que me dio a traición, pero me sobran huevos para hacerle una raja y ponerlo a cantar.
ALE.- (Lo agarra y forcejea con él. Con la ayuda de los cuatro consigue contener su acometida y calmarlo.) Tranqui, tranqui, tío. Anda, guárdate eso.
IVÁN.- Como le vea otra vez, me cago en la leche...
ALE.- (A los ADOLESCENTES.) ¿Y qué decía el cura ese?
ADOLESCENTE 2º.- Le dijo a Iván que era una basura.
ADOLESCENTE 1º.- Que nuestros viejos están tarados y este barrio está lleno de blandengues.
ADOLESCENTE 2º.- Y que hay unos manipuladores de jaulas.
ALE.- ¿Qué?
ADOLESCENTE 1º.- Eso dijo, tío, que había manipuladores de jaulas.
IVÁN.- En una jaula lo voy a meter de la hostia que le voy a dar. Y le daré piñas hasta que cante tres mil veces el porompompero.
ALE.- (Sonríe.) Conque basuras, blandengues y tarados, ¿eh? Vaya, vaya con el miserias. (Hace ademán de esnifar.) No habréis confesado, ¿eh? (Todos niegan con la cabeza.) Así me gusta.
ADOLESCENTE 2º.- (Le da un codazo al ADOLESCENTE 1º.) Ale, ¿ la Nerea te ha dicho algo?
ALE.- Yo no veo ya a la Nerea nunca.
ADOLESCENTE 1º.- Pero si era tu chorbita.
ALE.- ¿Quién ha dicho eso?
ADOLESCENTE 1º.- (Señalando al ADOLESCENTE 2º.) Éste.
ALE.- (A los ADOLESCENTES.) ¿No tenéis nada que hacer? ¿Eh?. (Chasca los dedos.) Mira, ir a comprar papas y tabaco, ¿vale?
ADOLESCENTE 2º.- ¿Con qué dinero?
ALE.- Me la suda. La Elisabé se ha traído los litros en la bolsa con hielo. Después abrimos las botellas, ¿okéi?
(Los ADOLESCENTES salen por la izquierda haciéndose mutuas bromas y dando gritos.)
ELISABÉ.- (Extrae una botella de cerveza de la bolsa.) Nosotros vamos a abrir una. Que luego vienen esos caras y se la beben, ¿tu que dices? (Abre la botella y sin mediar palabra se la lleva a los labios y envasa un trago interminable.)
ALE.- (Arrebatándole la botella.) Acaba, guarrona.
(ELISABÉ chasca la lengua y expele un jadeo largo y bestial, limpiándose posteriormente la boca con el brazo.)
ALE.- (Da otro gran trago y pasa la botella a IVÁN.) Tengo una cosita aquí (se señala el bolsillo del pantalón) que vas a flipar. No quiero enseñarlo en público porque no me fío de más de cuatro.
IVÁN.- (Da su trago y lo pasa a ELISABÉ, que en el transcurso del diálogo agota la botella.) Ahora no tengo ganas, tío.
ALE.- ¡Claro, hombre! No te lo digo para ahora mismo.
IVÁN.- ¡Ah, vale!
ALE.- (Se le acerca más confidencial.) Es género nuevo, bueno como sus muertos. Vas a flipar en colores, macho.
IVÁN.- No te creo. La última era una mierda. Estuve cagando dos días seguidos y no flipé ni en blanco y negro.
ALE.- Oye. ¿No podrías tú correr la voz? Ayúdame y te daré la que quieras. Pasa la información a otros coleguitas tuyos, enrollaos, como tú.
IVÁN.- (Tras una pausa. Serio.) No, no quiero.
ALE.- (Algo amoscado pero con temple.) ¡Eh, eh! No te me estarás rajando, ¿va?
IVÁN.- Es que no me divierto, tío.
ALE.- Yo tampoco, hermano. Pero hay muchos nenes y nenas por estos contornos que andan locos buscando lo que yo tengo. Y lo mejor: que nos traerán toda la pasta, toda la pastita que le pidamos. ¿Sabes lo que es eso?
IVÁN.- Yo no quiero el dinero así.
ALE.- No me vengas con cagadas, nene. ¿Qué pasa? ¿Qué oraciones te ha enseñado a rezar el mendigo cura ese? ¿ Tienes dinero?
IVÁN.- No.
ALE.- Po ahí está todo. ¿Sabes cómo conseguirlo?
IVÁN.- No.
ALE.- Conclusión: un pringao más en la familia. Yo sí sé conseguir dinero. A espuertas. Y este barrio es una mina, te lo digo yo. Socios tú y yo, y ganamos el mundo. Y con el oro en el bolsillo, nos piramos de este basurero.
