sábado, 30 de enero de 2010

EL ETERNO Y ABSURDO VIAJE

EL ETERNO Y ABSURDO VIAJE




En el suelo, entre el vacío cuarteto de asientos encarados, dando vueltas ininterrumpidamente en dirección contraria a las agujas del reloj por el círculo de las pequeñas vías, viajaba el trenecito con su locomotora y sus seis vagones de pasajeros; al lado, niño lo miraba hipnotizado sin moverse, no atreviéndose a detenerlo ni a descarrilarlo. De vez en cuando, el pequeño se inclinaba y atisbaba trabajosamente con la cara apoyada en el suelo por las diminutas ventanillas de los vagones, mirada fugaz y curiosa, entre incómoda y satisfecha, respetuosa y cínica a la vez. El viajero se preguntó por qué aquel niño no tomaba los vagones entre sus manos para poder observar mejor su interior, y se contesto, completamente seguro de sí mismo, que no obrara así sencillamente porque no podía.

En el transcurso de su vida, desde que despertó abruptamente en aquel vagón, el viajero se había preguntado la razón por que el tren no se detenía nunca, ni para repostar o cambiar ejes y ruedas en mal estado ni para dejar salir a los viajeros y recoger a otros. Al contemplar el juguetito, halló la respuesta: simplemente, el tren no se detendría. Se habían repetido demasiado los paisajes, la lluvias, las nevadas; había subido en incontables ocasiones aquella montaña para volver a bajarla al poco tiempo, se había quedado extasiado muchísimas veces ante la vista repetida del lago, siempre desde el mismo lugar y describiendo idéntico periplo, para pensar que el tren perdería gas hasta permanecer quieto sobre los raíles. No, el ferrocarril no finalizaría nunca del trayecto, y llegaría un día en que él, como viajero, desaparecería del vagón, a semejanza de otros, dejando tras sí sólo un leve aliento de recuerdo que la mala memoria de los restantes distorsionaría hasta el olvido.

Bien es cierto que, en tiempos, llegó a compartir con los demás la idea del destino, la estación mágica, incluso se mantuvo firmemente convencido de que el tren, como aseguraba muchos, tomaría nuevo rumbo y penetraría en un largo y oscuro túnel al final del cual se encontraba el andén definitivo. Pero lo cierto es que, ahora, él estaba convencido de que tal túnel era una quimera y, tras presenciar cómo desaparecían los demás, no dudaba que llegaría un día en que le tocaría a él dejar aquel vagón desconociéndolo todo, sin túnel, sin estación, sin haber conseguido siquiera saber quién conducía el tren ni hacia dónde lo dirigía.

En este punto el pasajero movía la cabeza y chasqueaba la lengua preguntándose el objeto de aquel viaje. Intentaba encontrar solución al absurdo dar vueltas y vueltas sin detenerse jamás, no pudiendo abandonar aquel tren, en donde había despertado inexplicablemente, si no era dejando de existir. Mirando a las mujeres se le ocurrió contestarse en más de una ocasión que su efímera existencia se justificaba con la conservación de la especie, facilitando a otros la luz. Y así recordaba la primera y única vez que entregó su sangre, gozándose en su propia muerte, a una hembra con la que se acostó. Evocaba con placentero gusto la dentellada que le propino la mujer y el placer experimentado mientras ella chupaba de su cuello. Aún persistían en su garganta las marcas del mordisco lejano y cuando se tocaba en la cicatriz con los dedos, solía pintar una sonrisa de absurda satisfacción.

Pero ahora, más corrido, no veía tan claro que la conservación de la especie fuese un fin en sí mismo, pues hacer otros viajeros no era más que prolongar la agonía de los futuros, no quitando que dado el caso, el tren continuara en su continuo machacar raíles sin un solo pasajero a bordo.

Había muchos que como él dejaban correr el tiempo intentando encontrar soluciones, inquirir razones con desprecio absoluto hacia la fantasía del túnel y la estación, y entretenían con esto su mente escribiéndolo en libros. El viajero llegó a leer en uno de éstos la idea del riesgo total. Todos los viajeros del tren debían decidir entre seguir como hasta ahora o intentar descarrilarlo. Si hacían esto último, corrían el riesgo de perecer todos, pues el tren fuera de las vías sería un peligroso habitáculo; aunque en cualquier caso, podrían quedar supervivientes y éstos no serían ya pasajeros; sin embargo, tal idea no había quién la pusiera en práctica porque se enfrentaba necesariamente con la creencia del túnel sustentada por una gran mayoría de pasajeros. Entre la acción y la esperanza, siempre se optaba por la última.

