lunes, 30 de noviembre de 2009

LO MÁS TERRORÍFICO


Nadie que no haya luchado con una nevera puede comprender la expresión morirse de terror. Sin embargo, es teoría añeja ya que lo más terrorífico que pueda imaginarse es siempre la rebelión de lo doméstico, la salida de quicio de lo cotidiano sin razón ni fundamento; y si Cipriano se encuentra ahora en silla de ruedas, prácticamente amarrado a ella debido a frecuentes convulsiones, es gracias, o por mejor decir merced, o por mejor decir aún por culpa de una nevera, de una nevera terroríficamente fuera de su sitio.




– Eres mía y debes abrirte– le decía siempre que la abría, como aquel árabe del cuento que ordenaba a una roca que se abriera motejándola de cereal.



La nevera se abrió gracias a este conjuro durante catorce años. Por esta razón Cipriano no consideró la posibilidad de que algún día el mueble llegara a mostrar su disconformidad y dejara de abrirse. Como era algo habitual que en diciendo o pensando la famosa frase antes de abrir la puerta de la nevera, ésta cedía dócilmente, merced, o mejor aún gracias o por culpa de una lógica a lo mejor razonable pero nada pura, el desgraciado creyó (¡ah, la fe!) que iba a seguir girando sobre su cartela en sentido horizontal, sin oponer más resistencia que el leve despegue del imán. Los hechos demostraron que el acto de desconfiar de todo que practican los escépticos es la mejor postura que persona inteligente puede adoptar en este mundo.



Comenzó a acabarse la cosa el día en que tras ser pronunciada la frase cotidiana, la puerta se negó a ceder. Al principio fueron leves los halados, pero más tarde fueron violentos tirones ejecutados con una ira auténtica y estéril. El entendimiento limitado de Cipriano se apabulló. Candorosamente repitió una y otra vez su frase antes de dar un fuerte tirón a la maldita puerta, y no conseguía sino desplazar unos centímetros el frigorífico entero. La puerta parecía sellada. ¡Estaba sellada!.



Al entendimiento de Cipriano no le quedaba sino ¡hacer saltar el sello!. Limitado era de cascos, corto de entendederas y quizá demasiado bruto; por eso recurrió a la fuerza mediante el empleo sistemático de la mecánica. Rápidamente se hizo de buriles, ganzúas y otros elementos cilíndricos de hierro macizo que probó como palancas. Esto no ofreció mejor resultado que los tirones. Reforzó las toscas herramientas con elementos que golpeaban, martillos y mazos, y ocurrió lo mismo. El cerebro de Cipriano concibió apurar los extremos de la física recurriendo a la fuerza de gravedad; pero como no era su intención apurarla del todo (aún), se limitó a tumbar en el suelo el aparato sobre los lados contiguos a la puerta, para ver si forzaba una deformidad o la apertura (¡ah, la esperanza!), merced a o por culpa de o, mejor aún, gracias a la fuerza expansiva: empeño baldío. Para concluir el experimento físico, empuñó Cipriano un soplete y aplicó la llama a la ranura de la puerta que se había abierto sin titubeo durante catorce años: nada.



Agotada, pues, la vía física, Cipriano recurrió a la química, aplicando por litros cuantos disolventes, abrasivos, ácidos corrosivos y aceites lubricantes estuvieron al alcance de su mano y bolsillo. La puerta, al contrario de lo pretendido, pareció encoger aún más la delgada distancia existente entre la puerta y el canto del mueble.



Las fuerzas de este mundo no podían con la obstinada determinación de una máquina insólita que se negaba a hacer lo que hacía a diario: abrir la puerta y ofrecer todo lo que se enfriaba en su interior. Para esto había sido hecha la nevera, ¿no?, Pues, ¿qué pasaba? ¿Tenía alguna razón aquella máquina estúpida, siempre tan bien tratada, para portarse de aquel modo con su dueño, con quien la había rescatado de ser stock inútil y la había llevado a su casa para que en ella realizar el trabajo para el que había sido concebida? ¿Cuántas personas hubieran siquiera imaginado realizarse de un modo similar en la vida que aquella máquina ingrata?