IVÁN.- Yo no quiero irme de aquí.
ALE.- Venga, hombre. No me digas que te gusta vivir en esta jaula de locos.
IVÁN.- Eso dijo el cura, bueno... el mendigo.
ALE.- No, si ya lo decía yo. Cuando me encuentre al curita ése le voy a dar la hostia con mis manos. No te diría que te asociaras conmigo, ¿no?
IVÁN.- Dijo que estoy dentro de una jaula y que no quiero salir de ella.
ALE.- (Frotándose los dedos indicando el dinero.) Esto abre todas las jaulas, no te preocupes.
(IVÁN suspira. Suena su móvil. Al extraerlo del bolsillo, se le cae inadvertidamente la navaja al suelo. Manipula el aparato y se lo coloca en la oreja.)
ALE.- (Con expresión de desconfianza.) Piénsatelo, coleguita.
(IVÁN se apea del banco y habla abstraído por teléfono dando paseos por el escenario. ELISABÉ recoge la navaja del suelo y se la alarga mecánicamente a ALE. Éste mira alternativamente a IVÁN y al objeto y se lo guarda en el bolsillo. Entran los ADOLESCENTES. Traen tabaco y bolsas de patatas fritas. Observan a IVÁN, que va poniéndose muy serio por momentos. Luego cierran círculo en el banco en torno a ALE, y bromean con ELISABÉ de su afición por la cerveza. Abren otra botella que van pasándose de mano en mano dándole largos tragos. Lo mismo sucede con las bolsas de patatas fritas. Transcurren unos instantes. ELISABE no sólo consiente sino también disfruta viendo cómo los demás se ríen de ella. IVÁN cierra el móvil y se lo guarda en el bolsillo. Regresa al grupo con el rostro serio.)
ADOLESCENTE 1º.- ¿Qué pasa, tío?
ALE.- (Terminando un trago.) ¡Qué serio, nene! Parece que se te ha muerto alguien.
IVÁN.- (Asintiendo.) Mi abuela, Ale. Mi viejo me ha llamado desde el hospital.
ELISABÉ.- (Sin abandonar el tono jocoso que todos, en cambio, han trocado por el de circunspección.) Una menos.
IVÁN.- (Levanta la mano en un revés que no ejecuta) Yo me voy a cagar en los tuyos, gorda.
ALE.- (Barrenándose la sien con el dedo.) Está borracha. Ni caso.
ADOLESCENTE 2º.- ¿Cómo estás, tío?
IVÁN.- No lo sé. Chungo tela, ¿no?
ALE.- ¿Qué vas a hacer?
IVÁN.- Pensaba ir a mi casa.
ALE.- (Baja del banco y le pasa a IVÁN una mano por el hombro) Vente a la mía y de paso pruebas la cocacola. (Guiñando un ojo.) Ya sabes, ¿okéi?
IVÁN.- No sé. Creo que debería ir a mi casa.
ALE.- Tu abuela está pajarito ya, tío. ¿De verdad quieres ir a tu casa para no ver más que gente llorando?
IVÁN.- No.
ELISABÉ.- Está pajarito, frito. (Ríe.)
ADOLESCENTE 1º.- Calla, gorda.
(ELISABÉ da una carcajada con la boca a medio abrir.)
ALE.- (A los ADOLESCENTES.) Me llevo al Iván. Ahí tenéis la cerveza y las papas. Llevarme a la Elisabé a su casa.
ADOLESCENTE 2º.- ¿Qué dices, tú? Si ya no puede ni moverse.
ELISABÉ.- Pajaritos fritos. Quiero pajaritos fritos. Pío, pío.
ADOLESCENTE 2º.- ¿No ves cómo está? Tiene una tajá como un piano y más colgá que un chorizo.
ALE.- (Girando rápidamente la mano como si moviera un pequeño manubrio imaginario.) Luego nos vemos. (A IVÁN.) Anda, coleguita. Vamos a colocarnos, yo invito. (Salen por la derecha.)
ELISABÉ.- Pajaritos, pío, pío.
ADOLESCENTE 1º.- ¿Pío, pío? Esta no va a decir ni pío de la hostia que le voy a dar como no se calle.
(Risotadas de todos. Sacan otra cerveza. Ríen, se dan codazos. El jaleo de Sevillanas en off, con palmas y olés va aumentando de volumen hasta apoderarse de la escena. Cuando su sonido llega a ser ensordecedor { tá ta ta, tá ta ta , ¡óle!} cae el TELÓN.)
Tres anocheceres (Cuadro primero) by Luis Manuel Cebrero Gomez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Based on a work at luis-cebrerogmez.blogspot.com.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)