Lo había intentado todo sin resultado. Se mudó a otro vagón en donde los viajeros hablaban ininteligiblemente, buscó otras perspectivas asomándose por las ventanillas y oteando a derecha e izquierda con el propósito de descubrir el principio o el fin de aquel ferrocarril; pero no se veía nada más que una pared articulada de colores distintos, según el vagón, que se curvaba y perdía en el paisaje. Por lo mismo le fue imposible localizar la locomotora, porque aunque el giro se hacía siempre contrario a las agujas del reloj., por más que intentase avanzar en dirección a la locomotora, nunca llegaba a ella. Terminó creyendo en la posibilidad de que la locomotora no tirara del tren, sino que, situada en el extremo opuesto, lo empujara; aunque también cabría la circunstancia de que estuviera justo en medio, entre dos vagones, y que empujara y tirara al mismo tiempo. Y el niño que jugaba le puso la solución delante cuando fue añadiendo vagones al trenecito hasta ocupar todo el circuito. La locomotora era también vagón, de forma que enganchada por delante y por detrás, no tardó en confundirse con los demás, hasta que fue imposible distinguirla.

¿Qué vagón de todos aquellos, tan distintos entre sí, pero tan iguales en el fondo, hacía rodar el tren? ¿Cómo era posible averiguarlo si cada uno de ellos expresaba, aunque en distinto idioma, la convicción de ser cada cual quien tiraba del resto? Un eterno tren que no andaba ningún camino, sencillamente porque él era el camino, ¿cómo creer entonces en la falacia del túnel y la estación?

El niño miraba nuevamente con curiosidad dentro del trenecito manteniendo la cara adherida al suelo; luego vio algo y levantó la cabeza satisfecho. Le sonrió al viajero y con ojos entre demoníacos y angelicales – hay veces en que es imposible saber dónde se halla el límite entre lo uno y lo otro -, le dijo: “he visto a un pasajero sentado, me ha dicho adiós con la mano, tenía miedo”.

El viajero pensó que tal vez en eso quedaba todo, y se apoltronó en uno de los sillones del lado de la ventanilla. A partir de entonces, únicamente le restaba mirar con angustia al exterior y descubrir entre el paisaje reiterado alguna cosa parecida a la cara de un niño gigantesco apoyada ya en un desierto, en una pradera, bien en un páramo nevado, bien en el risco de la montaña o quizá rozando la superficie tersa del lego azul; y en ese momento, tener la seguridad de que el gran infante lo descubría. Saludar con la mano a aquella conciencia y esperar oír desde fuera cómo la criatura le comenta a otro viajero asombrado en otro tren: “He visto a un pasajero sentado, me ha dicho adiós con la mano, tenía miedo”. Mirar de pronto el reloj, tan espantosamente contrario al girar del tren y tan imparable como él, y pensar que, después de todo, el túnel y la estación no eran absurdas fantasías, sino una razón disfrazada de quimera para explicar el sueño que le sobrevendría ates de su desaparición.

De todas maneras, pensaba, mirando el implacable titilar del segundero, el eterno viaje de aquella locura sobre raíles no dejaba de ser absurdo.



Sevilla, diciembre de 1991
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El eterno y absurdo viaje by Luis Manuel Cebrero Gomez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Based on a work at luis-cebrerogmez.blogspot.com.

1 comentario:

  1. Lo escribí hace 19 años. ¡Cómo pasa el tiempo!
    Hace casi diez años que no escribo nada, y ahora que me están entrando de nuevo ganas de hacerlo, debo tener presente estas narraciones para olvidarlas, a ellas y a lo que representaron, y a caminar en otra dirección.
    Sufría demasiado escribiendo estas obritas y por eso tuve que abandonarlas. Si ahora quiero volver escribir, debo hacerlo acercándome a la página en blanco con sosiego y seguridad, sin miedo y sobre todo sin cargar con mi sufrimiento: de este modo, el texto saldrá limpio, sin corrupciones debidas a los malos sentimientos, a las intuiciones negativas y al pésimo concepto que siempre he tenido sobre mí mismo y sobre mis posibilidades.

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