No había más remedio. Abrir, tenía que abrirse. Como fuera y a costa de quien fuera.



Cipriano pasó por sospechoso cuando dos noches más tarde de la negativa obstinada de la puerta, entró en su domicilio empujando una carretilla de mudanza a eso de las once de la noche, y se le vio salir de él conduciendo sobre el artilugio un enorme bulto en forma de prisma cubierto con unas mantas de mudanzas.



Ahora iba a por la prueba final, la que Cipriano llamó prueba social. Sin fuerzas ya para seguir cargando el pesado electrodoméstico, lo desnudó en una especie de plaza cercana a su domicilio y lo dejó indefenso en la soledad de la noche. El se apartó un poco y se hizo el desconocido cuando se acercó al aparato un jovencito de mala traza. Lo rodeó y miró una y otra vez, y como los simios de dos mil uno, apenas si se atrevía a acariciar su piel policromada como si temiera recibir una descarga eléctrica. Luego, sin más, se marchó.



¡Decepcionante! Había pensado que con los recursos que poseen las personas sin recursos, llegaría a experimentar el soberano placer de ver abierta de par en par la condenada nevera, puesta a pública vergüenza sus interioridades, las cuales quedarían, como el cuerpo que las contenía, a merced y en propiedad de quienes hubiesen podido exhumarlas (¡ah, la caridad!). Sin embargo, parecía estar condenado a coger nuevamente el dichoso electrodoméstico y volver a colocarlo en su cocina. Ante tan decepcionante perspectiva, decidió esperar un poco más y dar otra oportunidad al mundo de la noche.



Al poco se acercó un coche patrulla que rondaba por la plaza. Se percataron los agentes del trasto y detuvieron el vehículo. Uno de ellos se apeó y se acercó al prisma metálico, lo rodeó con una actitud similar al simio anterior, y aplicó el oído a la pulida superficie. ¿Pretendiendo qué? ¡A lo mejor lo hizo para comprobar si vivía o había muerto! Golpeó con la porra muy ligeramente en la puerta, como las cajeras en los supermercados sobre la superficie del cajoncillo, y la puerta se abrió lentamente. ¡Bravo! Mientras el muy eficiente policía de la porra examinaba el interior del frigorífico con no poca aprehensión, su compañero daba aviso por teléfono. Al minuto o así, se marcharon incomprensiblemente.



Cipriano se acercó a la nevera y se arrodilló ante el milagro que para él suponía verla abierta. Su menguado entendimiento pensó que una vez abierto, el electrodoméstico no volvería a su empeño de mantenerse cerrado cuando la puerta fuera abatida de nuevo. No obstante quiso comprobarlo, aunque esta vez dejaría un obstáculo entre la puerta y su cierre. Sus manos formarían este obstáculo. Colocó ambas abrazando la cinta de goma de la puerta y cerró la nevera.



Cipriano está ahora medio muerto. La puerta jamás volvió a abrirse. El simio de dos mil uno volvió con sus congéneres y la emprendieron a golpes con aquel enemigo que quería apropiarse de su botín, al que casi le arrancaron las extremidades superiores. La policía regresó y espantó a los simios; pero ante la imposibilidad de separar a Cipriano del frigorífico, requirió a una ambulancia. Fueron evacuados ambos, hombre y máquina. No siendo posible, a pesar de haber descabezado y hecho pedazos todo el frigorífico, extraer las manos de Cipriano de las fauces de aquel cepo increíble, hubo que amputárselas a la altura de las muñecas. Para entonces, ya iba muy quebrantado y humillado el pobre. No tenía noción de nada, no esperaba nada, se había vuelto loco por culpa de o merced a o, mejor aún, gracias a aquella criatura del hombre, cuya voluntad fue contravenir en el día más terrorífico las leyes de la naturaleza, que por otra parte, nadie sabe en qué consisten. Tal vez Cipriano, sí.











Sevilla a 18 de abril de 1999

















LUIS MANUEL CEBRERO

de "Tres meses cada semana"

Reservados todos los derechos(a)























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domingo, 29 de noviembre de 2009

DOCE VECES LO HE DICHO

Naturalmente que lo he intentado doce veces, tantas como las pruebas heroicas, como las congregaciones santas, como las colecciones redondas y como cuantas sensaciones preclaras existen en el mundo.




Que el resultado haya sido tan inútil como bombardear el desierto o minar el océano o suplicar clemencia a un volcán, no desmerece el hecho soberano de haberlo intentado doce veces. Lo he dicho doce veces, en doce ocasiones, una docena por doceava vez. He intentado por doce medios diferentes y de doce maneras distintas y por medio de doce caminos, conducir al resto del mundo a la convicción de que la guerra es inútil, y creo que esto me hace digno.



Este siglo que termina se ha caracterizado por ser el mas encarnizado y el más sangriento de cuantos ha habido desde que el hombre tiene memoria y conciencia. Nunca se ha odiado el ser humano a sí mismo más que en este siglo maldito, al que paradójicamente se le ha llamado el siglo de la civilización. Pues bien, cada una de las doce veces que he dicho en este mundo que la guerra es inútil ha provocado una nueva guerra. ¡Ojo! Nueva guerra no quiere decir guerra nueva, porque todas son la misma, que siempre está comenzando. El cañón que desde un helicóptero y conducido por monitores de realidad virtual hace realidad su horrible concepción, fue desde el principio un hueso de hombre que abrió nucas de hermanos. El horror de su crimen ha detenido siempre a los homicidas, pero sólo para darles el valor de continuar matando más adelante.



Lo he dicho doce veces: en Iraq, en Rusia, en Corea, en Japón, en la India, en Vietnam, en España, en Nicaragua, en Alemania, en Israel, en Yugoslavia y en Yugoslavia otra vez. Cada doceava vez que mi voz decía aquello, no habiendo hecho sino pronunciar aquellas palabras y la guerra estallaba con toda su crudeza allí donde yo lo acababa de decir, buscando completar la docena.



No hay derecho. Repito. No hay derecho que luego resulte ser yo el responsable de tanta matanza, tanta destrucción y tanto desafuero, porque me vea obligado a usar de mi fuerza para no ser víctima de la cosa inútil.



Acabo de cesar a mis ministros pacifistas, y conste que estoy de acuerdo con quienes gritan en la calle guerra no, yo también lo chillo; pero antes que ellos abogué por la inutilidad no de ésta ni de aquélla sino de la guerra en sí, y en lugar de hacerme caso, siguieron comenzándola. No hacen falta cañones sino buenas razones, siempre lo he dicho, doce veces lo he dicho a lo largo de este siglo, y nadie me ha escuchado. Por eso, antes de decirlo nuevamente en mi discurso a la nación americana, dejo esto escrito. No quiero morir y espero que no me maten; pero en la medida que dirigir pueblos y tomar decisiones que despiertan en igual medida tanto acuerdo como desacuerdo ilimitado, no puede evitar una amenaza más cierta sobre los dirigentes, y por si no saliera vivo de esta próxima rueda de prensa, quiero dejar bien clara mi postura: La guerra no es una decisión, ni una opción, ni tan siquiera un estado, como algunos creen, sino la cara oculta de la política, pues ella es el único modo que el hombre tiene de controlar a la otra, por eso ha de tener su sitio y su lugar siempre al lado de quienes dirigen los destinos de los demás. Centenares de otros hombres anteriores a mí y hablando otro idioma distinto al mío, dijeron también doce veces al mundo que la guerra es inútil; y en diciéndolo, la guerra volvió a comenzarse como cumpliendo un maleficio. Aunque en los siglos venideros gente como yo lo diga no doce veces, sino doce mil veces doce veces, la guerra surgirá detrás de cada una de esas veces y se hará realidad, por muy inútil que esta sea; porque es algo que está comenzando desde que el hombre vino a este mundo, y no concluirá hasta que no quede un solo ser humano capaz de decir sobre la Tierra que la guerra es inútil. Es inútil... Y no será porque no lo he dicho, no una sino doce veces.







sábado 1 de mayo de 1999





Nota.- RESERVADOS LOS DERECHO DE AUTOR.

Luis M. Cebrero Gómez (a)